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La sentimos, nos molesta, la conocemos muy bien, ¿Pero si alguien nos pregunta que es la ansiedad, qué le diríamos?

Yo le diría que la ansiedad es una respuesta de alarma que nuestro organismo emite ante cualquier estimulo ambiental, que o bien considera amenazante, o bien pone en duda nuestras habilidades para hacerle frente, o bien su resultado es incierto.

Es una respuesta automática que pone a nuestra disposición unos recursos excepcionales, principalmente  un aumento en el nivel de activación fisiológica y cognitiva para facilitar la respuesta antes estos estímulos y sus posibles consecuencias.

De esta forma el organismo puede percibir mejor la nueva situación, interpretar más rápidamente lo que demanda, decidir cuál debe ser la conducta que hay que llevar a cabo y realizarla de la mejor forma posible.

Cuando la situación termina o ha sido resuelta cesa la respuesta de estrés y el organismo vuelve a su estado de equilibrio

Considerar la ansiedad como algo malo en sí es un tremendo error. Así que en este artículo vamos a cambiar un poco nuestra perspectiva y ver la función tremendamente adaptativa que ha cumplido a lo largo de nuestra historia.

Volvamos a la edad de piedra

Imaginemos la siguiente escena. Un ancestro nuestro cavernícola sale de su caverna para ir a coger un poco de agua al río más cercano, va tranquilamente por la selva y se encuentra con un tigre dientes de sable que esa mañana no ha almorzado…

De repente por el cuerpo de este ancestro nuestro empiezan a correr todo tipo de componentes químicos que preparan su cuerpo para la acción o para la huida. La respuesta  inmediata de nuestro amigo cavernícola será huir o luchar hasta el fin.

¿Qué cambios fisiológicos se producen en su cuerpo?

Sistema muscular: Los grandes grupos musculares (extremidades y otros) se tensan y entran en acción, esto favorece tanto la lucha como la huida.

Visión: Las pupilas se dilatan para poder tener una visión más nítida, más agudizada en el centro del campo visual, donde suele situarse el peligro y así poder discriminarlo mejor o saber por dónde hay que huir.

Sistema cardiovascular: Este sistema se encarga del transporte y la distribución, por vía urgente, de las sustancias nutritivas y el oxígeno. ¿Cómo lo hace? Mediante el incremento del ritmo y la fuerza de los latidos cardíacos, para que las extremidades puedan recibir las sustancias nutritivas y el oxígeno.

A su vez se produce una redistribución del flujo sanguíneo, de manera que los músculos más directamente relacionados con la actividad física reciben más sangre, y reciben menos sangre la piel, los dedos de manos y pies y la zona abdominal.

En el cerebro se produce también una redistribución de la sangre que afecta, por un lado, al área frontal (zona vinculada con el razonamiento) donde disminuye el flujo; y por otro, a las zonas relacionadas con las respuestas instintivas y motoras (correr o luchar) donde se incrementa.

La redistribución del flujo sanguíneo en el cerebro puede producir sensaciones de mareo, de confusión… y dificultar ciertas funciones cognitivas superiores como la capacidad de planificación, razonamiento, etc que se verán restablecidas cuando se desvanezca el estado de alarma.

Sistema respiratorio: La preparación del organismo para una reacción rápida e intensa requerirá un aporte energético extra (glúcidos y lípidos). Estas materias primas se transformarán en energía, mediante procesos de combustión, para lo que se necesita oxigeno, el combustible de nuestro organismo, en mayor cantidad, por lo tanto la respiración se acelera.

Sistema exocrino: El proceso de sobre-activación, propio de la respuesta de lucha-huida produce un aumento de la temperatura corporal que el organismo compensa incrementando la sudoración, para refrigerarse. Por otro lado, la piel se vuelve resbaladiza a causa del sudor lo que dificultaría el hecho de ser capturado.

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Seamos optimistas y supongamos que nuestro amigo cavernícola gracias a la ansiedad y a sus largas y musculosas piernas ha conseguido librase de ser un apetitoso desayuno. Ha llegado a su caverna sano y salvo, se ha tumbado encima de una piel de buey a descansar y su organismo ha restablecido el equilibrio.

Considero, que después de conocer estos datos no podemos volver a decir, que la ansiedad es algo horrible de lo cual debamos desprendernos para siempre.  Démosle las gracias porque si no fuera por ella la raza humana hoy en día no existiría.

Además no solo era útil en la edad de piedra, hoy en día también hay situaciones en que sentir ansiedad es tremendamente adaptativo: nos puede ayudar a salir ilesos de una violación, luchar contra un ladrón, huir en un incendio o tener los reflejos suficientes para librarnos de un accidente de tráfico.

Cuando la ansiedad se convierte en un problema…

La ansiedad se convierte en un problema cuando:

Se da una activación elevada ante estímulos nada o débilmente amenazantes.

Esto ocurre en numerosas fobias (fobia social, agorafobia, fobia a la oscuridad, al agua a los perros, a las cucarachas, etc). En estos casos el estímulo provoca una activación desproporcionada en el  sujeto que no está motivada por la posibilidad real de daño físico.

Si vemos un león es completamente lógico que nos subamos al árbol más próximo, de hecho, si no lo hacemos, probablemente acabemos convertidos en carne picada; sin embargo está misma reacción sería preocupante si se da ante un inofensivo perrito, una cucaracha, una rata, o mi vecino preguntándome la hora.

Se da una activación elevada mantenida durante excesivo tiempo

Ahora pasemos de la edad de piedra a la selva contemporánea. El hecho de activarse y prepararse para la lucha o la huida era tremendamente útil en la época de los Neandertales en la que teníamos que cazar y evitar ser cazados pero ¿Hoy en día?

Hoy en día no hay tigres persiguiéndonos por las calles, rara vez nos pelamos entre nosotros por conseguir la hembra o el macho más fuerte, y si tenemos suerte ni siquiera tendremos correr de unos ladrones o luchar contra ellos.

Entonces, ¿Qué ocurre?

Lo que ocurre es que los estresores a los que nos enfrentamos son distintos, pero nuestro organismo reacciona de la misma manera.

Antes, después de huir o luchar contra la fiera, nos tumbábamos derrotados a descansar y en nuestro organismo volvía el orden, había pasado el peligro y no había de que preocuparse.

Los aborígenes estaban demasiado preocupados por sobrevivir y cubrir sus necesidades básicas como para ponerse a anticipar que ocurrirá la próxima vez que se encuentren frente a un tigre. Además forma parte de su vida cotidiana y están acostumbrados a ello.

Sin embargo ahora los estresores a los que nos enfrentamos son más psicológicos que físicos. Aunque nos gustaría poder ponernos a luchar con él,  tenemos que lidiar todos los días con ese jefe repulsivo del que no podemos huir porque nos paga a final de mes.

Tenemos que educar bien a nuestros hijos, llevarnos bien con nuestra pareja, encajar un duelo,  sobrevivir en una casa con constantes discusiones, conseguir un buen trabajo, etc

Tenemos que enfrentarnos a situaciones que ya no se solucionan en una lucha o una carrera y después a descansar sin ningún tipo de preocupaciones.

Además, los estresores muchas veces se mantienen en el tiempo, y esto hace que los beneficios de los que antes hablábamos producidos por los cambios fisiológicos se conviertan en sensaciones desagradables y dejen de suponer un beneficio.

La contracción de los grandes grupos musculares que prepara al organismo para la acción se convierte en sensaciones de tensiones musculares o incluso dolor, temblores, espasmos, calambres y sacudidas. Estos últimos son producidos por la acción del ácido láctico, un producto que se obtiene al generarse la energía, que al permanecer en los músculos termina por actuar como un tóxico.

La dilatación pupilar que permite que entre más luz en el ojo y aumenta la discriminación visual, acaba creando molestias como la visión borrosa, sensibilidad a la luz, neblina o puntos luminosos.

El aumento de la presión sanguínea y la frecuencia cardiaca para intensificar el transporte de nutrientes y oxígeno, se viven como palpitaciones o taquicardia.

La sudoración profusa aparece por la necesidad del organismo de refrigerarse, liberando el calor generado en la producción de energía.

A su vez la redistribución, por parte del torrente sanguíneo, de los nutrientes y oxigeno a las zonas donde son necesarios, puede producir pérdida de sensibilidad, hormigueo, palidez y frío (especialmente en manos y pies).

A su vez, el hecho de que la digestión (y con ella la secreción de saliva) se vea enlentecida o parada puede generar molestias estomacales, náuseas, diarrea y la sensación de boca seca.

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La redistribución del flujo sanguíneo cerebral que facilita que el organismo se concentre en la acción (luchar o escapar), más que en un análisis reflexivo, crea problemas como atención selectiva hacia el peligro, dificultad para pensar con claridad o confusión, mareo y sensación de irrealidad.

El aumento de la frecuencia e intensidad de la respiración, ideales para tener un mayor suministro de oxígeno en los músculos, puede transformarse en hiperventilación, lo que conlleva que se reduzca el nivel de dióxido de carbono en la sangre y se desencadenan una serie de sensaciones desagradables como: hormigueo, mareo, debilidad, sensación de desmayo, sudoración, escalofríos, visión borrosa, taquicardia, nudo en la garganta, temblor, sensación de irrealidad, opresión/dolor en el pecho, sensación de falta de aire, cansancio.

Conclusión

Las fuentes de riesgo pueden ser muy distintas e incluso ir cambiando por razones culturales, sociales u otras, pero la respuesta fisiológica ante la ansiedad es esencialmente la misma.

La respuesta fisiológica inmediata de una chica que se encuentra con un León puede ser exactamente la misma que se produce tras recibir la noticia de que su prometido no se presentará a la boda.

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