Cortisol: ¿Alguna vez has oído hablar de la “hormona del estrés”?

El cortisol es una hormona que pertenece al grupo de los glucocorticoides. Coloquialmente conocida como la hormona del estrés, es secretada por las glándulas suprarrenales para su posterior uso en el desempeño de distintas funciones.

Pero ¿es exclusivamente el cortisol la hormona del estrés?, ¿cómo funciona el estrés y qué es lo que provoca en nuestro organismo?, ¿qué nos puede causar el estrés crónico? Y, lo más importante, ¿qué podemos hacer para tratar de regularlo?

¿Es exclusivamente el cortisol la hormona del estrés?

Si bien es cierto que esta hormona se relaciona directamente con el estrés, podemos afirmar que sus funciones son mucho más amplias.

El cortisol es una hormona que deriva del colesterol; es decir, de una grasa que necesitamos para funcionar correctamente. De alguna manera, ayuda a nuestro organismo a emplear la glucosa o azúcar, las proteínas y las grasas que se obtienen de los alimentos en el correcto funcionamiento del cuerpo.

Además, actúa en la regulación de diversas tareas, como pueden ser: la función inmunitaria, la actividad metabólica, los ritmos circadianos y el sueño o los procesos inflamatorios. También aparece en situaciones de estrés y esta quizá sea la asociación más destacada. Pero…

¿Cómo funciona el estrés y qué es lo que provoca en nuestro organismo?

El estrés se define como una serie de cambios psicofisiológicos que se dan como respuesta a una situación real de sobredemanda o emergencia. Algunos de estos cambios son: la movilización de la energía almacenada, el aumento de la frecuencia cardiaca, la paralización de la digestión, la inhibición del sistema inmunitario o la reacción analgésica al dolor.

Todo esto tiene sentido si nos paramos a pensar y nos remontamos a la parte más instintiva y salvaje de nuestros antepasados o del mundo animal. Sapolsky, autor del libro “¿Por qué las cebras no tienen úlcera?”, describe la siguiente idea:

Imaginemos que somos una cebra y nos encontramos pastando tranquilamente en la sabana africana. De pronto, intuimos la presencia de un depredador: se acerca un león y empieza el pánico. Activamos el sistema de alarma y, con ello, la respuesta de huida. Se dispara el cortisol (movilizamos la energía almacenada y aumentamos la frecuencia cardíaca para poder correr más rápido, paralizamos la digestión para ser menos pesados a la hora de huir, dejamos de experimentar dolor momentáneamente para focalizarnos únicamente en la huida…) y luchamos por sobrevivir.

Para la cebra, el foco estresante desaparecerá cuando el depredador se marche y solo volverá a experimentar estrés en caso de que aparezca de nuevo. Este animal no se pasará el día preocupado elucubrando sobre qué ocurrirá en caso de que sea atacado de nuevo o sobre cuánto tiempo le durará la tranquilidad hasta volver a ser sorprendido por otro león.  

Esto es muy interesante y en este sentido, nosotros como humanos tenemos las de perder. Es el precio que tenemos que pagar por tener más desarrollado el lóbulo frontal.

Siguiendo el ejemplo anterior, vemos que la cebra experimenta un estrés momentáneo que es justificado por la situación real de emergencia en la que se encuentra. Los cambios que experimenta el cuerpo de este animal están siendo motivados por una cuestión importante: o se activa y huye, o muere. Esto es una respuesta estresante adaptativa, ya que ayuda a la cebra a sobrevivir.

Sin embargo, en el caso de los humanos la relación con el estrés es más compleja. Nosotros también podemos encontrarnos con situaciones estresantes inmediatas a las que tenemos que responder rápidamente para sobrevivir; por ejemplo, podemos tener un accidente repentino que requiera una actuación urgente. En este sentido, y a pesar de las diferencias evidentes, este escenario sería similar al episodio explicado anteriormente.

Pero entonces, ¿cuándo activamos de manera desadaptativa la respuesta de emergencia? Cuando esa activación se da antes de que suceda la amenaza. Y ¿qué quiere decir esto? Quiere decir que nosotros tenemos la capacidad de imaginar circunstancias futuras angustiantes y, en consecuencia, prepararnos para sobrevivir a dichas circunstancias.

La cuestión es que, en la mayoría de los casos, eso que tanto nos preocupa no llegará a darse o no se dará de la misma manera que hemos imaginado. Por tanto, hemos puesto en marcha el sistema de alarma innecesariamente y de manera anticipada.  

Cuando se produce una situación de riesgo, ya sea real o imaginado, nuestro cerebro actúa: primero recibe la información; después programa la actuación y, finalmente, activa una respuesta. Simplificando al máximo la explicación del proceso, sería de la siguiente manera: en primer lugar, el cerebro percibe la información y manda una señal de amenaza.

Esta señal dispara la activación del sistema nervioso simpático, el cual dará paso a la actuación del hipotálamo y a la actividad hormonal: será el turno de las glándulas suprarrenales, que comenzarán a producir y liberar cortisol; el cual facilitará la respuesta de huida.

El problema es que el cerebro no es capaz de distinguir cuando un peligro es real o imaginado y, ante la duda, activa el sistema de emergencia. En este punto y por esta razón, debemos tener muy presente la esfera psicológica: cómo nos afecta la ansiedad anticipatoria y las temidas expectativas que disparan el estrés.

¿Qué nos puede causar el estrés crónico?

Tal y como hemos explicado, el estrés tiene una función adaptativa en nuestras vidas: nos ayuda a gestionar situaciones de emergencia. Pero ¿qué es lo que sucede cuando estamos expuestos a un estrés de manera continuada?, ¿qué nos puede causar el estrés crónico?

La persona que presenta un estrés continuado en el tiempo está liberando cortisol de manera ininterrumpida. Esa presencia de cortisol provoca una serie de cambios en nuestro organismo: desregulación de ritmos circadianos e insomnio, trastornos digestivos o depresión del sistema inmunitario, entre otras patologías.

Esto no significa que el cortisol, en sí mismo, sea nocivo para la salud. Todas las hormonas que producimos en nuestro organismo son necesarias y favorecen un estado físico y mental saludable. Contar con la presencia de cortisol y otras hormonas no es patológico, es necesario.

El problema aparece cuando existe una falta de regulación; es decir, cuando nuestro cuerpo no sabe ordenar cuando debe producir una hormona determinada o cuando debe dejar de hacerlo.

Entonces, ¿qué podemos hacer para tratar de regularlo?

En este sentido, lo ideal es llevar una vida saludable: realizar ejercicio físico, meditar, practicar relajación, llevar a cabo una correcta alimentación… y acudir a un profesional si queremos consultar alguna cuestión de salud o si notamos que algo no va bien.

Por último y a modo consejo terapéutico: cuida tus pensamientos. En resumidas cuentas, haz más caso a las cebras.

Referencias

Míriam Sánchez González
Míriam Sánchez es psicóloga general sanitaria (núm. Col. CL05880) y experta en neuropsicología clínica. Graduada en psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca, continúa su formación especializándose en la rama sanitaria y en neuropsicología clínica.
Apasionada de su profesión y de las artes literarias, decide unir ambas modalidades y dar el salto a la publicación de artículos divulgativos. Ella describe el proceso como una “catarsis divulgativa”, explicado con sus palabras como “la necesidad de contar al mundo lo bonita y sorprendente que puede llegar a ser la psicología”.
Actualmente escribe periódicamente en redes sociales (vía instagram en su cuenta “la psicología hoy”: @la.psicologia.hoy) y en sitios web (“actualidad en psicología”) sobre temas variados de psicología.

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