¿El cuerpo realmente lleva la cuenta del trauma?: Lo que sabemos sobre cerebro, memoria y cuerpo

Revisiones y metaanálisis sitúan las respuestas corporales del trauma en la interacción entre cerebro memória amenaza e história de aprendizaje más que en un almacén corporal.

¿El cuerpo realmente lleva la cuenta del trauma?: Lo que sabemos sobre cerebro, memoria y cuerpo
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El trauma psicológico puede modificar la manera en que una persona percibe el entorno, interpreta determinadas situaciones, recuerda acontecimientos y responde ante señales asociadas a una experiencia amenazante. Estas respuestas pueden incluir hipervigilancia, evitación, alteraciones emocionales y cambios en la percepción de las propias sensaciones corporales. Sin embargo, cómo se mantienen estas respuestas a lo largo del tiempo continúa siendo una cuestión compleja para la investigación psicológica y neurocientífica.

Una de las formulaciones que más ha contribuido a destacar esta dimensión es la idea de que «el cuerpo lleva la cuenta». Van der Kolk (2015) puso el foco en la interacción entre cerebro, mente y cuerpo para explicar cómo las experiencias traumáticas pueden asociarse con cambios persistentes en la regulación fisiológica, la percepción corporal, la memoria y la respuesta emocional. Esta perspectiva contribuyó a ampliar la comprensión del trauma más allá de sus manifestaciones exclusivamente cognitivas.

Pero que el trauma tenga manifestaciones corporales no significa necesariamente que una experiencia traumática quede literalmente almacenada en los músculos, los tejidos o determinadas partes del organismo. La expresión «el cuerpo lleva la cuenta» puede resultar útil como metáfora para describir la persistencia de determinadas respuestas fisiológicas, perceptivas y conductuales, pero adquiere un significado diferente cuando se interpreta como una afirmación literal sobre dónde se almacena la memoria traumática.

La investigación actual permite abordar esta cuestión desde distintos niveles. Se han estudiado, entre otros aspectos, las relaciones entre trauma, memoria, aprendizaje, regulación emocional, interocepción y funcionamiento cerebral. Estos hallazgos no siempre apuntan a un único mecanismo y, además, es necesario distinguir entre lo que la evidencia empírica ha establecido, los modelos utilizados para interpretar esos resultados y las hipótesis que todavía necesitan ser contrastadas.

Por tanto, la cuestión no es simplemente decidir si «el cuerpo lleva la cuenta» o no. El objetivo de este artículo es examinar qué puede significar realmente esta expresión desde una perspectiva psicológica y neurocientífica y hasta qué punto la evidencia disponible permite sostenerla. Para ello, se revisará qué sabemos actualmente sobre la relación entre trauma, cerebro, memoria y cuerpo, diferenciando entre hallazgos consolidados, modelos explicativos y propuestas que todavía se encuentran en investigación.

«El cuerpo lleva la cuenta»: una idea que cambió la comprensión del trauma

La expresión «el cuerpo lleva la cuenta» se ha utilizado para destacar que las consecuencias del trauma no se limitan al recuerdo consciente del acontecimiento. Van der Kolk (2015) contribuyó a popularizar esta perspectiva al destacar la interacción entre los procesos psicológicos y corporales asociados al trauma, incluyendo la regulación fisiológica, la percepción corporal y la respuesta ante determinadas señales.

Esta aproximación ayudó a consolidar una concepción más integrada del trauma, en la que los procesos psicológicos y corporales se consideran estrechamente relacionados. Las personas con antecedentes traumáticos pueden presentar, entre otras manifestaciones, hipervigilancia, respuestas de sobresalto, alteraciones del sueño o cambios en la percepción de sus propias sensaciones corporales, incluso sin estar evocando deliberadamente el acontecimiento.

Sin embargo, que una experiencia traumática tenga consecuencias corporales no significa que el recuerdo traumático quede literalmente almacenado en los tejidos del organismo. Son dos afirmaciones diferentes. La primera puede describirse en términos de cambios en la respuesta fisiológica, la percepción corporal, el aprendizaje, la conducta y diferentes procesos neurobiológicos. La segunda implicaría que la información correspondiente al acontecimiento traumático pudiera localizarse físicamente en tejidos periféricos y recuperarse posteriormente desde ellos como una representación del acontecimiento.

La evidencia disponible no permite sostener que los tejidos corporales constituyan un sistema de almacenamiento y recuperación de recuerdos autobiográficos traumáticos. Esto no significa que los recuerdos carezcan de una base física: la investigación sobre memoria muestra que su formación y mantenimiento implican cambios neuronales, celulares y moleculares, incluida la regulación de la expresión génica y mecanismos epigenéticos. Del mismo modo, la investigación sobre estrés traumático ha encontrado asociaciones entre el TEPT y diferencias en la metilación del ADN, aunque estos resultados no permiten determinar por sí mismos si representan efectos del trauma, factores de vulnerabilidad o consecuencias del propio trastorno (Katrinli et al., 2024). Sin embargo, estos cambios epigenéticos no equivalen a almacenar el recuerdo autobiográfico del acontecimiento en el ADN ni a conservar una copia del trauma en los tejidos corporales.

Esto no convierte al cuerpo en un elemento secundario. El organismo proporciona continuamente señales —relacionadas, por ejemplo, con la respiración, la actividad cardiovascular, la tensión muscular o el estado visceral— que participan en la experiencia emocional y en la interacción entre la persona y su entorno. La cuestión científica consiste en comprender cómo estas señales se relacionan con los procesos de aprendizaje, memoria, percepción y regulación que contribuyen a mantener las respuestas asociadas al trauma.

Por tanto, la utilidad de la expresión «el cuerpo lleva la cuenta» depende de cómo se interprete. Como metáfora, puede describir de manera intuitiva que el trauma puede dejar consecuencias que se expresan también corporalmente. Como afirmación literal sobre el almacenamiento de recuerdos traumáticos en los tejidos, requiere una evidencia que actualmente no tenemos.

¿Qué dicen los estudios sobre la idea de que el cuerpo «lleva la cuenta» del trauma?

La investigación disponible respalda una parte importante de la idea de que el trauma puede tener manifestaciones corporales persistentes. En personas con TEPT se han estudiado alteraciones relacionadas con la activación fisiológica, la percepción de las señales internas del organismo y la respuesta ante estímulos asociados con la amenaza. Sin embargo, estos hallazgos no implican que el recuerdo traumático quede literalmente almacenado en los tejidos corporales.

Una de las áreas que ha recibido mayor atención es la interocepción, es decir, la percepción y el procesamiento de las señales procedentes del propio organismo. Una revisión sistemática de Tsur y Talmon (2023) encontró asociaciones entre la exposición al trauma, el TEPT y diferentes aspectos relacionados con la percepción corporal, aunque también señaló una considerable heterogeneidad entre los estudios y las medidas utilizadas. En la misma línea, la revisión de alcance de Leech et al. (2024) puso de manifiesto una relación relevante entre interocepción y TEPT, pero destacó la falta de una definición y metodología homogéneas en este campo.

Los resultados más recientes sugieren, además, que no parece adecuado hablar simplemente de una «alteración de la interocepción» en el trauma. Un metaanálisis publicado en 2026 encontró asociaciones entre determinadas dimensiones de la conciencia interoceptiva y los síntomas del TEPT, pero los resultados variaron según la dimensión estudiada. Algunas asociaciones fueron más marcadas, mientras que otras fueron pequeñas o no significativas. Esto apunta a una relación compleja entre la experiencia de las señales corporales y los síntomas traumáticos, más que a un déficit interoceptivo uniforme.

También se han observado diferencias en determinados indicadores fisiológicos. Por ejemplo, una revisión sistemática y metaanálisis encontró diferencias en la variabilidad de la frecuencia cardíaca entre personas con TEPT y grupos de comparación (Ge et al., 2020). Estos resultados indican que el TEPT se asocia con diferencias objetivables en determinados parámetros fisiológicos, aunque su significado no es específico del trauma ni permite utilizar estos indicadores por sí solos como prueba de la presencia de TEPT.

La investigación sobre aprendizaje permite incorporar otra pieza al problema. Una persona puede experimentar taquicardia, tensión muscular, cambios respiratorios o malestar gastrointestinal ante un recuerdo traumático o una señal asociada con él. La respuesta corporal es real, pero no es necesario asumir que el órgano o tejido que la produce contiene una representación del acontecimiento original. Desde el análisis funcional de la conducta, estas respuestas pueden estudiarse atendiendo a la historia de aprendizaje y a las relaciones entre antecedentes, respuestas y consecuencias: determinados estímulos pueden adquirir funciones aversivas y determinadas conductas pueden mantenerse porque reducen temporalmente el malestar (Froxán Parga, 2026).

En conjunto, la evidencia permite afirmar que el trauma puede expresarse y mantenerse parcialmente a través de procesos corporales y fisiológicos, y que la relación entre las señales internas del organismo y los síntomas del TEPT constituye un área relevante de investigación. Lo que estos resultados no permiten afirmar es que el acontecimiento traumático quede literalmente almacenado en los músculos, los órganos o los tejidos. La dimensión corporal del trauma parece comprenderse mejor como parte de la interacción entre aprendizaje, memoria, percepción, fisiología y contexto.

¿El trauma queda almacenado en el cuerpo?

Hablar de una «huella corporal» del trauma puede resultar útil siempre que precisemos qué significa. Una experiencia traumática puede asociarse con cambios persistentes en la percepción de determinadas sensaciones, la regulación fisiológica, la valoración de amenaza y las respuestas ante estímulos relacionados con el acontecimiento. Pero afirmar que el trauma queda «almacenado en el cuerpo» plantea una cuestión diferente: implicaría que la memoria del acontecimiento está físicamente localizada en los músculos, los órganos u otros tejidos. Hasta el momento, no existe evidencia científica suficiente para afirmar que los recuerdos traumáticos autobiográficos estén literalmente almacenados en los tejidos corporales. La memoria autobiográfica se entiende como un conjunto de procesos relacionados con sistemas de aprendizaje y memoria, en interacción con procesos emocionales, perceptivos y fisiológicos. Esto no significa que el cuerpo sea irrelevante: una respuesta corporal ante un recuerdo o una señal asociada al trauma puede formar parte de la experiencia traumática sin demostrar, por sí misma, que el recuerdo esté almacenado en el tejido que produce esa respuesta.

Los modelos psicológicos del TEPT permiten explicar parte de esta persistencia sin recurrir a la idea de un almacenamiento corporal. Ehlers y Clark (2000), por ejemplo, propusieron que el trastorno puede mantenerse cuando el acontecimiento traumático y sus consecuencias son procesados de una manera que genera una sensación persistente de amenaza actual. Entre los factores implicados se encuentran las valoraciones negativas del acontecimiento y determinadas características del procesamiento de la memoria.

Por su parte, la teoría de representación dual de Brewin et al. (1996) distinguió entre representaciones accesibles verbalmente y representaciones que pueden activarse de manera más dependiente de claves sensoriales y contextuales. Esta propuesta permite comprender por qué determinadas señales pueden desencadenar respuestas de reexperimentación sin que necesariamente exista un recuerdo autobiográfico deliberado y verbal del acontecimiento.

La investigación sobre interocepción aporta otra pieza relevante. Los estudios revisados anteriormente muestran asociaciones entre el TEPT y diferentes formas de experimentar, interpretar o atender a las señales corporales, pero también una considerable heterogeneidad entre medidas y resultados. Por ello, tampoco parece adecuado reducir el fenómeno a una única alteración de la percepción corporal.

Desde el análisis funcional de la conducta, estas respuestas pueden estudiarse atendiendo a la historia de aprendizaje de la persona y a las relaciones entre antecedentes, respuestas y consecuencias. Una experiencia aversiva puede hacer que determinados estímulos, contextos o sensaciones adquieran funciones relacionadas con el peligro. Posteriormente, esas señales pueden evocar respuestas de evitación, escape, hipervigilancia o búsqueda de seguridad, cuya función y mantenimiento pueden analizarse en relación con sus consecuencias (Froxán Parga, 2026).

Esto permite entender, por ejemplo, por qué una persona puede experimentar taquicardia, tensión muscular, mareo o una intensa sensación de peligro en una situación objetivamente segura. No es necesario suponer que el recuerdo traumático está almacenado en el músculo o en el corazón para explicar esa respuesta. Puede tratarse de una respuesta aprendida ante determinadas señales, integrada con procesos de memoria, percepción de amenaza y regulación fisiológica.

 

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Lo que se sabe sobre el cerebro y el trauma

Si la evidencia disponible no permite afirmar que los recuerdos traumáticos estén literalmente almacenados en los tejidos corporales, ¿qué podemos decir sobre lo que ocurre en el cerebro? La investigación neurocientífica ha encontrado asociaciones entre el trastorno de estrés postraumático (TEPT) y diferencias en sistemas cerebrales implicados en la detección de amenazas, el aprendizaje emocional, la memoria, el procesamiento contextual y la regulación de las respuestas. Sin embargo, estos hallazgos no apuntan a una única «zona del trauma», sino a la participación de diferentes regiones y redes que intervienen en funciones relacionadas entre sí.

Entre las estructuras más estudiadas se encuentran la amígdala, el hipocampo y distintas regiones prefrontales, cinguladas e insulares. La investigación contemporánea ha ido desplazándose progresivamente del estudio de regiones aisladas hacia el análisis de circuitos y redes, tratando de comprender cómo interactúan diferentes sistemas implicados en la amenaza, la memoria y la regulación emocional (Hinojosa et al., 2024).

La amígdala ocupa un lugar relevante por su participación en la detección y valoración de estímulos potencialmente amenazantes y en el aprendizaje emocional. El hipocampo participa, entre otras funciones, en procesos de memoria y contextualización. Diferentes investigaciones han encontrado diferencias estructurales y funcionales en estas y otras regiones en personas con TEPT. Una revisión sistemática y metaanálisis de 113 estudios, que reunió aproximadamente 6.800 participantes, encontró diferencias en la sustancia gris de determinadas regiones cerebrales en personas con TEPT, aunque los resultados variaron según la población, el tipo de comparación y la región estudiada. Los autores identificaron hallazgos relacionados principalmente con regiones implicadas en el procesamiento contextual, la detección de amenazas y la regulación emocional (Siehl et al., 2023).

Los estudios mediante tomografía por emisión de positrones también han encontrado diferencias en determinados patrones metabólicos. Una revisión sistemática publicada en 2026, que incluyó 20 estudios con 483 personas con TEPT y 522 participantes de comparación, encontró asociaciones con un mayor metabolismo de glucosa en la amígdala y el córtex cingulado anterior dorsal, así como con un menor metabolismo en el hipocampo y el precúneo. Los resultados también apuntaron a alteraciones en sistemas relacionados con neurotransmisión, estrés e inflamación. No obstante, se trata de una literatura heterogénea y estos hallazgos no constituyen por sí mismos biomarcadores clínicos establecidos del TEPT (Lotfinia et al., 2026).

Aquí resulta necesaria una precaución fundamental: observar una diferencia cerebral en personas con TEPT no permite determinar por sí mismo si esa diferencia constituye un factor de vulnerabilidad previo, una consecuencia de la exposición traumática o un resultado de la interacción entre múltiples variables. Además, factores como la edad, la comorbilidad, el consumo de sustancias, la medicación, las características del acontecimiento traumático o la duración de los síntomas pueden influir en los resultados. Por ello, los estudios longitudinales son especialmente relevantes para diferenciar entre características preexistentes y cambios asociados al desarrollo del trastorno.

Por esta razón, tampoco resulta adecuado hablar de una «huella cerebral del trauma» como si una prueba de neuroimagen pudiera identificar de manera individual un acontecimiento traumático o diagnosticar por sí sola el TEPT. Las diferencias observadas en estudios de grupo describen asociaciones estadísticas entre determinadas características cerebrales y el trastorno, pero no permiten localizar un recuerdo traumático, reconstruir un acontecimiento vivido ni determinar a partir de una imagen cerebral qué experiencia ha tenido una persona.

La investigación sobre los efectos de la psicoterapia ofrece una perspectiva complementaria. Una revisión sistemática y metaanálisis de 12 estudios, con 191 personas con TEPT, encontró disminuciones de activación después de la psicoterapia en distintas regiones implicadas en el procesamiento emocional, entre ellas la amígdala, regiones temporales mediales, áreas prefrontales, el córtex cingulado y la ínsula. Sin embargo, los resultados no sobrevivieron a las correcciones por comparaciones múltiples, por lo que los autores consideran que la evidencia proporciona únicamente un apoyo tentativo a determinados cambios de activación asociados al tratamiento (Aarts et al., 2024).

En conjunto, la neurociencia permite formular una conclusión más precisa que la idea de que el trauma queda «almacenado» en el organismo. El TEPT se ha asociado con diferencias en sistemas cerebrales implicados en el aprendizaje emocional, la memoria, el procesamiento contextual, la detección de amenazas y la regulación de las respuestas. Estas diferencias ayudan a estudiar los procesos relacionados con el trastorno, pero no constituyen una representación física del acontecimiento traumático ni permiten determinar por sí solas qué ocurrió en la historia de una persona.

La cuestión pasa entonces de preguntarnos dónde está almacenado el trauma a preguntarnos cómo una experiencia pasada puede modificar la manera en que una persona interpreta y responde al presente. Para abordar esta cuestión resulta útil examinar cómo interactúan el aprendizaje, la memoria y las expectativas sobre el peligro, y cómo diferentes modelos psicológicos y neurocientíficos intentan explicar la persistencia de estas respuestas.

Del aprendizaje a la predicción: cómo puede mantenerse la sensación de amenaza

Los modelos de procesamiento predictivo ofrecen otro nivel de explicación para comprender cómo las experiencias previas pueden influir en la interpretación de las señales presentes. Desde esta perspectiva, el cerebro puede entenderse como un sistema que genera y actualiza inferencias sobre las causas de las señales que recibe, incluidas las procedentes del propio organismo (Friston, 2010; Allen et al., 2022). En una persona que ha experimentado acontecimientos traumáticos, determinadas sensaciones corporales o señales contextuales podrían adquirir un significado relacionado con el peligro y favorecer interpretaciones congruentes con esa expectativa. Esta perspectiva permite formular una hipótesis sobre cómo la experiencia previa puede influir en la percepción actual, aunque el procesamiento predictivo constituye un marco teórico y computacional y no una explicación específicamente demostrada del TEPT.

Este planteamiento puede relacionarse conceptualmente con el análisis funcional de la conducta, pero ambos enfoques operan en niveles de explicación diferentes. El análisis funcional describe las relaciones entre conducta y contexto, mientras que los modelos de procesamiento predictivo intentan explicar cómo el sistema nervioso genera y actualiza inferencias sobre el organismo y el entorno. No son modelos equivalentes ni debe presentarse uno como la traducción neurobiológica del otro.

Además, esta perspectiva resulta especialmente relevante para comprender la interocepción, es decir, el procesamiento de las señales procedentes del propio organismo. Desde los modelos de inferencia interoceptiva, la experiencia de un estado corporal no depende únicamente de las señales fisiológicas que llegan al cerebro, sino también de cómo estas son interpretadas en relación con las expectativas y el contexto (Allen et al., 2022).

Esto ayuda a explicar por qué una misma respuesta fisiológica puede adquirir significados diferentes. Una aceleración cardíaca puede interpretarse como una consecuencia normal del ejercicio, como excitación o como una señal de peligro, dependiendo del contexto y de la historia previa de aprendizaje. La señal corporal, por sí sola, no determina necesariamente el significado que tendrá para la persona.

Esta cuestión resulta especialmente relevante en el trauma. Una experiencia aversiva puede favorecer el aprendizaje de relaciones entre determinados estímulos, contextos, sensaciones corporales y consecuencias. Posteriormente, señales que comparten características con aquellas presentes durante la experiencia original pueden adquirir capacidad para evocar respuestas de alerta, incluso cuando la situación actual no presenta un peligro equivalente.

Una persona puede, por ejemplo, experimentar taquicardia, tensión muscular o dificultad respiratoria y responder ante esas sensaciones como si fueran indicios de amenaza sin formular necesariamente una explicación consciente de lo que está ocurriendo. Desde esta perspectiva, no es necesario asumir que el recuerdo traumático se encuentra almacenado en la sensación corporal. Lo que puede haberse modificado es la relación aprendida entre determinadas señales y las respuestas que estas evocan.

Esta formulación puede ponerse en relación con modelos psicológicos del TEPT desarrollados anteriormente. Ehlers y Clark (2000), por ejemplo, propusieron que el trastorno puede mantenerse cuando la persona experimenta una sensación persistente de amenaza actual, relacionada con la forma en que procesa el acontecimiento traumático, sus consecuencias y determinados aspectos de la memoria. El procesamiento predictivo ofrece un marco computacional diferente para estudiar algunos de estos fenómenos, al plantear cómo las expectativas previas pueden influir en la interpretación de la información disponible.

Desde el análisis funcional de la conducta, el mismo fenómeno puede estudiarse desde otro nivel de explicación. Una experiencia aversiva puede formar parte de una historia de aprendizaje en la que determinados estímulos, contextos o sensaciones adquieren funciones relacionadas con el peligro. Posteriormente, estas señales pueden evocar respuestas de evitación, escape, hipervigilancia o búsqueda de seguridad. El análisis funcional permite estudiar qué antecedentes favorecen esas respuestas y qué consecuencias pueden contribuir a su mantenimiento (Froxán Parga, 2026).

En este contexto se sitúa la propuesta de Kotler et al. (2026). Estos autores plantean que determinadas manifestaciones del trauma podrían entenderse mediante un modelo de inferencia en el que las predicciones relacionadas con el peligro adquieren una influencia excesiva y pueden contribuir a mantener interpretaciones de amenaza incluso cuando las circunstancias han cambiado. Desde esta perspectiva, las señales corporales formarían parte del proceso: las predicciones pueden influir en la interpretación de las señales procedentes del organismo y, a su vez, esas señales pueden contribuir a mantener determinadas inferencias sobre el peligro.

Esta propuesta resulta interesante porque ofrece una explicación alternativa a la idea de que el trauma permanezca físicamente almacenado en el cuerpo. Sin embargo, su estatus científico debe quedar claramente delimitado. El trabajo de Kotler et al. (2026) es un artículo de opinión y presenta una propuesta teórica; no constituye una demostración experimental de que este mecanismo explique el TEPT ni de que exista específicamente una reducción de la metaestabilidad en las personas con este trastorno.

Por tanto, el procesamiento predictivo puede considerarse actualmente un marco teórico y computacional relevante para interpretar determinados fenómenos relacionados con la percepción, la interocepción y la experiencia de amenaza, pero no una explicación experimentalmente confirmada de todos los mecanismos del TEPT.

La cuestión que se plantea entonces cambia de forma importante. En lugar de preguntarnos únicamente dónde queda almacenado el trauma, podemos preguntarnos cómo una experiencia pasada puede modificar durante tanto tiempo la manera en que una persona interpreta las señales del entorno y de su propio organismo. Esta formulación permite conectar los procesos de aprendizaje y memoria estudiados por la psicología con los modelos contemporáneos sobre percepción, interocepción y predicción.

Cómo puede mantenerse la sensación de amenaza

Una experiencia traumática puede hacer que determinados estímulos, contextos o sensaciones adquieran funciones relacionadas con el peligro. Posteriormente, esas señales pueden evocar respuestas de miedo, hipervigilancia, escape o evitación incluso cuando el contexto actual es objetivamente seguro. Desde el análisis funcional de la conducta, estas relaciones pueden estudiarse atendiendo a la historia de aprendizaje y a las contingencias que mantienen determinadas respuestas (Froxán Parga, 2026).

La evitación resulta especialmente relevante porque puede reducir de manera inmediata el malestar asociado a una señal de amenaza. Esa reducción puede aumentar la probabilidad de que la conducta de evitación vuelva a producirse en situaciones similares, dificultando a su vez el aprendizaje de que determinadas señales pueden presentarse sin que ocurra el resultado temido. Este proceso constituye uno de los mecanismos conductuales que permiten comprender la persistencia de determinadas respuestas relacionadas con el trauma.

Los modelos de aprendizaje inhibitorio de la exposición han destacado precisamente la importancia de generar nuevas asociaciones de seguridad que compitan con las asociaciones previas de amenaza, en lugar de asumir que el aprendizaje original desaparece por completo (Craske et al., 2014). Desde esta perspectiva, la recuperación no requiere borrar una memoria traumática, sino favorecer nuevos aprendizajes que modifiquen la relación funcional de la persona con las señales que previamente adquirieron funciones de amenaza.

Esta explicación es compatible con el modelo cognitivo de Ehlers y Clark (2000), según el cual determinadas valoraciones del acontecimiento y características del procesamiento de la memoria pueden contribuir a mantener una sensación de amenaza actual. El resultado puede ser que situaciones presentes sean interpretadas a través de aprendizajes y expectativas adquiridos en el pasado, favoreciendo respuestas que inicialmente pudieron resultar adaptativas pero que posteriormente dejan de serlo.

Las conductas de evitación no siempre son evidentes. Pueden incluir evitar lugares o situaciones, abandonar conversaciones relacionadas con el acontecimiento, comprobar repetidamente las propias sensaciones corporales o buscar confirmación de que se está a salvo. Desde una perspectiva funcional, lo relevante no es únicamente la forma de la conducta, sino la relación que mantiene con sus antecedentes y consecuencias.

La investigación sobre aprendizaje de seguridad y extinción aporta otra pieza importante. Cuando una respuesta de miedo disminuye porque una situación deja de ir seguida del acontecimiento aversivo, esto no implica necesariamente que el aprendizaje original haya desaparecido. Puede producirse un nuevo aprendizaje que permite inhibir o modular la respuesta de miedo en determinados contextos. La investigación experimental sobre miedo y TEPT ha estudiado precisamente procesos relacionados con la adquisición, generalización y recuperación de estas respuestas de seguridad (Craske et al., 2014; Allen et al., 2019).

Esta perspectiva ayuda a comprender por qué una persona puede saber cognitivamente que se encuentra en un lugar seguro y, sin embargo, experimentar una respuesta fisiológica intensa. El conocimiento consciente de que no existe peligro no implica necesariamente que todos los aprendizajes relacionados con la amenaza hayan desaparecido o puedan modificarse inmediatamente.

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Memoria traumática: ¿qué ocurre realmente cuando el pasado reaparece?

La teoría de representación dual de Brewin et al. (1996) propuso distinguir entre representaciones accesibles verbalmente y representaciones más dependientes de determinadas claves perceptivas y situacionales. Esta propuesta permite comprender por qué determinadas señales pueden activar respuestas relacionadas con el acontecimiento sin que la persona esté realizando necesariamente una recuperación narrativa deliberada del episodio.

Este fenómeno contribuyó a que autores como van der Kolk (1994, 2015) destacaran que la reexperimentación traumática no siempre se presenta como un recuerdo autobiográfico narrativo recuperado voluntariamente. Una persona puede reaccionar ante un sonido, un olor, una imagen, una situación o una determinada sensación corporal antes de identificar conscientemente qué ha desencadenado la respuesta.

Sin embargo, esto requiere una precisión importante. Que una respuesta aparezca sin un recuerdo consciente y deliberado no significa que exista una memoria traumática almacenada fuera del sistema nervioso. Tampoco implica necesariamente que el recuerdo traumático esté constituido por fragmentos aislados almacenados en diferentes partes del cuerpo. La memoria humana comprende diferentes formas de aprendizaje y representación que pueden influir sobre la conducta y la experiencia sin requerir siempre una recuperación consciente y verbal del episodio original.

El modelo de Ehlers y Clark (2000) aporta otra perspectiva complementaria. Estos autores plantearon que determinadas características del procesamiento de la memoria traumática pueden contribuir a mantener una sensación de amenaza actual. El problema no sería simplemente recordar un acontecimiento desagradable, sino que determinados aspectos de la experiencia pasada pueden adquirir una relevancia tal que algunas señales presentes continúen siendo interpretadas como indicadoras de peligro.

Esto ayuda a comprender una experiencia aparentemente paradójica: una persona puede saber perfectamente que un acontecimiento ocurrió hace años y, al mismo tiempo, experimentar una respuesta emocional o fisiológica intensa ante una señal relacionada con él. Saber que algo ocurrió en el pasado y responder ante una señal como si fuera relevante para el presente no son procesos necesariamente incompatibles.

La investigación sobre aprendizaje ayuda a comprender esta diferencia. Una señal asociada previamente con una experiencia aversiva puede adquirir capacidad para evocar determinadas respuestas cuando vuelve a aparecer. Además, el aprendizaje puede generalizarse a estímulos o contextos que comparten algunas características con los originales. Por ello, la respuesta puede aparecer ante una señal que la persona no identifica conscientemente como relacionada con el acontecimiento.

Esto también permite comprender por qué algunas respuestas parecen surgir «de la nada». La ausencia de un desencadenante identificado conscientemente no implica necesariamente que no exista una condición antecedente. Puede tratarse de una característica contextual, sensorial o interoceptiva que haya adquirido relevancia a través de la historia de aprendizaje.

La generalización del miedo resulta especialmente importante en este proceso. Una respuesta aprendida inicialmente ante determinadas condiciones puede extenderse posteriormente a otras situaciones semejantes. Cuando la discriminación entre señales de peligro y señales de seguridad resulta insuficiente, aumenta el número de situaciones capaces de provocar respuestas relacionadas con la amenaza.

Todo ello permite establecer una distinción fundamental entre memoria consciente y aprendizaje que influye sobre la conducta sin recuperación deliberada. Una persona no necesita poder explicar verbalmente por qué una determinada señal provoca una respuesta para que esa relación aprendida exista. Del mismo modo, experimentar una respuesta corporal ante una señal no demuestra que el cuerpo esté recuperando literalmente un recuerdo almacenado en el tejido.

Por tanto, cuando alguien afirma que «su cuerpo recuerda» un acontecimiento, la experiencia subjetiva puede ser completamente real sin que la expresión deba interpretarse literalmente. Una sensación de opresión, taquicardia, tensión muscular, sobresalto o intenso malestar puede formar parte de una respuesta aprendida y de la reactivación de procesos relacionados con la amenaza. La experiencia corporal es real; lo que requiere una explicación científica es el mecanismo que la produce.

Esta distinción es especialmente importante porque diferentes procesos pueden contribuir simultáneamente a una misma experiencia. Una señal presente puede activar aprendizajes previos, provocar una respuesta fisiológica, modificar la percepción de las propias sensaciones y favorecer una valoración de amenaza. No es necesario identificar un único mecanismo ni asumir que cada sensación corporal corresponde a un fragmento específico del acontecimiento original.

Desde esta perspectiva, tampoco resulta adecuado dividir la memoria traumática de forma rígida entre una memoria «consciente» localizada en el cerebro y otra memoria «corporal» localizada en los tejidos. Diferentes sistemas de memoria y aprendizaje pueden influir sobre la conducta y la experiencia, y algunos de estos procesos pueden operar sin una recuperación autobiográfica deliberada.

Esto permite recuperar parte de la intuición que subyace a la expresión «el cuerpo lleva la cuenta» sin convertirla en una afirmación anatómica. Las experiencias traumáticas pueden asociarse con respuestas fisiológicas, emocionales y conductuales que reaparecen ante determinadas señales. Sin embargo, que esas respuestas sean corporales no demuestra que el acontecimiento traumático esté almacenado físicamente en los músculos, los órganos o los tejidos periféricos.

La cuestión, por tanto, no es determinar si el cuerpo «recuerda» en el mismo sentido en que una persona recuerda conscientemente un acontecimiento autobiográfico. Una formulación más precisa consiste en estudiar cómo las experiencias previas modifican el aprendizaje, la memoria, la percepción y la respuesta ante señales que aparecen posteriormente.

En conjunto, la evidencia permite entender la reexperimentación traumática como el resultado de la interacción de diferentes procesos de memoria y aprendizaje. Determinadas señales pueden activar respuestas emocionales, fisiológicas y conductuales sin que exista necesariamente una recuperación narrativa deliberada del acontecimiento. Esto no requiere postular una memoria traumática almacenada en el cuerpo, sino reconocer que los aprendizajes adquiridos en contextos de amenaza pueden seguir influyendo sobre la experiencia presente.

Metaestabilidad: una hipótesis reciente sobre el trauma

La metaestabilidad es un concepto procedente de la teoría de sistemas dinámicos y de la neurociencia de sistemas que describe propiedades dinámicas de sistemas capaces de mantener configuraciones relativamente estables y, al mismo tiempo, transitar hacia otras configuraciones. No equivale simplemente a flexibilidad, regulación emocional o conectividad cerebral: se refiere a cómo un sistema organiza y modifica sus estados de actividad a lo largo del tiempo.

Su aplicación empírica en neurociencia humana está todavía en desarrollo. Una revisión de alcance publicada en 2025 identificó 36 estudios de neuroimagen que utilizaron aproximaciones relacionadas con la metaestabilidad y encontró una considerable variabilidad en las definiciones y medidas empleadas, además de importantes cuestiones metodológicas pendientes (Wijaya et al., 2025). Por tanto, se trata de un constructo científico utilizado en investigación neurodinámica, pero todavía existe debate sobre cómo operacionalizarlo de manera consistente.

En este contexto se sitúa la propuesta de Kotler et al. (2026), quienes plantean que determinadas características del TEPT podrían comprenderse mediante una alteración de la dinámica cerebral y proponen estudiar si existe una reducción de la metaestabilidad asociada al trastorno. La hipótesis intenta integrar modelos de procesamiento predictivo con una perspectiva de sistemas dinámicos: determinados estados relacionados con la amenaza podrían adquirir una estabilidad relativa excesiva y dificultar la transición hacia otras configuraciones cuando el contexto ya no requiere una respuesta defensiva. Se trata, sin embargo, de una propuesta teórica y no de un mecanismo del TEPT establecido empíricamente.

Esta hipótesis no puede deducirse directamente de los estudios convencionales de neuroimagen. Encontrar diferencias de activación, estructura o conectividad entre personas con TEPT y grupos de comparación no equivale a demostrar una reducción de la metaestabilidad. Para evaluar esta propuesta sería necesario utilizar medidas específicas de dinámica cerebral y determinar si estas se relacionan de forma consistente con el TEPT, con sus síntomas y con su evolución.

También debe interpretarse con cautela la evidencia procedente de otras poblaciones. Hellyer et al. (2015), por ejemplo, estudiaron la relación entre dinámica neural y flexibilidad cognitiva en personas con lesión cerebral traumática. Este trabajo es relevante para comprender determinadas propiedades de la dinámica cerebral, pero no demuestra que el TEPT presente una reducción de la metaestabilidad. La extrapolación desde la lesión cerebral traumática al trauma psicológico constituye una hipótesis teórica, no una conclusión empírica. La propia corrección publicada posteriormente por los autores de Kotler et al. modificó este punto para dejar explícita esta limitación (Mannino et al., 2026).

La propuesta también debe diferenciarse de los modelos de aprendizaje, cognitivos y de procesamiento predictivo desarrollados anteriormente. Estos modelos pueden ofrecer explicaciones complementarias sobre cómo determinadas experiencias modifican el aprendizaje, las expectativas, la percepción de amenaza y la respuesta ante señales presentes, mientras que la metaestabilidad plantea una pregunta específica sobre la dinámica temporal de los estados cerebrales. No son explicaciones equivalentes ni existe actualmente evidencia suficiente para afirmar que uno de estos niveles sea la causa fundamental de los demás.

Por ello, la pregunta científicamente relevante no es si la metaestabilidad explica ya el TEPT, sino si determinadas alteraciones en la dinámica de las redes cerebrales pueden contribuir a la persistencia de algunos patrones relacionados con la amenaza. Para responderla sería necesario determinar si las medidas de metaestabilidad presentan diferencias consistentes entre personas con TEPT y grupos de comparación, si esas diferencias son específicas del trastorno, si representan vulnerabilidad previa o consecuencias de la exposición traumática y si se modifican de manera consistente con la evolución clínica.

En consecuencia, la metaestabilidad puede incorporarse al estudio contemporáneo del trauma como una hipótesis de investigación prometedora, pero todavía no como una explicación demostrada del TEPT. La propuesta de Kotler et al. (2026) resulta relevante porque plantea una cuestión que puede someterse a investigación empírica, pero su grado de evidencia debe distinguirse claramente del de los modelos psicológicos y de los hallazgos procedentes de revisiones sistemáticas y metaanálisis.

¿Qué sabemos sobre las intervenciones centradas en el cuerpo?

Los resultados disponibles sugieren que determinadas intervenciones con componentes corporales o centrados en el movimiento pueden producir beneficios en personas con TEPT. El metaanálisis de van de Kamp et al. (2023), que incluyó 29 estudios, encontró un efecto global favorable sobre los síntomas postraumáticos, aunque con una heterogeneidad muy elevada entre los estudios. De forma similar, Molteni et al. (2024) encontraron efectos pequeños o moderados de las intervenciones basadas en mindfulness sobre determinados síntomas relacionados con el trauma y medidas de interocepción, también con una considerable heterogeneidad. Estos resultados apoyan el interés clínico de las intervenciones que incorporan procesos corporales, pero no permiten establecer que su eficacia se deba a la recuperación de recuerdos almacenados en el cuerpo ni que los cambios interoceptivos constituyan necesariamente el mecanismo responsable de la mejoría.

Es importante, además, situar estas intervenciones dentro del conjunto de tratamientos disponibles. Las guías clínicas internacionales recomiendan distintas psicoterapias focalizadas en el trauma, entre ellas la exposición prolongada (PE), la terapia de procesamiento cognitivo (CPT), determinadas formas de terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma y EMDR (Department of Veterans Affairs & Department of Defense, 2023; NICE, 2018). La eficacia de estas intervenciones no depende de asumir que el trauma permanezca físicamente almacenado en los tejidos corporales, sino que se ha estudiado a partir de sus efectos sobre los síntomas y de los procesos psicológicos implicados en su mantenimiento.

Que algunas intervenciones incorporen movimiento, atención a las sensaciones corporales, respiración, mindfulness u otros componentes corporales tampoco demuestra la existencia de un «almacén corporal» del trauma. Del mismo modo, que durante una intervención se produzcan cambios en la activación fisiológica, la experiencia corporal o determinados parámetros cerebrales no permite concluir que se esté «liberando» una memoria traumática almacenada en los tejidos. La eficacia de una intervención y la explicación de su mecanismo son preguntas relacionadas, pero diferentes.

Por tanto, la evidencia disponible permite formular una conclusión relativamente clara, pero prudente: el cuerpo participa de manera importante en la experiencia y expresión del trauma, y determinadas intervenciones que incorporan componentes corporales pueden resultar útiles; sin embargo, esto no constituye evidencia de que los recuerdos traumáticos estén literalmente almacenados en el cuerpo ni de que su recuperación dependa de liberar una memoria contenida en los tejidos. La cuestión científicamente relevante no es decidir entre una explicación exclusivamente «mental» y otra exclusivamente «corporal», sino comprender cómo interactúan los procesos de aprendizaje, memoria, percepción corporal, fisiología, conducta y contexto en la aparición y mantenimiento de los síntomas traumáticos.

¿El cuerpo realmente lleva la cuenta del trauma?: Lo que sabemos sobre cerebro, memoria y cuerpo
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Qué se ha podido demostrar científicamente, qué necesita matización y qué sigue siendo una hipótesis

La evidencia disponible permite establecer algunas conclusiones con bastante solidez, mientras que otras afirmaciones habituales sobre el trauma requieren una interpretación más prudente. Existe evidencia consistente de que el TEPT se asocia con alteraciones en diferentes procesos implicados en la respuesta ante la amenaza, la regulación emocional, el aprendizaje, la memoria y el procesamiento de señales corporales. También sabemos que las personas con TEPT pueden presentar diferencias en la forma en que atienden, interpretan y responden a determinadas sensaciones internas. Sin embargo, estos hallazgos no implican que exista una memoria traumática almacenada físicamente en los tejidos corporales. Además, cuando se observan diferencias neurobiológicas entre personas con y sin TEPT, es necesario distinguir entre una asociación y una relación causal: los estudios transversales no permiten determinar por sí solos si una determinada característica constituye una consecuencia del trauma, un factor de vulnerabilidad previo o el resultado de otros factores asociados.

La investigación sobre interocepción resulta especialmente relevante en este punto. Diferentes estudios y revisiones han encontrado asociaciones entre el TEPT y determinadas características de la percepción, atención e interpretación de las señales corporales, pero los resultados no apuntan a un déficit único y uniforme. Algunas dimensiones parecen estar más relacionadas con determinados síntomas que otras, y las medidas utilizadas en los estudios son heterogéneas. Por ello, resulta más preciso hablar de alteraciones en determinados procesos interoceptivos en algunas personas con TEPT que afirmar de manera general que «el trauma se queda en el cuerpo» (Leech et al., 2024; van de Kamp & Machorrinho, 2026). La evidencia indica que las señales corporales forman parte de la experiencia del trauma y pueden participar en el mantenimiento de determinados síntomas, pero todavía estamos lejos de disponer de una explicación unitaria de cómo ocurre esta relación.

Algo semejante sucede con la memoria traumática. Las investigaciones contemporáneas no respaldan una división sencilla entre recuerdos que estarían «en la mente» y sensaciones que permanecerían «almacenadas en el cuerpo». Las experiencias traumáticas pueden implicar diferentes procesos de memoria y aprendizaje, y determinados estímulos, contextos o estados fisiológicos pueden favorecer la aparición de respuestas asociadas al acontecimiento incluso cuando la persona no está realizando deliberadamente un recuerdo narrativo. Los modelos cognitivos y de aprendizaje permiten comprender estos fenómenos mediante procesos como el condicionamiento, la generalización, la evitación, el procesamiento contextual y la activación de representaciones asociadas al trauma (Brewin et al., 1996; Ehlers & Clark, 2000). Que una respuesta fisiológica aparezca ante un estímulo relacionado con el acontecimiento no demuestra, por tanto, que el recuerdo esté almacenado en el tejido corporal que produce dicha respuesta.

También existe una amplia investigación sobre los correlatos neurobiológicos del TEPT. Los estudios de neuroimagen han identificado diferencias en sistemas implicados, entre otros procesos, en la detección de amenazas, la memoria, el procesamiento contextual y la regulación emocional, y distintas revisiones y metaanálisis han encontrado diferencias estructurales y funcionales en determinados grupos de personas con TEPT (Hinojosa et al., 2024; Siehl et al., 2023). Sin embargo, estos resultados deben interpretarse con cautela. Una diferencia neurobiológica asociada al TEPT no demuestra por sí misma que dicha alteración sea la causa del trastorno, y tampoco constituye una «huella cerebral» específica que permita identificar individualmente a una persona con TEPT. La investigación actual describe asociaciones entre el trastorno y determinados patrones de funcionamiento cerebral, pero todavía existe una considerable complejidad respecto a su origen, especificidad y significado clínico.

En un nivel todavía más hipotético se encuentran algunas propuestas recientes sobre la dinámica cerebral. Kotler et al. (2026) plantean que determinadas características del TEPT podrían estar relacionadas con una alteración de la capacidad del sistema nervioso para transitar entre diferentes configuraciones funcionales y proponen estudiar la metaestabilidad como una posible variable relevante. El concepto procede de la investigación sobre sistemas dinámicos y tiene una base científica independiente de esta aplicación concreta al trauma; sin embargo, que la metaestabilidad sea un constructo legítimo de la neurociencia no significa que esté demostrado que el TEPT implique una reducción de esta propiedad. La propia propuesta de Kotler et al. reconoce que esta cuestión necesita ser sometida a pruebas directas mediante medidas específicas y que todavía no puede considerarse un mecanismo establecido del TEPT. Por tanto, debe situarse claramente en el nivel de las hipótesis de investigación, por debajo de los modelos y hallazgos que cuentan con una evidencia empírica más amplia.

La misma prudencia debe aplicarse a cualquier intento de utilizar estos hallazgos para explicar por qué funcionan determinadas intervenciones. Que algunas intervenciones incorporen elementos corporales, atención a las sensaciones, movimiento o regulación fisiológica y puedan producir mejorías clínicas no demuestra que estén actuando sobre una supuesta memoria traumática almacenada en los tejidos. Del mismo modo, una modificación de determinados parámetros cerebrales después de una intervención no demuestra automáticamente que se haya modificado el mecanismo responsable del trastorno. La eficacia de una intervención y la explicación de su mecanismo son preguntas relacionadas, pero diferentes. Esta distinción permite valorar positivamente las intervenciones eficaces sin atribuirles mecanismos que la investigación todavía no ha demostrado.

En conjunto, la evidencia disponible apunta hacia una comprensión del trauma en la que cerebro, cuerpo, aprendizaje, memoria, conducta y contexto están estrechamente relacionados. Lo que podemos sostener con mayor seguridad es que las experiencias traumáticas pueden modificar el aprendizaje y la respuesta ante determinadas señales de amenaza y que el TEPT se asocia con alteraciones en múltiples procesos psicológicos, fisiológicos y neurobiológicos. Lo que requiere matización es la naturaleza, especificidad y causalidad de muchas de estas alteraciones. Y lo que sigue siendo una hipótesis es que conceptos más recientes, como la metaestabilidad, proporcionen una explicación específica de la dinámica mediante la cual se mantienen estos patrones. Por tanto, la evidencia actual no obliga a elegir entre «mente» y «cuerpo»: permite entender el trauma como un fenómeno en el que interactúan diferentes niveles de funcionamiento, sin necesidad de asumir que el recuerdo traumático esté literalmente almacenado en los tejidos corporales.

Entonces, ¿el cuerpo realmente lleva la cuenta?

La respuesta depende, en primer lugar, de qué entendamos por «llevar la cuenta». Si la expresión se utiliza como una metáfora para señalar que una experiencia traumática puede tener consecuencias persistentes que se manifiestan también a través del cuerpo, existe una base científica considerable para sostener esta idea. Las personas con TEPT pueden presentar alteraciones relacionadas con la respuesta ante la amenaza, la activación fisiológica, el sueño, la regulación emocional, la atención, la percepción de las señales internas y la conducta. El trauma, por tanto, no puede comprenderse únicamente como el recuerdo consciente de un acontecimiento: las experiencias traumáticas pueden modificar procesos de aprendizaje y memoria y hacer que determinadas situaciones, estímulos, contextos o sensaciones adquieran posteriormente una especial relevancia. En este sentido, la dimensión corporal del trauma es real y clínicamente relevante.

Sin embargo, esta conclusión debe distinguirse cuidadosamente de una afirmación mucho más fuerte: que el acontecimiento traumático quede literalmente almacenado en los músculos, la fascia, los órganos u otros tejidos corporales como una memoria independiente de los sistemas cerebrales de memoria. Hasta el momento, la evidencia científica disponible no permite sostener esta interpretación. Que una persona experimente taquicardia, tensión muscular, cambios respiratorios, malestar gastrointestinal o cualquier otra respuesta fisiológica ante un estímulo relacionado con el trauma demuestra que existe una respuesta corporal, pero no demuestra que el recuerdo del acontecimiento esté almacenado en el tejido que produce esa respuesta. Del mismo modo, que determinadas intervenciones produzcan cambios en la experiencia corporal o en determinados parámetros fisiológicos no demuestra que estén «liberando» una memoria traumática previamente almacenada en el cuerpo.

Una explicación más compatible con la evidencia disponible es que las respuestas traumáticas puedan mantenerse mediante la interacción de aprendizaje, memoria, percepción, expectativas, fisiología, conducta y contexto. A través de procesos de aprendizaje, determinados estímulos o situaciones pueden adquirir funciones relacionadas con la amenaza y desencadenar posteriormente respuestas de alerta, evitación o hipervigilancia. Una señal presente puede provocar una reacción intensa aunque el peligro original haya desaparecido porque, dentro de la historia de aprendizaje de la persona, esa señal ha adquirido un significado determinado. Las respuestas fisiológicas que acompañan a este proceso forman parte de la experiencia traumática y pueden, a su vez, influir en la manera en que la persona interpreta lo que está ocurriendo. No es necesario suponer que exista una copia física del acontecimiento almacenada en los tejidos para explicar esta interacción.

Esta perspectiva permite integrar también los hallazgos sobre interocepción. Las personas con TEPT pueden presentar diferencias en la atención, percepción e interpretación de determinadas señales corporales, aunque la investigación disponible no apunta a un déficit interoceptivo único y uniforme. Algunas dimensiones parecen estar relacionadas con determinados síntomas más que otras, y los resultados dependen en parte de cómo se mida la interocepción. Por ello, es más preciso hablar de alteraciones en determinados procesos interoceptivos en algunas personas con TEPT que afirmar de forma general que «el trauma se queda en el cuerpo». El cuerpo participa en la experiencia del trauma, pero esta participación no implica que los tejidos corporales constituyan un sistema de almacenamiento de recuerdos traumáticos.

La investigación sobre el cerebro conduce a una conclusión semejante. Los estudios de neuroimagen han encontrado diferencias en sistemas relacionados con la detección de amenazas, el procesamiento contextual, la memoria y la regulación emocional en grupos de personas con TEPT. Estos resultados son importantes porque muestran que el trastorno se relaciona con múltiples procesos y redes cerebrales, pero tampoco permiten hablar de una única «zona del trauma» ni de una huella cerebral que pueda identificar individualmente a una persona con TEPT. Además, una diferencia observada en personas con el trastorno no demuestra automáticamente que esa diferencia sea consecuencia del trauma: dependiendo del diseño del estudio, puede tratarse de un factor de vulnerabilidad, de una consecuencia adquirida o de una característica relacionada con otros factores clínicos. Por ello, también en neurociencia es necesario distinguir entre correlatos, mecanismos y causas.

Algo similar ocurre con las propuestas más recientes. Los modelos de procesamiento predictivo pueden proporcionar un marco teórico para estudiar cómo las experiencias anteriores influyen en las expectativas y en la interpretación de las señales presentes. La propuesta de Kotler et al. (2026) lleva esta cuestión un paso más allá al plantear que determinadas características del TEPT podrían estar relacionadas con alteraciones de la dinámica mediante la cual el sistema nervioso transita entre diferentes configuraciones funcionales, recurriendo para ello al concepto de metaestabilidad. Sin embargo, esta propuesta debe situarse claramente en el nivel de las hipótesis de investigación. La metaestabilidad es un constructo real de la neurociencia de sistemas, pero todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que una reducción de esta propiedad constituya un mecanismo establecido del TEPT. Los propios autores señalan que esta cuestión necesita ser comprobada mediante medidas específicas y estudios que permitan determinar si la metaestabilidad está realmente alterada en personas con TEPT, cuál es su relación con los síntomas y si cambia con la recuperación. Por tanto, una explicación neurocientífica más sofisticada no debe recibir automáticamente el mismo grado de certeza que los mecanismos psicológicos y clínicos que cuentan con una evidencia acumulada mucho mayor.

Esta distinción es especialmente importante cuando analizamos las intervenciones centradas en el cuerpo. Algunas intervenciones que incorporan movimiento, atención a las sensaciones corporales, mindfulness u otros componentes corporales han mostrado resultados favorables en determinados estudios, aunque la evidencia continúa siendo heterogénea y los mecanismos responsables de esos efectos no están completamente establecidos. La existencia de resultados positivos no demuestra que estas intervenciones funcionen porque estén accediendo a una memoria traumática almacenada en los tejidos. De la misma manera, las psicoterapias focalizadas en el trauma que cuentan con un respaldo empírico considerable —como la exposición prolongada, la terapia de procesamiento cognitivo, determinadas formas de terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma o EMDR— no necesitan apoyarse en la hipótesis de un almacenamiento corporal del trauma para explicar su eficacia. La eficacia de una intervención y el mecanismo exacto mediante el que produce sus efectos son cuestiones relacionadas, pero científicamente diferentes.

En este sentido, quizá uno de los errores más frecuentes al hablar del trauma consiste en convertir una metáfora clínicamente intuitiva en una afirmación biológica literal. Decir que «el cuerpo lleva la cuenta» puede ser una manera comprensible de expresar que las experiencias traumáticas pueden tener manifestaciones fisiológicas, perceptivas y conductuales persistentes. El problema aparece cuando esa expresión se interpreta como si demostrara que los recuerdos autobiográficos traumáticos están físicamente almacenados en músculos, órganos o tejidos periféricos. La evidencia disponible no obliga a adoptar esta interpretación. Del mismo modo, tampoco sería adecuado sustituir esa explicación por otra igualmente categórica y afirmar que el TEPT es, por ejemplo, un trastorno de la metaestabilidad: esta última posibilidad es actualmente una hipótesis que necesita ser contrastada.

La perspectiva científicamente más sólida es, por tanto, multinivel. El trauma puede estudiarse desde el aprendizaje y el análisis funcional de la conducta, desde los modelos cognitivos de memoria y amenaza, desde la investigación sobre interocepción y regulación fisiológica y desde la neurociencia que estudia el funcionamiento de redes cerebrales. Estos niveles de explicación pueden complementarse, pero no deben confundirse ni reducirse unos a otros. Una conducta de evitación puede explicarse funcionalmente por su historia de aprendizaje y por las consecuencias que la mantienen; una respuesta fisiológica puede estudiarse desde los mecanismos de regulación del organismo; una reexperimentación puede analizarse desde los procesos de memoria y aprendizaje; y las diferencias en la dinámica cerebral pueden investigarse mediante modelos neurocientíficos. Ninguno de estos niveles necesita convertirse en una explicación única y total del trauma.

Por ello, la pregunta que da título a este artículo admite una respuesta matizada. Sí, el cuerpo «lleva la cuenta» si utilizamos la expresión para describir que las experiencias traumáticas pueden dejar consecuencias que se manifiestan también en la fisiología, la percepción corporal y la conducta. No, la evidencia actual no permite interpretar esta expresión literalmente como si los tejidos corporales fueran un archivo donde permanece almacenado el acontecimiento traumático. Entre ambos extremos existe un amplio espacio científico en el que se encuentran los procesos de aprendizaje, memoria, interocepción, regulación emocional, fisiología, conducta y contexto, cuya interacción permite comprender buena parte de la persistencia de las respuestas traumáticas.

En última instancia, quizá la cuestión más interesante no sea dónde está almacenado el trauma, sino cómo una experiencia pasada puede seguir modificando la manera en que una persona percibe, interpreta y responde ante el presente. Esa pregunta permite estudiar el trauma sin reducirlo exclusivamente a una alteración cerebral, pero también sin atribuir a los tejidos corporales propiedades de almacenamiento de memoria que la evidencia no ha demostrado. Y permite, además, mantener una distinción fundamental para cualquier explicación científica: separar aquello que conocemos con un grado razonable de certeza de aquello que constituye un modelo explicativo plausible y de aquello que todavía es una hipótesis pendiente de investigación.

El trauma puede dejar una huella funcional en la manera en que una persona aprende, percibe, recuerda y responde ante determinadas situaciones; esa huella puede expresarse simultáneamente en la experiencia subjetiva, la fisiología y la conducta, sin que ello implique que el acontecimiento traumático esté literalmente almacenado en el cuerpo.

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Arrimada Fernández, M. (2026, octubre 23). ¿El cuerpo realmente lleva la cuenta del trauma?: Lo que sabemos sobre cerebro, memoria y cuerpo. Actualidad en Psicología. https://www.actualidadenpsicologia.com/el-cuerpo-realmente-lleva-la-cuenta-del-trauma/

Graduado en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca y con un Máster en Psicología General Sanitaria por la Universidad Alfonso X el Sabio. Asimismo, cuenta con un Máster en Psicoterapia impartido por la Asociación Española para el Fomento y Desarrollo de la Psicoterapia (AEFDP) y el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. También dispone de formación especializada en distintas áreas de la salud mental, destacando el Máster en Actualización en Intervención Psicológica y Salud Mental de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA), así como varios cursos de especialización: Experto Universitario en Trastornos de la Conducta Alimentaria por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, Especialista en el Tratamiento de las Adicciones por la Asociación Española de Psicología Sanitaria (AEPSIS), Experto en Mindfulness para profesionales de la salud (UDIMA), Experto en CIE-11 y DSM-5 (UDIMA), Experto Avanzado en el Tratamiento de los Trastornos de la Personalidad (AEFDP) y Experto en Terapias Contextuales de Tercera Generación (AEFDP). Desarrolla su labor como psicólogo sanitario y cuenta con experiencia en distintos contextos clínicos, abordando problemáticas como adicciones, patología dual, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos de la personalidad, ansiedad y depresión, tanto en formato individual como grupal. Ejerce su práctica profesional en centros presenciales, así como en modalidad online a través de BetterHelp

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