El rencor: sus confusas funciones y su peculiar gestión emocional

El rencor es una emoción que tiene una función específica, pero a la vez confusa: la protección.

Vanessa Belmonte Rueda

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El rencor: funciones e implicaciones
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¿Qué es el rencor y cuál es su origen?

El rencor es una emoción que tiene una función específica, pero a la vez confusa: la protección.

Su origen ocurre cuando alguien a quien amamos o apreciamos traiciona nuestra confianza o lleva a cabo actitudes que nos decepcionan.

Como toda emoción, el rencor tiene una función relacionada con la supervivencia. Pero que esto sea así, nos es motivo para tomar esa supervivencia como algo funcional. Dicha supervivencia también está llena de sesgos, impedimentos y ego. Y debemos gestionar esto para que dicha supervivencia tan primaria, se transforme en algo adaptativo.

¿A qué me refiero con “adaptativo”? Pues poder entender y realizar un trabajo de autoconocimiento con el fin de saber cuál sería la mejor manera de poder relacionarme con los demás; cómo puedo adaptarme para que lo único que exprese sea rencor. Es decir, actuar desde la conciencia. Para no dañarme y no dañar.

SI nos quedamos con la función más primitiva del rencor: supervivencia pura y dura, no podremos avanzar ni evolucionar. Se nos hará difícil relacionarnos. Se nos hará difícil no juzgarnos o no caer en disonancia cognitiva. Es decir: “quiero perdonarlo, pero el rencor me recuerda constantemente lo que me hizo, por lo que me es imposible relacionarme con esta persona de una manera coherente a lo que deseo”.

La función más primitiva del rencor ayuda a mantener alejado el dolor, aunque sea una falsa sensación porque el dolor sigue, solo que, en lugar de transitarlo y trabajarlo, lo alimentamos con el combustible equivocado.

¿Por qué tiene una función protectora?

Decimos que el rencor tiene una función protectora porque nos recuerda que alguien, una vez, nos hizo daño. Mantener el rencor en nuestras vidas nos ayuda a estar alerta para que dicha persona no vuelva dañarnos.

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En realidad, lo que subyace al rencor es el miedo. Y recordar, echar en cara o actuar desde el rencor nos ayuda a poner un escudo entre ese miedo y la traición.

Por ejemplo: si nuestra pareja nos ha sido infiel y hemos decidido seguir adelante con esa relación, seguramente la confianza haya quebrado. Tal vez, sintamos rencor hacia nuestra pareja por lo que hizo, y cada vez que éste o ésta sale con los amigos, no solo mantenemos nuestro sistema de alerta hiper encendido, sino que le recordamos lo que hizo, para que sea consciente del daño que nos causó. “Espero que me estés siendo sincera con quien has quedado”; “A ver cómo te portas, que ya rompiste una vez la relación por tu mala cabeza”. En realidad, estamos dando un toque de atención a nuestra pareja, para que no vuelva a dañarnos. Y, a la vez, nos sirve de escudo para estar preparados por lo que pueda ocurrir. Estaremos atentos y atentas a esas “señales” que nos pueda indicar que lo que ocurrió, está volviendo a pasar.

No obstante, ¿creéis que esto ayuda y promueve retomar la confianza? Es evidente que no.

Renunciar para evolucionar

Debemos tener claro que, si decidimos perdonar a esa persona o a pasar página con la supuesta decepción o traición, debemos renunciar al rencor. No existe la una CON la otra.

Porque el rencor frenará siempre tu deseo a evolucionar. El rencor siempre te va a recordar lo que pasó y, no se puede evolucionar al futuro nadando en el pasado. Éste, debe ser cierto referente para no repetir patrones disfuncionales, pero cuando se interpone entre algo que queremos (perdonar y confiar) y lo que hacemos (no perdonar ni confiar), tenemos un problema. Como se indicó anteriormente, da a lugar a la disonancia cognitiva, de la cual hablaremos otro día.

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Debemos ser consecuentes con nuestros actos y decisiones. Si decidimos perdonar, nuestras conductas deben ir dirigidas a ello. Y, si decidimos que es algo demasiado potente como para perdonarlo, nuestras conductas deben ir dirigidas a mantener a esa persona (al menos temporalmente), lejos de nuestra vida. Esto último, impacta, porque parece una decisión muy drástica pero no podemos sostener una relación que no aporta nada más que rencor, reproches y mala interacción. No solo es injusto para la otra persona, sino para nosotros mismos.

¿Cómo lo gestiono?

Debemos ser conscientes que cada persona y cada interacción vive los acontecimientos con un impacto muy diferente a otra persona o interacción ajena a ella.

Existen ciertas recomendaciones para empezar a trabajarlo:

1. Qué pretendo conseguir manteniendo la relación

2. Qué me aporta esta persona y qué puedo aportarle yo con la situación que vivimos (después de la traición o decepción)

3. Cómo reacciona mi cuerpo cuando estoy con esta persona.

4. Qué autodiálogo surge cuando pienso en esa persona

5. ¿Veo viable seguir con esta situación? ¿Qué estoy dispuesto/a hacer para fomentar de nuevo la confianza? ¿Qué no estoy dispuesto a hacer?

Sobre este último punto, debemos recordar que fomentar una relación de confianza, no solo es labor de una parte, sino de ambas. Una, deberá ganársela, la otra, deberá estar receptiva para recibirla.

Por último, no te juzgues si, actualmente, sientes que no puedes perdonar o digerir lo que ocurrió. La confianza es como un músculo que debe entrenarse, pero para ello debemos poner acción. Y, no lo olvides: la comunicación con esa persona expresando vuestros sentimientos y necesidades es clave para subsanar algo dañado.