Volver al entorno también forma parte de la recuperación
Cuando una persona ha necesitado alejarse de su entorno habitual para realizar un tratamiento residencial por un problema de adicción, finalizar el ingreso no significa necesariamente que el proceso de recuperación haya terminado. Durante este periodo puede haber interrumpido rutinas asociadas al consumo, adquirido nuevas estrategias y comenzado a construir una estructura de vida diferente. Cuando el regreso al entorno de origen forma parte del proyecto terapéutico, el siguiente paso consiste en trasladar progresivamente estos aprendizajes a las condiciones cotidianas en las que tendrá que continuar su vida (Becoña Iglesias, 2016; Becoña Iglesias et al., 2008).
El regreso a la Zona cero no debe entenderse como un momento determinado únicamente por el alta residencial ni como un paso que todas las personas deban realizar de la misma manera. El momento y la modalidad del retorno dependen de la evolución de la persona, la trayectoria y gravedad de la adicción, los recursos adquiridos, los apoyos disponibles y las características concretas de su entorno. En algunos casos puede producirse directamente; en otros, puede ser necesario recurrir previamente a una casa o piso terapéutico, mantener durante un tiempo la distancia geográfica o realizar acercamientos progresivos antes de establecer nuevamente la residencia habitual (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Bobes García et al., 2008; Markez Alonso, 2015).
En situaciones de especial gravedad, cuando existen apoyos insuficientes o resulta especialmente difícil modificar las condiciones del entorno vinculadas al consumo, puede ser necesario prolongar el alejamiento durante un periodo significativo, hasta que la persona haya adquirido recursos suficientes y las condiciones del entorno estén preparadas para favorecer el retorno. En determinados casos, incluso puede valorarse terapéuticamente la construcción de un nuevo proyecto vital en otro contexto geográfico, donde sea posible establecer nuevas relaciones, rutinas y referencias compatibles con una vida libre de consumo. Estas decisiones deben ser individualizadas y formar parte de la planificación terapéutica.
Desde el análisis funcional de la conducta, el retorno a la Zona cero supone volver a entrar progresivamente en contacto con un entorno que puede haber formado parte de la historia de consumo y que, en algunos casos, continúa siendo el lugar habitual de residencia, convivencia familiar y vida cotidiana de la persona. Por ello, cuando clínicamente se considera adecuado regresar, volver a la Zona cero no significa volver a las condiciones anteriores de vida, sino recuperar progresivamente ese entorno después de un periodo suficiente de preparación, reorganización y adquisición de recursos. El proceso debe realizarse de forma progresiva, planificada y bajo recomendación clínica, valorando las respuestas de la persona y las condiciones del entorno en cada etapa (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
¿Qué entendemos por Zona cero y qué significa volver a ella?
En el contexto de este artículo, entendemos por Zona cero el entorno geográfico y cotidiano que forma parte de la historia de consumo de una persona. Puede incluir el lugar donde residía, los espacios en los que consumía, los lugares donde adquiría sustancias, las personas con las que consumía, determinados recorridos, horarios, rutinas y otros estímulos ambientales que estuvieron relacionados con su conducta de consumo. Por tanto, la Zona cero no tiene por qué coincidir con una localidad especialmente afectada por el consumo de sustancias ni con un territorio definido por sus características epidemiológicas. Es, fundamentalmente, el entorno que ha adquirido una relevancia particular dentro de la historia de consumo de esa persona.
En muchas ocasiones, además, la Zona cero coincide con el lugar habitual de residencia y con el entorno familiar de la persona. Puede tratarse de la casa en la que vivía, el barrio en el que desarrollaba su vida cotidiana, su lugar de trabajo y los espacios donde mantenía sus relaciones sociales. Esto hace que el regreso no pueda plantearse simplemente como evitar un determinado establecimiento o una calle concreta. Para algunas personas, la Zona cero constituye prácticamente todo su contexto habitual de vida y, además, puede ser el lugar al que necesitan regresar porque allí se encuentran su familia, su vivienda, su trabajo u otras fuentes importantes de apoyo. En estos casos, el objetivo no consiste necesariamente en permanecer alejado de ese entorno indefinidamente, sino en preparar las condiciones necesarias para poder regresar a él de una manera diferente.
Volver a la Zona cero tampoco significa recuperar automáticamente las mismas rutinas y relaciones que existían antes del tratamiento. Cuando la persona regresa, debe haber una reorganización previa de aquellos elementos del entorno que estaban directamente vinculados al consumo. Esto puede implicar evitar los lugares concretos donde consumía, los puntos donde adquiría sustancias, determinadas rutas o establecimientos y, especialmente, el contacto con personas con las que mantenía una relación de consumo. Si estas personas continúan consumiendo o la relación sigue estando estrechamente vinculada a esa etapa, mantener distancia puede constituir una medida especialmente importante durante la recuperación. El regreso al entorno geográfico no implica, por tanto, regresar a todas las personas, lugares o actividades que formaban parte de la vida anterior.
Una atención especial merece la vivienda cuando el consumo también se producía en ella. Antes del regreso puede ser necesario revisar las condiciones del domicilio y retirar cualquier sustancia, utensilio u objeto directamente relacionado con el consumo. Esta revisión no debería limitarse exclusivamente a la sustancia principal por la que la persona realizó el tratamiento. El alcohol puede convertirse en un elemento especialmente relevante y, en ocasiones, quedar olvidado, incluso cuando no constituía la sustancia principal de consumo. Cuando el equipo terapéutico lo considere necesario, puede ser conveniente retirar también el alcohol y otros productos que puedan facilitar o recordar las conductas asociadas al consumo. La finalidad es que la vivienda pueda convertirse nuevamente en un espacio compatible con la recuperación y no mantener innecesariamente elementos que formaban parte del contexto anterior.
En determinadas situaciones puede resultar útil realizar incluso un “lavado de cara” de la vivienda, entendido no como una intervención estética en sí misma, sino como una forma de introducir cambios en el ambiente cotidiano. Modificar determinados muebles, reorganizar espacios, cambiar elementos decorativos, retirar objetos vinculados a la etapa de consumo o introducir nuevos elementos puede ayudar a que la persona perciba el domicilio como un espacio diferente del que dejó antes del tratamiento. Estos cambios pueden adquirir especial sentido cuando la vivienda contiene numerosas referencias asociadas a periodos de consumo. No se trata de afirmar que cambiar la decoración elimine por sí mismo las asociaciones aprendidas, sino de generar nuevas referencias ambientales y favorecer una reorganización del contexto en el que se desarrollará la recuperación (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026).
Esta misma lógica puede extenderse al resto de la vida cotidiana. El regreso puede requerir modificar horarios, recorridos, actividades de ocio, relaciones sociales e incluso determinadas condiciones laborales cuando el trabajo estaba estrechamente relacionado con el consumo. La persona necesita disponer progresivamente de nuevas referencias positivas asociadas a la recuperación: actividades diferentes, relaciones que no estén vinculadas al consumo, nuevos espacios de ocio, objetivos laborales o formativos y rutinas compatibles con una vida sin consumo. De esta manera, el entorno habitual puede comenzar a formar parte de una historia diferente, construida alrededor de la recuperación y no de las conductas que caracterizaron la etapa anterior (Becoña Iglesias, 2016; Markez Alonso, 2015).
Por ello, cuando hablamos de volver a la Zona cero, no hablamos simplemente de volver a una dirección o a una localidad. Hablamos de regresar a un entorno que puede contener numerosas referencias de la historia de consumo y que, al mismo tiempo, puede seguir siendo el lugar donde la persona tiene que vivir, convivir con su familia y desarrollar su proyecto vital. El objetivo terapéutico será entonces modificar progresivamente la relación con ese entorno, reduciendo aquellas condiciones que favorecían el consumo y construyendo nuevas condiciones compatibles con la recuperación. Cuando esta reorganización no sea posible o los apoyos disponibles resulten insuficientes, el mantenimiento del alejamiento o la construcción de un nuevo proyecto vital en otro contexto pueden constituir alternativas que deberán valorarse individualmente.
¿Cuándo es el momento de volver a la Zona cero?
No existe un momento universal en el que una persona que ha realizado un tratamiento residencial esté preparada para regresar a su entorno habitual. El alta del recurso residencial marca el final de una determinada fase del tratamiento, pero no determina por sí sola cuál debe ser el siguiente paso. La decisión de regresar debe formar parte de una valoración clínica más amplia en la que se tenga en cuenta la evolución de la persona, las características de su adicción, los recursos adquiridos durante el tratamiento y las condiciones concretas de la Zona cero. La gravedad del trastorno adictivo y las necesidades individuales son elementos relevantes para establecer la intensidad y continuidad de la atención necesaria (Becoña Iglesias, 2016; Bernabeu-Mestre et al., 2025; Bobes García et al., 2008).
Uno de los aspectos que debe valorarse es la gravedad y trayectoria de la adicción. No presenta las mismas necesidades una persona que ha desarrollado un problema de consumo relativamente reciente y con menor interferencia en su funcionamiento que otra con una trayectoria prolongada, múltiples recaídas o una importante afectación de diferentes áreas de su vida. También es relevante conocer cómo ha evolucionado durante el tratamiento: si ha conseguido mantener la abstinencia, si identifica las situaciones que incrementan su riesgo, si puede reconocer y manejar el craving y si ha desarrollado estrategias suficientemente consolidadas para responder ante las dificultades que anteriormente conducían al consumo (Becoña Iglesias, 2016; Becoña Iglesias et al., 2008; Bobes García et al., 2008).
Sin embargo, la evolución individual no es el único elemento que debe considerarse. También es necesario analizar qué tipo de entorno espera a la persona cuando regrese. Una Zona cero puede estar constituida por un único establecimiento o por determinados puntos concretos de una localidad, pero también puede abarcar buena parte de la vida cotidiana de la persona. La presencia de personas vinculadas al consumo, la facilidad de acceso a sustancias, determinadas rutinas, lugares de adquisición o consumo y la ausencia de apoyos suficientes pueden hacer que el retorno plantee dificultades diferentes en cada caso. Por ello, el mismo periodo de tratamiento puede conducir a decisiones distintas en personas con historias de consumo diferentes o incluso en personas que proceden del mismo entorno (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Markez Alonso, 2015).
También debe valorarse el grado de estabilidad alcanzado durante el tratamiento. No se trata únicamente de que la persona lleve un determinado tiempo sin consumir, sino de conocer qué capacidad ha desarrollado para mantener ese cambio y desenvolverse ante las situaciones que anteriormente estaban relacionadas con el consumo. Haber adquirido estrategias de afrontamiento, identificar señales de riesgo, pedir ayuda cuando es necesario y mantener unas rutinas compatibles con la recuperación son elementos que pueden facilitar una transición progresiva hacia una mayor autonomía (Becoña Iglesias et al., 2008; Froxán Parga, 2026).
Por tanto, la pregunta no debería ser simplemente «¿cuánto tiempo lleva fuera de la Zona cero?», sino «¿qué recursos tiene actualmente para volver a relacionarse con ese entorno de una manera diferente?». En algunos casos, la respuesta permitirá plantear un regreso relativamente directo después del tratamiento residencial. En otros, será necesario mantener durante un tiempo la distancia geográfica, utilizar un recurso intermedio o comenzar con acercamientos progresivos antes de plantear el retorno completo. La decisión debe individualizarse y revisarse a medida que avanza el proceso de recuperación (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Becoña Iglesias et al., 2008).

No todas las personas necesitan el mismo camino de regreso
Una vez finalizado el tratamiento residencial, el siguiente paso no tiene por qué ser el mismo para todas las personas. La transición hacia el entorno habitual puede adoptar diferentes formas en función de la evolución clínica, las características de la Zona cero, el grado de autonomía alcanzado y los apoyos disponibles. En algunos casos, la persona puede regresar directamente a su domicilio y continuar el seguimiento en régimen ambulatorio; en otros, puede necesitar una etapa intermedia que permita reducir progresivamente la distancia entre el entorno residencial y la vida cotidiana. La elección de uno u otro itinerario debe realizarse de forma individualizada, teniendo en cuenta las necesidades de tratamiento y las circunstancias sociales y ambientales de cada persona (Becoña Iglesias, 2016; Bernabeu-Mestre et al., 2025; Markez Alonso, 2015).
Cuando la evolución es favorable y las condiciones del entorno permiten mantener los cambios alcanzados, el regreso directo después del tratamiento residencial puede ser una opción adecuada. En estos casos, el objetivo es continuar en el contexto habitual el trabajo iniciado durante el ingreso, manteniendo el seguimiento terapéutico y las estrategias desarrolladas. La persona puede volver a su vivienda, recuperar progresivamente sus actividades y continuar trabajando sobre las situaciones de riesgo que puedan aparecer en su vida cotidiana. El hecho de regresar directamente no significa que el tratamiento haya terminado: la continuidad asistencial y el seguimiento posterior siguen siendo elementos relevantes del proceso de recuperación (Becoña Iglesias et al., 2008; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
En otros casos, sin embargo, el paso desde un entorno residencial estructurado hasta la Zona cero puede resultar demasiado brusco. Puede ser entonces útil recurrir a casas o pisos terapéuticos y otros recursos residenciales de apoyo, que permiten mantener durante un tiempo determinado una estructura de acompañamiento mientras la persona recupera progresivamente autonomía. Este tipo de transición puede facilitar el aprendizaje de habilidades aplicadas a situaciones cotidianas —organización de horarios, responsabilidades, relaciones sociales, ocio, formación o empleo— sin que la persona tenga que enfrentarse todavía a todas las condiciones de su entorno de origen. La duración de esta fase no tiene por qué ser igual para todas las personas y debe ajustarse a la evolución y a las necesidades individuales (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Markez Alonso, 2015).
También puede existir un segundo paso intermedio. Después de permanecer en un recurso residencial o en una casa o piso terapéutico, la persona puede pasar a vivir en una vivienda independiente, elegida y gestionada por ella misma, pero continuar todavía alejada geográficamente de su Zona cero. De esta manera, aumenta considerablemente su autonomía sin asumir todavía todas las condiciones ambientales de su entorno de origen. El seguimiento terapéutico puede mantenerse con el mismo centro en el que realizó el tratamiento residencial o, cuando existe una derivación desde otro recurso, con el centro ambulatorio de referencia que continúe acompañando el proceso. La transición entre diferentes niveles de atención requiere, en estos casos, coordinación y continuidad para que los objetivos alcanzados durante el tratamiento residencial puedan mantenerse en la siguiente etapa (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Becoña Iglesias et al., 2008).
En las situaciones de mayor complejidad, el regreso a la Zona cero puede no ser inicialmente el objetivo del proceso. Si el entorno de origen mantiene una relación especialmente intensa con la historia de consumo, existen múltiples factores de riesgo difíciles de modificar o los retornos anteriores se han asociado a dificultades importantes para mantener la recuperación, puede plantearse prolongar el alejamiento y construir progresivamente un nuevo proyecto vital en otro contexto. Esto no constituye una regla vinculada únicamente a la gravedad de la adicción, sino una posibilidad que debe valorarse individualmente a partir de la trayectoria de la persona, sus recursos y las características concretas de su entorno (Becoña Iglesias, 2016; Bobes García et al., 2008).
De este modo, no existe un único camino entre el tratamiento residencial y la vida cotidiana. El itinerario puede ser más corto o más prolongado y puede incluir diferentes recursos y grados de autonomía, pero siempre debería responder a una misma finalidad: que la persona pueda mantener los cambios alcanzados y desarrollar una vida estable sin reproducir las condiciones que mantenían su antigua conducta de consumo.
Del entorno protegido al entorno habitual: preparar la transición
El paso desde un tratamiento residencial hacia una vida más autónoma no debería entenderse como un cambio brusco de escenario, sino como una transición en la que la persona va poniendo en práctica, de manera progresiva, los recursos adquiridos durante el tratamiento. El entorno residencial puede ofrecer unas condiciones estructuradas que facilitan la estabilización, la adquisición de habilidades y la reorganización de diferentes áreas de la vida. Sin embargo, el objetivo del proceso de rehabilitación no es que la persona pueda funcionar únicamente dentro de ese contexto protegido, sino que pueda trasladar progresivamente esos aprendizajes a las situaciones cotidianas en las que tendrá que desenvolverse posteriormente (Becoña Iglesias et al., 2008; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
Durante esta transición se van recuperando diferentes elementos de la vida cotidiana: horarios, responsabilidades, actividades de ocio, relaciones sociales, formación, empleo y autocuidado. No se trata simplemente de llenar el tiempo que anteriormente ocupaba el consumo, sino de construir una estructura vital que proporcione alternativas estables y compatibles con la recuperación. La incorporación progresiva de estas actividades permite comprobar cómo responde la persona fuera del entorno residencial y qué dificultades aparecen cuando aumenta su autonomía (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Markez Alonso, 2015).
Esta recuperación de autonomía puede producirse sin que el siguiente paso tenga que ser todavía el regreso a la Zona cero. Una persona puede estar preparada para vivir de manera independiente, asumir responsabilidades y desenvolverse sin supervisión constante y, al mismo tiempo, necesitar mantener una distancia geográfica respecto del entorno en el que desarrolló su historia de consumo. Esta situación permite trabajar una fase intermedia en la que la persona aprende a manejar progresivamente las exigencias de una vida autónoma sin exponerse todavía a todos los estímulos y circunstancias que caracterizaban su entorno anterior.
El seguimiento terapéutico continúa siendo especialmente importante durante esta transición. El cambio de recurso o el aumento de autonomía no significa que desaparezca la necesidad de tratamiento, sino que las condiciones en las que se desarrolla la intervención van modificándose. El seguimiento permite revisar los objetivos alcanzados, detectar dificultades, valorar nuevas situaciones de riesgo y decidir cuándo resulta adecuado avanzar hacia el siguiente paso. Cuando participan diferentes recursos asistenciales, la coordinación entre ellos facilita que la información relevante y los objetivos terapéuticos puedan mantenerse a lo largo del proceso (Becoña Iglesias et al., 2008; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
Desde esta perspectiva, la autonomía no consiste únicamente en estar fuera del centro residencial, sino en disponer progresivamente de las habilidades y condiciones necesarias para organizar la propia vida y afrontar las situaciones que pueden aparecer sin recurrir al consumo. El regreso a la Zona cero constituye una de esas situaciones y, precisamente por su relevancia, puede ser necesario prepararlo mediante aproximaciones progresivas antes de plantear una vuelta completa al entorno habitual.

El regreso a la zona cero como proceso de aproximaciones sucesivas
El regreso a la Zona cero no tiene por qué plantearse como un cambio inmediato entre dos situaciones completamente diferentes: estar alejado del entorno de consumo y volver a vivir en él. En determinados casos, puede resultar más adecuado realizar acercamientos progresivos, de manera que la persona vuelva a entrar en contacto con su entorno habitual de forma gradual y dentro de unas condiciones previamente valoradas. Estos acercamientos permiten trabajar la transición entre el contexto protegido del tratamiento y las situaciones cotidianas, al tiempo que proporcionan información sobre la respuesta de la persona ante los estímulos y circunstancias que forman parte de su Zona cero (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026).
Un acercamiento puede comenzar con una visita breve a la localidad, una actividad concreta o unas horas en el entorno habitual y, si la evolución es adecuada, avanzar hacia estancias más prolongadas. En algunos casos puede plantearse pasar un día, un fin de semana o varios días en la Zona cero antes de establecer allí nuevamente la residencia habitual. La duración y las condiciones de cada acercamiento deben adaptarse a la situación de la persona y no responder a un calendario rígido. Lo importante es que cada paso permita aumentar progresivamente el contacto con el entorno sin superar las capacidades de afrontamiento que la persona ha desarrollado durante el tratamiento (Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
Estos acercamientos no sirven únicamente para comprobar si se produce o no un consumo. Cada uno de ellos proporciona información clínica sobre cómo responde la persona ante su entorno. Puede observarse si aparecen craving, pensamientos relacionados con el consumo, recuerdos, ansiedad, conductas preparatorias o deseos de contactar con personas vinculadas a su historia anterior. También permite valorar si es capaz de identificar esas respuestas, utilizar las estrategias aprendidas, alejarse de una situación de riesgo o pedir ayuda cuando lo necesita. Desde el análisis funcional, observar la relación entre las condiciones ambientales y las respuestas de la persona permite identificar qué elementos siguen teniendo relevancia dentro de la cadena conductual y cuáles pueden manejarse ya de manera diferente (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026).
Por esta razón, aproximarse a la Zona cero no significa exponerse indiscriminadamente a todo lo que forma parte de ella. Un acercamiento puede planificarse seleccionando previamente los lugares que se visitarán, las actividades que se realizarán, las personas con las que se establecerá contacto y aquellas situaciones que todavía conviene evitar. El objetivo no es poner a prueba a la persona enfrentándola de manera innecesaria a los estímulos de mayor riesgo, sino aumentar progresivamente su capacidad para desenvolverse en el entorno mientras se mantiene un nivel de protección adecuado.
Además, los acercamientos deben realizarse dentro de la planificación terapéutica y siguiendo las indicaciones de los profesionales que conocen la evolución del caso. En determinadas fases puede ser recomendable que la persona esté acompañada por familiares o personas de confianza que conozcan el proceso de recuperación y sepan cómo actuar ante una situación de riesgo. Después de cada acercamiento, el equipo puede revisar qué ocurrió, qué dificultades aparecieron y qué condiciones deberían modificarse antes de realizar el siguiente. De esta manera, el retorno deja de ser una decisión basada únicamente en el paso del tiempo y se convierte en un proceso progresivo de evaluación y aprendizaje (Becoña Iglesias et al., 2008; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
Preparar la Zona cero antes de volver
El regreso a la Zona cero no debería dejar espacio para la improvisación. Cuando, dentro del proceso terapéutico, se considera adecuado realizar acercamientos progresivos al entorno habitual, cada uno de ellos debe estar previamente planificado y ajustado a las características de la persona y de su situación. No se trata simplemente de acudir a la localidad y comprobar qué ocurre, sino de establecer de antemano qué se va a hacer, durante cuánto tiempo, por qué lugares se va a pasar, qué actividades se van a realizar y con quién se va a estar. Esta planificación permite reducir situaciones imprevistas y mantener unas condiciones de seguridad adecuadas durante las primeras aproximaciones al entorno que estuvo relacionado con la historia de consumo (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
Una cuestión especialmente importante es planificar las personas con las que se va a establecer contacto. Durante los primeros acercamientos, no debería dejarse abierta la posibilidad de decidir sobre la marcha a quién llamar, con quién quedar o qué planes realizar. Cuando existen personas estrechamente vinculadas a la etapa de consumo, un encuentro aparentemente espontáneo puede introducir estímulos y situaciones que no estaban contemplados en la planificación inicial. Por ello, cuando el acercamiento se realiza con acompañamiento, resulta preferible que las personas que estarán presentes estén previamente identificadas y sean personas cercanas y seguras, conocedoras del proceso de recuperación y capaces de respetar las condiciones establecidas para ese momento.
La misma lógica debe aplicarse a las actividades y recorridos. Antes de realizar el acercamiento puede establecerse dónde se va a acudir, qué lugares se evitarán, qué horarios se utilizarán y qué alternativas existen si aparece una situación que genera malestar o craving. También conviene prever cómo se realizará el desplazamiento y qué hacer si alguna circunstancia altera el plan inicial. El objetivo no es controlar absolutamente todo lo que pueda ocurrir, algo que no sería posible en la vida cotidiana, sino evitar que una primera aproximación al entorno se convierta en una sucesión de decisiones improvisadas que aumenten innecesariamente la exposición a estímulos asociados al consumo.
Esta planificación también permite delimitar qué situaciones todavía no resulta conveniente afrontar. Volver progresivamente a la Zona cero no significa que la persona tenga que visitar desde el primer momento los lugares donde consumía, encontrarse con antiguas compañías de consumo o recorrer las mismas rutas que utilizaba durante esa etapa. Si determinados estímulos siguen teniendo una función relevante dentro de la cadena conductual, pueden mantenerse inicialmente fuera del itinerario y abordarse, si procede, en fases posteriores y dentro de una planificación terapéutica específica (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026).
Por tanto, cada acercamiento debería tener un plan previo y un plan alternativo: qué se va a hacer, con quién, durante cuánto tiempo, qué situaciones se van a evitar y cómo se actuará si aparece una dificultad. La persona y quienes la acompañen deben conocer estas condiciones antes de iniciar el acercamiento. Después, la experiencia puede revisarse con el equipo terapéutico para valorar qué funcionó, qué situaciones generaron dificultades y qué modificaciones son necesarias antes del siguiente paso. De este modo, la aproximación a la Zona cero se convierte en una intervención gradual y estructurada, y no en una prueba improvisada de la capacidad de la persona para mantenerse abstinente.
Volver a la Zona cero no significa volver a la vida anterior
Regresar a la Zona cero no significa recuperar las mismas rutinas, relaciones y lugares que formaban parte de la vida antes del tratamiento. En muchos casos, volver implica precisamente renunciar a determinados patrones que estaban estrechamente vinculados al consumo. La persona puede regresar a su localidad, recuperar su vivienda y mantener determinadas relaciones familiares o sociales, pero tendrá que establecer una relación diferente con aquellos elementos del entorno que anteriormente formaban parte de su conducta adictiva (Becoña Iglesias, 2016; Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026).
Esto puede implicar dejar de quedar con las personas con las que se consumía, especialmente cuando continúan consumiendo o cuando la relación está fuertemente vinculada a esa etapa de la vida. También puede ser necesario evitar determinados establecimientos, calles, puntos de adquisición, lugares concretos de consumo o recorridos que formaban parte de la rutina anterior. No se trata de considerar peligrosos por sí mismos todos los lugares o todas las personas relacionados con el pasado, sino de reconocer que algunos de ellos pueden seguir funcionando como estímulos relevantes dentro de la historia individual de consumo y, por tanto, requerir una especial protección durante la recuperación (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
Esta reorganización puede alcanzar también al ámbito laboral. Cuando el consumo se ha producido de forma repetida en torno al trabajo, durante la jornada laboral, con compañeros concretos, en determinados desplazamientos o en actividades relacionadas con la profesión, el propio contexto laboral puede contener numerosas referencias asociadas a la etapa de consumo. En estas situaciones, puede ser necesario valorar un cambio de lugar de trabajo, de horarios, de funciones o incluso, cuando las circunstancias lo aconsejen, un cambio de actividad o de especialidad profesional. La finalidad no es considerar que una determinada profesión sea incompatible con la recuperación, sino analizar si las condiciones concretas en las que la persona desarrollaba su actividad laboral formaban parte de manera significativa de su patrón de consumo y si resulta posible modificarlas suficientemente (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026).
Por tanto, el regreso a la Zona cero requiere una modificación importante de los patrones cotidianos. No basta con regresar físicamente al mismo lugar manteniendo las mismas rutas, horarios, compañías, actividades y condiciones laborales. Si la persona vuelve a reproducir buena parte de las condiciones que rodeaban el consumo, estará manteniendo elementos relevantes de la cadena conductual anterior. La recuperación implica construir progresivamente otras formas de utilizar el tiempo, relacionarse, desplazarse, trabajar y participar en la vida de la comunidad (Becoña Iglesias, 2016; Colombo & González-Terrazas, 2022; Markez Alonso, 2015).
Especial atención merecen las personas y los lugares directamente vinculados al consumo o a la adquisición de sustancias. Las antiguas compañías de consumo, los puntos de compra y determinados espacios en los que se consumía pueden constituir elementos de riesgo especialmente relevantes durante el retorno. Por ello, la planificación del regreso debe identificar estos elementos de forma individualizada y establecer qué contactos y lugares deben evitarse, al menos durante determinadas fases de la recuperación. Del mismo modo, cuando existen referencias laborales muy asociadas al consumo, debe valorarse si es posible modificar ese contexto o si resulta más adecuado realizar un cambio. La finalidad no es mantener una evitación indiscriminada de todo aquello que recuerde el pasado, sino reducir la exposición innecesaria a estímulos que todavía puedan tener una función relevante en relación con la conducta de consumo.
Al mismo tiempo, no basta con eliminar referencias antiguas: es necesario generar referencias nuevas. La recuperación en la Zona cero requiere que el entorno cotidiano vaya adquiriendo nuevos significados y se asocie progresivamente a experiencias compatibles con una vida sin consumo. Esto puede implicar establecer nuevas relaciones sociales, recuperar o iniciar actividades saludables, desarrollar nuevos proyectos formativos o laborales, cambiar de entorno profesional cuando sea necesario, practicar deporte, participar en actividades comunitarias o crear nuevos espacios de ocio en los que la persona pueda desenvolverse desde su identidad actual y no desde el papel que ocupaba durante la etapa de consumo (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Markez Alonso, 2015).
En este proceso puede resultar especialmente relevante la generación de asociaciones positivas en torno a la recuperación. Cuando la persona comienza a vivir en ese mismo entorno nuevas experiencias vinculadas a relaciones saludables, actividades significativas, autonomía y mantenimiento de la abstinencia, determinados contextos pueden ir adquiriendo funciones diferentes. Desde una perspectiva de aprendizaje, puede hablarse de un proceso de contracondicionamiento, en la medida en que estímulos que anteriormente estuvieron asociados a determinadas respuestas y consecuencias relacionadas con el consumo pasan a entrar en contacto con nuevas experiencias incompatibles con aquel patrón. Sin embargo, este proceso no implica que las asociaciones anteriores desaparezcan automáticamente ni que cualquier experiencia positiva neutralice por sí sola el riesgo; requiere tiempo, repetición y una reorganización suficientemente amplia de las contingencias presentes en la vida cotidiana (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
Por tanto, la recuperación no consiste únicamente en volver a la Zona cero sin consumir, sino en aprender a vivir en ella de una manera diferente. Algunas personas, lugares, rutinas e incluso determinados contextos laborales tendrán que quedar atrás; otros elementos podrán mantenerse y adquirir nuevas funciones; y será necesario construir nuevas referencias que permitan que la vida cotidiana quede progresivamente asociada a la recuperación y no al consumo. El objetivo final no es demostrar que la persona puede regresar a todos los escenarios de su pasado, sino que pueda desarrollar una vida estable en la que el consumo deje de ocupar el lugar que anteriormente tenía.
¿Cuándo retrasar el regreso a la Zona cero o mantener el alejamiento?
Aunque el objetivo a largo plazo pueda ser que la persona desarrolle una vida autónoma y estable, no siempre es adecuado regresar a la Zona cero inmediatamente después del tratamiento residencial. En determinadas situaciones, mantener durante más tiempo la distancia respecto del entorno habitual puede ofrecer unas condiciones más favorables para consolidar la recuperación. La decisión debe realizarse de manera individualizada, teniendo en cuenta la evolución de la persona, los recursos adquiridos, la estabilidad alcanzada y las características concretas de su Zona cero (Becoña Iglesias, 2016; Bernabeu-Mestre et al., 2025; Bobes García et al., 2008).
Puede ser conveniente retrasar el regreso cuando todavía existe una elevada vulnerabilidad ante los estímulos relacionados con el consumo, cuando aparecen dificultades importantes para manejar el craving, cuando persisten conductas de búsqueda o preparación relacionadas con el consumo o cuando la persona todavía depende en gran medida de apoyos externos para mantener las estrategias aprendidas. También debe valorarse especialmente la existencia de personas con las que se consumía, lugares de adquisición fácilmente accesibles, espacios concretos asociados al consumo o unas condiciones familiares y sociales que dificulten la consolidación de los cambios alcanzados (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
Otro aspecto relevante es la posibilidad real de modificar el entorno. Hay situaciones en las que la persona puede evitar determinados lugares, cambiar sus rutinas y establecer nuevas relaciones con relativa facilidad. En otras, buena parte de su vida cotidiana continúa organizada alrededor de los mismos espacios, personas y circunstancias que estaban presentes durante la etapa de consumo. Cuando resulta especialmente difícil introducir cambios suficientes o cuando los retornos anteriores han estado asociados a una reaparición de la conducta, puede ser necesario mantener el alejamiento durante más tiempo y trabajar antes en la consolidación de recursos personales y ambientales (Becoña Iglesias, 2016; Markez Alonso, 2015).
Mantener la distancia durante un periodo más prolongado no debe interpretarse como un fracaso del tratamiento ni como una incapacidad para regresar. Puede constituir una decisión terapéutica orientada a proporcionar el tiempo y las condiciones necesarias para que la persona pueda desarrollar nuevas referencias, consolidar una estructura de vida diferente y aumentar su autonomía antes de afrontar nuevamente el entorno de origen. En algunos casos, este proceso puede ocupar una parte considerable del primer año de recuperación, pero no existe un periodo universal que deba aplicarse a todas las personas: la duración debe revisarse de acuerdo con la evolución individual y con la valoración del equipo especializado.
En las situaciones de mayor complejidad, también puede plantearse que el regreso a la Zona cero no sea el objetivo final. Cuando el entorno de origen concentra una parte muy importante de la historia de consumo y resulta especialmente difícil modificar las condiciones que la mantenían, la persona puede decidir, junto con su entorno de apoyo y el equipo terapéutico, construir su proyecto vital en otro lugar. En ese caso, el alejamiento geográfico no sería simplemente una estrategia temporal de evitación, sino una oportunidad para establecer nuevas relaciones, rutinas, actividades y referencias positivas en un contexto diferente (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Becoña Iglesias, 2016; Markez Alonso, 2015).
La cuestión fundamental, por tanto, no es cuánto tiempo debe permanecer una persona alejada de su Zona cero, sino qué condiciones necesita para mantener la recuperación. En algunos casos esas condiciones podrán alcanzarse mediante un retorno progresivo; en otros, será necesario prolongar la distancia o incluso construir una vida estable en otro entorno. La decisión debe revisarse periódicamente y mantenerse vinculada a la evolución de la persona, evitando tanto un regreso prematuro como una evitación indefinida que impida recuperar progresivamente la autonomía.

Volver a la Zona cero cuando se está preparado y bajo recomendación clínica
El regreso a la Zona cero no debería establecerse únicamente porque haya transcurrido un determinado periodo desde la finalización del tratamiento residencial. El tiempo de abstinencia es un dato relevante, pero no determina por sí mismo que la persona esté preparada para regresar a un entorno que ha formado parte de su historia de consumo. Antes de plantear el retorno debe realizarse una valoración clínica individualizada que permita analizar la evolución alcanzada, la estabilidad de la recuperación, las estrategias desarrolladas, la capacidad para identificar y manejar situaciones de riesgo, las características concretas de la Zona cero y los apoyos disponibles. A partir de esta valoración, el equipo profesional especializado en adicciones puede determinar si existen condiciones suficientemente favorables para comenzar un retorno y qué modalidad resulta más adecuada en cada caso (Becoña Iglesias, 2016; Bernabeu-Mestre et al., 2025; Bobes García et al., 2008).
La decisión de regresar debe estar, por tanto, respaldada por una recomendación clínica específica y no por una decisión basada únicamente en el deseo de volver, en las circunstancias familiares o laborales o en el tiempo que la persona lleva alejada de su entorno. Esto no significa que la persona no participe activamente en la decisión. Al contrario, sus objetivos, preferencias y circunstancias forman parte de la valoración. Sin embargo, el retorno debe integrarse dentro del plan terapéutico y realizarse cuando el equipo considere que la persona dispone de recursos suficientes para afrontar las condiciones previsibles de ese entorno y que existen medidas de protección adecuadas para las dificultades que puedan aparecer.
La evaluación previa debe ser exhaustiva y centrada tanto en la persona como en su entorno. No basta con comprobar si se ha mantenido la abstinencia durante el tratamiento. Es necesario valorar cómo ha evolucionado el craving, qué situaciones identifica como de mayor riesgo, qué estrategias utiliza cuando aparecen deseos de consumo, qué capacidad tiene para pedir ayuda, cómo organiza actualmente su tiempo y qué grado de autonomía ha alcanzado. También debe analizarse qué elementos continúan presentes en la Zona cero: personas con las que se consumía, lugares de adquisición, espacios concretos de consumo, determinadas rutas, horarios, actividades, relaciones sociales y, cuando corresponda, condiciones laborales que estuvieron asociadas al consumo. La decisión sobre el regreso debe surgir de la valoración conjunta de estos factores y no de un único indicador (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
Cuando la valoración indica que el regreso puede plantearse, la vuelta debe estar previamente planificada. Si se realizan acercamientos progresivos, cada uno debe establecer de antemano qué se va a hacer, dónde se va a acudir, durante cuánto tiempo, cómo se realizará el desplazamiento, con quién se estará y qué situaciones deberán evitarse. Especialmente durante las primeras aproximaciones, no debería dejarse margen para decidir espontáneamente con quién encontrarse, qué lugares visitar o qué planes realizar. Las personas que acompañen o formen parte del acercamiento deben estar previamente identificadas y ser personas seguras, cercanas y conocedoras del proceso de recuperación. De esta manera, se reduce la posibilidad de que una situación inicialmente controlada termine incorporando de forma inesperada personas, lugares o actividades estrechamente vinculados al consumo.
Esta planificación también debe contemplar qué hacer ante una dificultad. Antes de cada acercamiento puede establecerse cómo actuar si aparece un craving intenso, si se produce un encuentro inesperado con una persona vinculada al consumo, si aparece una invitación a consumir o si la persona percibe que la situación está superando sus recursos de afrontamiento. Tener previstas estas alternativas permite que la respuesta ante una situación de riesgo no dependa exclusivamente de la improvisación. Después de cada acercamiento, la experiencia debe revisarse con el equipo terapéutico para analizar qué ocurrió, qué respuestas aparecieron, qué estrategias funcionaron y qué elementos deberían modificarse antes de avanzar hacia una nueva fase del retorno (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026).
La recomendación clínica tampoco debería limitarse al momento del retorno. Una vez que la persona vuelve a la Zona cero, debe mantenerse un seguimiento profesional especializado en adicciones, especialmente durante las primeras fases de esta nueva etapa. El objetivo del seguimiento es comprobar cómo se está produciendo la adaptación al entorno, detectar precozmente dificultades, revisar las situaciones de riesgo que aparezcan y reforzar las estrategias que permitan mantener la recuperación. El hecho de haber regresado al entorno habitual no significa que haya finalizado la necesidad de tratamiento; por el contrario, puede comenzar una fase en la que los aprendizajes adquiridos durante el tratamiento tengan que aplicarse de manera continuada a las condiciones reales de la vida cotidiana (Becoña Iglesias, 2016; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
Este seguimiento permite además ajustar el grado de autonomía de manera progresiva. Si la persona se desenvuelve adecuadamente, puede avanzar hacia una mayor independencia y ampliar progresivamente sus actividades y responsabilidades. Si, por el contrario, aparecen dificultades relevantes, puede ser necesario reducir temporalmente determinadas exposiciones, reforzar los apoyos, modificar las condiciones del entorno o incluso reconsiderar el momento del retorno. El objetivo no es mantener indefinidamente a la persona bajo supervisión, sino proporcionar el apoyo necesario mientras consolida una forma autónoma de desenvolverse sin reproducir las condiciones asociadas al consumo.
Por tanto, no existe un periodo de tiempo universal que determine cuándo una persona debe volver a su Zona cero. La duración del alejamiento debe establecerse en función de la evolución individual y de la valoración clínica. En algunos casos, el retorno podrá producirse relativamente pronto después del tratamiento residencial; en otros, será necesario mantener durante más tiempo una distancia geográfica, realizar una transición mediante recursos intermedios o incluso valorar la construcción de un proyecto vital estable en otro entorno. La duración del proceso debe revisarse periódicamente y modificarse cuando cambien las condiciones de la persona o de su entorno.
En definitiva, volver a la Zona cero no debería plantearse como una prueba que la persona tiene que superar ni como un paso obligatorio después de un determinado periodo de abstinencia. Debe plantearse cuando exista una preparación suficiente, después de una evaluación clínica exhaustiva, bajo recomendación del equipo profesional especializado y con una planificación concreta del retorno. Una vez producido este, el seguimiento terapéutico debe continuar durante el tiempo que resulte necesario para consolidar la recuperación y prevenir que las antiguas condiciones ambientales vuelvan a organizar la conducta alrededor del consumo.
La finalidad última no es simplemente que la persona pueda regresar a su localidad sin consumir. El objetivo es que pueda desarrollar en ese entorno —o, cuando sea necesario, en otro diferente— una vida autónoma, estable y compatible con la recuperación, utilizando las nuevas estrategias adquiridas, estableciendo nuevas referencias y manteniendo los apoyos profesionales necesarios para sostener el cambio a largo plazo.
Fuentes y recursos de información
- Becoña Iglesias, E. (2002). Bases científicas de la prevención de las drogodependencias. Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas.
- Becoña Iglesias, E. (2016). Trastornos adictivos. Ediciones Pirámide.
- Becoña Iglesias, E., & Martín, E. (2004). Manual de intervención en drogodependencias. Editorial Síntesis.
- Becoña Iglesias, E., et al. (Coords.). (2008). Guía clínica de intervención psicológica en adicciones.
- Becoña Iglesias, E., & Ochoa, E. F. L. (1996). La ludopatía. Aguilar.
- Bernabeu-Mestre, J. (Coord.). (2025). Plan Nacional sobre Drogas (1985-2025): Análisis y evaluación de las políticas públicas españolas sobre adicciones. Ministerio de Sanidad, Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas.
- Bobes García, J., et al. (2008). Valoración de la gravedad de la adicción: Aplicación a la gestión clínica y monitorización de los tratamientos.
- Colombo, M., & González-Terrazas, R. (Coords.). (2022). Análisis de la conducta: Teoría y aplicaciones clínicas. Psara Ediciones.
- Echeburúa Odriozola, E. (2000). ¿Adicciones sin drogas? Las nuevas adicciones: Juego, sexo, comida, compras, trabajo, Internet (2.ª ed.). Desclée de Brouwer.
- Echeburúa Odriozola, E. (2001). Abuso del alcohol. Editorial Síntesis.
- Echeburúa Odriozola, E., Labrador Encinas, F. J., & Becoña Iglesias, E. (Coords.). (2009). Adicción a las nuevas tecnologías en adolescentes y jóvenes. Ediciones Pirámide.
- Froxán Parga, M. X. (Coord.). (2026). Análisis funcional de la conducta humana: Concepto, metodología y aplicaciones (2.ª ed.). Ediciones Pirámide.
- Luna Vargas, J. A. (2001). ¿Qué hacer con un hijo adicto? Editorial San Pablo.
- Markez Alonso, I. (Coord.). (2015). Adicciones: Conocimiento, atención integrada y acción preventiva. Asociación Española de Neuropsiquiatría.
- Martin, G., & Pear, J. J. (2024). Behavior modification: What it is and how to do it (12th ed.). Routledge.
- Souza y Machorro, M. (2007). Adicciones: Clínica y terapéutica. Editorial Alfil.
- Martínez González, J. M., & Verdejo García, A. (2014). Drogodependientes con trastorno de la personalidad: Guía de intervenciones psicológicas. Desclée de Brouwer.