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Los pensamientos son simplemente una sucesión de palabras e imágenes que aparecen y desaparecen en nuestra mente.

Son como las olas del mar, que nacen, crecen y terminan desvaneciéndose para dar lugar a nuevas olas.

El fluir de pensamientos es continuo, haciéndose más latente e intensificado en ciertos momentos de nuestro día a día y calmándose en otros.

Por ejemplo, cuando hay algún asunto que tenemos que resolver, cuando estamos en un lugar con mucha estimulación o cuando hemos tenido una discusión con alguien.

No solo cambia el flujo y la cantidad de pensamientos que llegan a nuestra mente. También cambia la forma en la cual nos relacionamos con ellos.

Por ejemplo, no damos la misma importancia al pensamiento “tengo que comprar el pan más tarde” que al pensamiento “¿me quiere mi pareja?”

Sin embargo, ambos son pensamientos, el primero es banal y es probable que no nos quedemos enganchados en él.

Al segundo se le da una mayor importancia, se le alimenta y se buscan razones para confirmarlo/desmentirlo.

Y ahí es cuando empieza la fiesta. Cuando se trata de clarificar un pensamiento como real o irreal. Para ello, se buscan razones, justificaciones y explicaciones.

En esa búsqueda de porqués se genera el denominado pensamiento rumiativo, que consiste en darle vueltas a un mismo pensamiento una y otra vez, sin llegar a ninguna explicación coherente.

El pensamiento rumiativo es lo contrario al pensamiento reflexivo, en el cual se le da salida y explicación a una determinada cuestión.

¿Qué tal si comenzamos a ver los pensamientos como simples pensamientos? Como una sucesión de pensamientos e imágenes que aparecen y desaparecen.

¿Qué tal si comenzamos a observar la película que crea nuestra mente sin reaccionar a ella?

Un ejercicio práctico muy apropiado para lograr ver los pensamientos como simples pensamientos es la meditación, en la cual nuestra atención se centra en un punto (la respiración, por ejemplo), mientras se deja pasar todo lo que llegue a la mente, sin quedarse apegado a ello.

La atención en la respiración lograr disminuir el flujo de pensamientos, preocupaciones y recuerdos que impiden vivir aquí y ahora y disfrutar plenamente cada momento.

Permite observar los pensamientos y las propias interpretaciones, sin reaccionar y responder automáticamente a ella, sino creando un distanciamiento y emitiendo así una respuesta más adecuada y equilibrada.

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