Introducción: por qué la neurociencia ha cambiado nuestra forma de entender las adicciones

El análisis funcional de la conducta permite identificar cómo las contingencias ambientales y el aprendizaje refuerzan los patrones de consumo y la pérdida de control.

Introducción: por qué la neurociencia ha cambiado nuestra forma de entender las adicciones
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Durante décadas, las adicciones se explicaron principalmente como un problema de falta de voluntad o de autocontrol. Sin embargo, los avances en neurociencia han transformado profundamente esta visión. En la actualidad se consideran trastornos complejos en los que interactúan factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales, y en los que el cerebro desempeña un papel central (Kuhar, 2016; Redolar Ripoll, 2008).

La investigación ha demostrado que el consumo repetido de sustancias y determinadas conductas potencialmente adictivas produce cambios en los circuitos cerebrales implicados en la recompensa, la motivación, el aprendizaje, la memoria, la regulación emocional y el control de la conducta. Estos cambios ayudan a comprender por qué muchas personas continúan consumiendo incluso cuando son plenamente conscientes de las consecuencias negativas que la adicción tiene para su salud, sus relaciones o su proyecto de vida (Koob & Volkow, 2016).

No obstante, estos cambios no pueden entenderse al margen de la historia de aprendizaje de cada persona. Desde el análisis funcional de la conducta, el consumo se explica por la interacción entre la persona y su contexto: las situaciones que preceden a la conducta, la función que cumple el consumo y las consecuencias que contribuyen a mantenerlo. La adicción surge, por tanto, de la interacción entre los cambios neurobiológicos, el aprendizaje y las contingencias ambientales que favorecen la repetición del consumo (Martin & Pear, 2019).

Comprender estos mecanismos tiene una importante repercusión clínica. Permite abandonar explicaciones basadas en la culpa o el juicio moral y entender la adicción como un problema de salud que requiere una evaluación y un tratamiento especializados. Además, la neurociencia aporta un mensaje esperanzador: el cerebro conserva una notable capacidad de adaptación. Gracias a la neuroplasticidad, una abstinencia mantenida y una intervención basada en la evidencia pueden favorecer la recuperación progresiva de muchas de las funciones alteradas (Redolar Ripoll, 2008).

En este artículo revisaremos los principales mecanismos neurobiológicos implicados en las adicciones y analizaremos cómo este conocimiento, integrado con los principios del aprendizaje y el análisis funcional de la conducta, ha transformado tanto nuestra comprensión de la enfermedad como la forma de abordarla desde la práctica clínica.

La adicción: un trastorno complejo en la que interaccionan el partes del cerebro, la conducta y el contexto

Uno de los rasgos que mejor define una adicción es la pérdida progresiva de control sobre el consumo. Muchas personas continúan consumiendo sustancias o realizando determinadas conductas a pesar de ser conscientes de las consecuencias negativas que tienen para su salud, sus relaciones personales o su vida laboral. Este fenómeno no puede explicarse únicamente por una falta de voluntad, sino por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales que contribuyen al desarrollo y mantenimiento del trastorno (Kuhar, 2016; Koob & Volkow, 2016).

La investigación en neurociencia ha demostrado que la exposición repetida a sustancias psicoactivas o la repetición de determinadas conductas potencialmente adictivas produce cambios en los circuitos cerebrales implicados en la recompensa, la motivación, el aprendizaje, la memoria, la regulación emocional y el control ejecutivo (Redolar Ripoll, 2008; Pedrero Pérez et al., 2011). Como consecuencia, el cerebro comienza a otorgar un valor desproporcionado al consumo, aumenta el deseo intenso o craving y disminuye progresivamente la capacidad para inhibir la conducta, incluso cuando la persona reconoce sus consecuencias perjudiciales (Koob & Volkow, 2016).

No obstante, estos cambios cerebrales no actúan de forma aislada. Desde el análisis funcional de la conducta, el consumo se entiende como un comportamiento que se mantiene por la interacción entre la persona y su contexto. Analizar los antecedentes que favorecen el consumo, la función que cumple en cada situación y las consecuencias que contribuyen a mantenerlo permite comprender por qué la conducta persiste y orientar el tratamiento hacia la modificación de estas relaciones funcionales (Martin & Pear, 2019).

Esto no significa que quien padece una adicción pierda completamente su capacidad de decidir o quede exento de responsabilidad sobre su recuperación. Significa que sus decisiones se producen en un cerebro cuyo funcionamiento ha sido alterado y dentro de un contexto en el que el consumo ha sido repetidamente reforzado. Precisamente por ello, el tratamiento no se limita a pedir a la persona que "ponga más voluntad", sino que busca modificar los factores neurobiológicos, psicológicos y ambientales que mantienen la conducta adictiva y favorecer el aprendizaje de respuestas alternativas más adaptativas (Martin & Pear, 2019).

Entender las adicciones desde este modelo ayuda a reducir el estigma y permite sustituir las explicaciones basadas en la culpa por una comprensión apoyada en la evidencia científica. Además, la neuroplasticidad ofrece un mensaje esperanzador: con una abstinencia mantenida y un tratamiento adecuado, el cerebro puede reorganizar progresivamente parte de las funciones alteradas, mientras que el aprendizaje de nuevos repertorios conductuales y la modificación de las contingencias que mantenían el consumo favorecen una recuperación estable (Redolar Ripoll, 2008; Martin & Pear, 2019).

El sistema de recompensa: cuando el cerebro aprende qué merece la pena repetir

El cerebro dispone de mecanismos especializados para aprender qué conductas son beneficiosas y favorecer que se repitan. Este conjunto de estructuras, conocido como sistema de recompensa, desempeña una función esencial para la supervivencia, ya que refuerza comportamientos como alimentarse, beber, establecer vínculos sociales o reproducirse. Gracias a este sistema, las experiencias relevantes adquieren valor motivacional y se convierten en aprendizajes que orientan nuestra conducta futura (Volkow, Michaelides, & Baler, 2019).

Durante mucho tiempo se pensó que este circuito era simplemente el "centro del placer". Sin embargo, la investigación actual muestra que su función es mucho más amplia. El sistema de recompensa participa en la motivación, el aprendizaje, la memoria, la formación de hábitos y la toma de decisiones. Desde la perspectiva del análisis funcional de la conducta, este aprendizaje depende de las consecuencias que siguen a una conducta: aquellas que producen efectos reforzantes aumentan su probabilidad de repetirse en contextos similares (Martin & Pear, 2019). Más que producir placer, el sistema de recompensa ayuda al cerebro a identificar qué experiencias son relevantes y merece la pena repetir (Kalivas & Volkow, 2005; Volkow, Wise, & Baler, 2017).

Desde el punto de vista neurobiológico, el principal circuito implicado es la vía dopaminérgica mesocorticolímbica, que conecta el área tegmental ventral con estructuras como el núcleo accumbens, la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal. Estas regiones trabajan de forma coordinada para asignar valor a las recompensas, almacenar los recuerdos asociados a ellas, dotarlas de significado emocional y regular la conducta dirigida a conseguirlas.

En condiciones normales, este sistema responde de manera proporcionada a las recompensas naturales. La liberación de dopamina actúa como una señal de aprendizaje que aumenta la probabilidad de repetir una conducta útil cuando vuelva a ser necesaria. Desde una perspectiva funcional, este proceso implica que las consecuencias del comportamiento modifican la probabilidad de que vuelva a producirse en presencia de estímulos similares. Las sustancias adictivas, sin embargo, alteran este equilibrio al provocar una activación mucho más intensa y repetida del circuito de recompensa. Como consecuencia, el cerebro comienza a otorgar al consumo un valor desproporcionado frente a otras fuentes naturales de satisfacción (Martin & Pear, 2019; Volkow et al., 2019).

Robinson y Berridge (2003) describieron este fenómeno mediante el concepto de saliencia incentivadora (incentive salience). Según este modelo, los estímulos relacionados con la droga adquieren una capacidad extraordinaria para captar la atención y desencadenar un intenso deseo de consumo, incluso cuando los efectos placenteros de la sustancia han disminuido. Con el tiempo, las contingencias asociadas al consumo fortalecen estos aprendizajes y favorecen que la conducta se vuelva cada vez más automática y resistente al cambio, marcando la transición desde un consumo inicialmente voluntario hacia un patrón más compulsivo, característico de las adicciones (Koob & Volkow, 2016; Martin & Pear, 2019).

La comunicación entre las neuronas: mucho más que la dopamina

Cuando se habla del cerebro y las adicciones, la dopamina suele ocupar todo el protagonismo. Con frecuencia se la denomina la «molécula del placer», pero esta expresión resulta imprecisa. Su función principal no es producir placer, sino ayudar al cerebro a identificar qué experiencias son importantes, favorecer el aprendizaje y aumentar la motivación para repetir determinadas conductas (Berridge & Robinson, 1998; Schultz, 2016).

En condiciones normales, la dopamina participa en el aprendizaje de conductas adaptativas, como alimentarse o alcanzar objetivos relevantes. Sin embargo, las sustancias adictivas alteran este mecanismo al provocar una liberación de dopamina mucho más intensa o prolongada que la generada por las recompensas naturales. Como resultado, el cerebro aprende a otorgar al consumo una prioridad desproporcionada frente a otras fuentes de bienestar (Koob & Volkow, 2010; Volkow et al., 2023).

No obstante, reducir la adicción a la dopamina sería un error. El funcionamiento del cerebro depende de la interacción entre numerosos neurotransmisores. El glutamato participa en los aprendizajes asociados al consumo y al craving; el GABA contribuye a regular la actividad neuronal; la serotonina influye en el estado de ánimo y el control de los impulsos; y sistemas relacionados con la respuesta al estrés, como el factor liberador de corticotropina (CRF) y la dinorfina, adquieren un papel especialmente relevante durante la abstinencia (Koob & Le Moal, 2008; Koob & Volkow, 2016).

Estas adaptaciones ayudan a explicar por qué, con el tiempo, el consumo deja de buscar principalmente placer y pasa a orientarse cada vez más a aliviar el malestar físico o emocional asociado a la abstinencia, un proceso conocido como transición del refuerzo positivo al refuerzo negativo (Koob & Volkow, 2016).

Comprender que la adicción implica una alteración coordinada de múltiples sistemas neuroquímicos permite superar explicaciones simplistas y entender por qué se trata de un trastorno complejo que requiere una evaluación y un tratamiento integral.

Neuroplasticidad: cómo el cerebro aprende… y también puede recuperarse

La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para modificar su estructura y funcionamiento en respuesta a la experiencia. Gracias a ella aprendemos nuevas habilidades, consolidamos recuerdos y nos adaptamos continuamente al entorno (Kandel et al., 2021; Ovando Parada, 2023).

Esta capacidad no distingue entre aprendizajes beneficiosos y perjudiciales. Cuando el consumo de una sustancia o una conducta potencialmente adictiva se repite, las conexiones neuronales implicadas se fortalecen y el cerebro aprende a responder de forma cada vez más automática. Desde el análisis funcional de la conducta, este proceso refleja cómo las consecuencias reforzantes del consumo aumentan la probabilidad de que la conducta vuelva a producirse en contextos similares, consolidando patrones cada vez más estables (Martin & Pear, 2019). Así, la búsqueda y el consumo se convierten progresivamente en hábitos difíciles de modificar (Kalivas & Volkow, 2005; Koob & Volkow, 2016).

Este aprendizaje explica por qué determinados lugares, personas o emociones pueden desencadenar un intenso craving incluso tras largos periodos de abstinencia. También ayuda a comprender la tolerancia, por la que el cerebro necesita cantidades cada vez mayores de una sustancia para producir efectos similares (Everitt & Robbins, 2016; Koob & Le Moal, 2008).

La buena noticia es que la misma neuroplasticidad que participa en el desarrollo de la adicción también hace posible la recuperación. Con una abstinencia mantenida y un tratamiento especializado, el cerebro puede reorganizar progresivamente parte de las funciones alteradas. Al mismo tiempo, la psicoterapia favorece nuevos aprendizajes al modificar las relaciones funcionales entre la persona y su entorno, desarrollando formas más adaptativas de responder a las situaciones que antes desencadenaban el consumo (Martin & Pear, 2019). La recuperación no consiste solo en dejar de consumir, sino en crear nuevos hábitos, fortalecer estrategias de afrontamiento y reconstruir un proyecto de vida alejado de la adicción. Aunque este proceso requiere tiempo, la evidencia muestra que muchas funciones cognitivas y emocionales mejoran progresivamente durante la recuperación (Volkow et al., 2023).

Memoria, aprendizaje y craving: por qué el deseo de consumir puede reaparecer

Uno de los aspectos más característicos de las adicciones es que el deseo intenso de consumir (craving) puede reaparecer incluso tras largos periodos de abstinencia. Lugares, personas, emociones o situaciones previamente asociadas al consumo pueden desencadenar este impulso y aumentar el riesgo de recaída, reflejando el papel de la memoria y el aprendizaje en la adicción (Koob & Volkow, 2016).

Cada episodio de consumo fortalece las asociaciones entre la sustancia y el contexto en el que se produce. El hipocampo participa en el recuerdo de esos contextos y la amígdala les confiere un significado emocional, de modo que determinados estímulos pueden reactivar automáticamente el deseo de consumir incluso mucho tiempo después de abandonar la sustancia (Everitt & Robbins, 2016; Ovando Parada, 2023).

Desde la psicología del aprendizaje y el análisis funcional de la conducta, el craving puede entenderse como una respuesta influida por la interacción entre la persona y su contexto. Los estímulos que en el pasado precedieron al consumo adquieren capacidad para evocarlo, mientras que las consecuencias reforzantes de la conducta aumentan la probabilidad de que vuelva a repetirse en situaciones similares. Analizar estas relaciones funcionales permite identificar los desencadenantes específicos del consumo y diseñar estrategias para modificar su influencia (Martin & Pear, 2019; Kalivas & Volkow, 2005).

Experimentar craving no significa necesariamente querer consumir ni indica que el tratamiento haya fracasado. Se trata de una respuesta esperable que suele disminuir con el tiempo, especialmente cuando la persona aprende a reconocer los antecedentes que la desencadenan, modifica su relación con ellos y desarrolla formas alternativas de afrontar el malestar sin recurrir al consumo.

Aunque estos recuerdos no pueden eliminarse por completo, sí pueden perder fuerza mediante nuevos aprendizajes. La abstinencia mantenida, la psicoterapia y el desarrollo de hábitos saludables favorecen la creación de nuevas asociaciones y repertorios conductuales más adaptativos, reduciendo progresivamente la influencia de los antiguos patrones de consumo (Kandel et al., 2021; Martin & Pear, 2019; Ovando Parada, 2023).

La corteza prefrontal y la pérdida de control

Si el sistema de recompensa impulsa la búsqueda de aquello que el cerebro considera valioso, la corteza prefrontal actúa como uno de los principales sistemas de regulación de la conducta. Esta región participa en funciones como la planificación, la toma de decisiones, la regulación emocional y la inhibición de impulsos, permitiéndonos valorar las consecuencias de nuestras acciones y actuar de acuerdo con objetivos a largo plazo (Miller & Cohen, 2001; Ovando Parada, 2023).

Desde una perspectiva funcional, estas capacidades resultan esenciales para responder de forma flexible a las demandas del entorno. Nos permiten analizar qué factores están influyendo en nuestra conducta, inhibir respuestas automáticas cuando dejan de ser útiles y elegir alternativas más adaptativas, incluso cuando implican renunciar a una recompensa inmediata.

El consumo repetido de sustancias altera progresivamente este sistema. Los estudios de neuroimagen muestran cambios en distintas áreas de la corteza prefrontal que dificultan el control inhibitorio, la valoración de las consecuencias futuras y la toma de decisiones adaptativas (Goldstein & Volkow, 2011; Koob & Volkow, 2016). Como consecuencia, los estímulos asociados al consumo, como determinados lugares, personas, emociones o situaciones, adquieren una mayor capacidad para evocar la conducta de consumo, mientras disminuye la capacidad para responder de acuerdo con objetivos a largo plazo, como mantener la abstinencia (Volkow et al., 2016).

Durante las primeras fases de la recuperación también pueden verse comprometidas funciones como la planificación, la flexibilidad cognitiva o la regulación emocional, lo que aumenta la vulnerabilidad ante situaciones de riesgo y hace especialmente importante el apoyo terapéutico (Volkow et al., 2019). Estas alteraciones no eliminan la capacidad de decisión ni eximen de responsabilidad, pero ayudan a comprender por qué mantener el autocontrol requiere un esfuerzo considerablemente mayor.

La buena noticia es que la corteza prefrontal también puede recuperarse parcialmente gracias a la neuroplasticidad. La abstinencia mantenida y un tratamiento especializado favorecen la mejoría progresiva de las funciones ejecutivas. Desde una perspectiva de análisis funcional de la conducta, la recuperación no consiste únicamente en inhibir el consumo, sino en identificar las variables del contexto que lo desencadenan y mantienen, comprender la función que cumple esa conducta y desarrollar respuestas alternativas más adaptativas. La psicoterapia facilita este proceso favoreciendo nuevos aprendizajes, de modo que la persona pueda afrontar las emociones, el estrés y otras situaciones de riesgo sin recurrir al consumo (Martin & Pear, 2019; Goldstein & Volkow, 2011; Volkow et al., 2023).

¿Por qué se producen las recaídas? Una explicación desde la neurociencia y el análisis funcional

Uno de los mayores retos en el tratamiento de las adicciones es comprender por qué una persona puede volver a consumir tras meses o incluso años de abstinencia. La recaída no suele deberse únicamente a una falta de voluntad, sino a la interacción de factores neurobiológicos, psicológicos y ambientales que mantienen cierta vulnerabilidad incluso después de abandonar el consumo (Koob & Volkow, 2016; Ovando Parada, 2023).

Aunque el cerebro inicia un proceso de recuperación, algunos circuitos relacionados con la recompensa, la memoria y el aprendizaje permanecen especialmente sensibles. Por ello, determinados estímulos del contexto —lugares, personas, emociones o situaciones previamente asociados al consumo— pueden reactivar el craving y aumentar el riesgo de recaída (Everitt & Robbins, 2016).

Desde el análisis funcional de la conducta, la recaída no suele entenderse como un acontecimiento aislado, sino como el resultado de una secuencia de interacciones entre la persona y su contexto. Analizar qué antecedentes favorecen el consumo, qué función cumple la conducta y qué consecuencias la mantienen permite identificar precozmente los factores de riesgo y diseñar estrategias para modificarlos (Martin & Pear, 2019).

En este proceso adquieren especial importancia las decisiones aparentemente irrelevantes de riesgo (DDR) descritas por Marlatt y Gordon. Se trata de pequeñas decisiones que, consideradas de forma aislada, pueden parecer poco importantes —como retomar el contacto con antiguas compañías de consumo, volver a determinados ambientes, descuidar las rutinas o abandonar el tratamiento—, pero que aumentan progresivamente la exposición a situaciones de riesgo y reducen las oportunidades de intervenir antes de que aparezca el consumo (Marlatt & Donovan, 2005).

Además, el estrés constituye uno de los principales desencadenantes de recaída. Durante la abstinencia persisten alteraciones en los sistemas que regulan la respuesta al estrés, favoreciendo la ansiedad, la irritabilidad y otros estados emocionales que pueden incrementar la vulnerabilidad al consumo (Koob & Le Moal, 2008; Koob & Volkow, 2016). A ello se suma que funciones como el control inhibitorio, la regulación emocional y la toma de decisiones necesitan más tiempo para recuperarse que los síntomas físicos de abstinencia (Goldstein & Volkow, 2011).

Por este motivo, la prevención de recaídas no consiste únicamente en resistir el deseo de consumir. Implica aprender a identificar las variables que aumentan el riesgo, reconocer las DDR, modificar las contingencias que mantienen la conducta y desarrollar respuestas alternativas más adaptativas antes de que el consumo vuelva a producirse (Martin & Pear, 2019; Marlatt & Donovan, 2005).

Comprender estos mecanismos no significa asumir que la recaída sea inevitable. Al contrario, permite entender por qué la abstinencia mantenida, el tratamiento especializado y el aprendizaje de nuevas formas de relacionarse con el contexto constituyen los principales factores de protección para consolidar una recuperación estable.

¿Puede recuperarse el cerebro? La neuroplasticidad como base de la recuperación

Durante muchos años se creyó que los cambios cerebrales producidos por una adicción eran irreversibles. Hoy sabemos que el cerebro conserva una notable capacidad para reorganizarse gracias a la neuroplasticidad, uno de los principales fundamentos biológicos de la recuperación (Kandel et al., 2021; Ovando Parada, 2023).

Con una abstinencia mantenida y un tratamiento especializado, muchas funciones alteradas mejoran de forma progresiva. Los estudios de neuroimagen muestran cambios favorables en regiones implicadas en la toma de decisiones, la regulación emocional y el control de los impulsos, aunque la velocidad y el grado de recuperación dependen de factores como la sustancia consumida, el tiempo de evolución o la presencia de otros trastornos (Goldstein & Volkow, 2011; Volkow et al., 2023).

Sin embargo, recuperarse no significa que desaparezca toda la vulnerabilidad. Algunos aprendizajes asociados al consumo, especialmente los relacionados con la memoria emocional y el craving, pueden persistir durante años. Por ello, la recuperación no consiste en volver al estado previo a la adicción, sino en desarrollar nuevos hábitos, fortalecer estrategias de afrontamiento y construir una vida que reduzca el riesgo de recaída (Koob & Volkow, 2016).

En este proceso, la psicoterapia, la regulación emocional, el entrenamiento en habilidades de afrontamiento, la intervención familiar cuando está indicada y la adopción de hábitos saludables favorecen nuevos aprendizajes compatibles con una vida libre de adicciones (Ovando Parada, 2023).

En definitiva, la neuroplasticidad aporta un mensaje basado en la evidencia: aunque la adicción produce cambios importantes en el cerebro, este mantiene una notable capacidad de recuperación. Con tiempo, abstinencia y tratamiento profesional, muchas de las funciones alteradas pueden mejorar progresivamente y favorecer una recuperación estable y duradera.

¿Qué aporta la neurociencia al tratamiento de las adicciones?

Los avances en neurociencia han cambiado la forma de comprender y tratar las adicciones. Hoy sabemos que superar una adicción implica mucho más que dejar de consumir: requiere una intervención integral que favorezca la recuperación del funcionamiento cerebral, psicológico y social de la persona (Koob & Volkow, 2016; Volkow et al., 2016).

La evidencia muestra que la abstinencia mantenida es esencial para que el cerebro pueda iniciar los procesos de recuperación asociados a la neuroplasticidad. Sin ella, las alteraciones neurobiológicas que mantienen la adicción continúan activas y dificultan la recuperación del autocontrol, la regulación emocional y la toma de decisiones (Volkow et al., 2023).

La investigación también ha demostrado que las adicciones requieren un tratamiento individualizado y multidisciplinar. Además del consumo, es necesario evaluar posibles trastornos mentales, enfermedades médicas, dificultades familiares y otros factores que puedan influir en la evolución de cada caso (National Institute on Drug Abuse [NIDA], 2020).

La psicoterapia constituye uno de los pilares del tratamiento. Las intervenciones basadas en la evidencia ayudan a identificar los factores que mantienen la adicción, desarrollar estrategias de afrontamiento, fortalecer la motivación para el cambio y prevenir recaídas. En determinados casos, este abordaje puede complementarse con tratamiento farmacológico prescrito por profesionales sanitarios, siempre dentro de un plan terapéutico integral (McLellan et al., 2000; NIDA, 2020).

La recuperación también implica reconstruir hábitos, relaciones y proyectos vitales compatibles con una vida libre de adicciones. Estos nuevos aprendizajes favorecen la reorganización de los circuitos cerebrales y contribuyen a consolidar los cambios alcanzados durante el tratamiento (Kandel et al., 2021).

En definitiva, la neurociencia ha sustituido la idea de que la recuperación depende únicamente de la fuerza de voluntad por un modelo basado en la evidencia científica. Comprender cómo cambia el cerebro durante la adicción permite diseñar tratamientos más eficaces y ofrece un mensaje esperanzador: con una intervención especializada, abstinencia mantenida y tiempo, la recuperación es posible.

Conclusiones

Los avances de la neurociencia han transformado nuestra comprensión de las adicciones. Hoy sabemos que no se trata de una simple falta de voluntad, sino de un trastorno complejo en el que interactúan factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales. El consumo repetido modifica los circuitos cerebrales implicados en la recompensa, la memoria, el aprendizaje, la regulación emocional y el control de los impulsos, favoreciendo la pérdida progresiva de control sobre el consumo (Koob & Volkow, 2016; Volkow et al., 2016).

A lo largo de este artículo hemos visto cómo procesos como el funcionamiento del sistema de recompensa, la dopamina, la neuroplasticidad, el craving o las alteraciones de la corteza prefrontal ayudan a explicar el desarrollo y el mantenimiento de la adicción. Estos mecanismos no actúan de forma aislada, sino que interactúan entre sí y con la historia de aprendizaje y el entorno de cada persona (Ovando Parada, 2023).

Al mismo tiempo, la evidencia científica ofrece un mensaje esperanzador: el cerebro conserva una notable capacidad de adaptación. Con una abstinencia mantenida y un tratamiento basado en la evidencia, muchas de las funciones alteradas pueden recuperarse progresivamente gracias a la neuroplasticidad (Kandel et al., 2021; Volkow et al., 2023).

No obstante, la recuperación va más allá de los cambios cerebrales. Requiere una intervención integral que ayude a desarrollar nuevas estrategias de afrontamiento, prevenir recaídas, fortalecer las relaciones personales y construir un proyecto de vida en el que la adicción deje de ocupar un lugar central.

En definitiva, comprender qué ocurre en el cerebro durante una adicción no solo permite desmontar mitos y reducir el estigma, sino también entender por qué la recuperación es posible. Este conocimiento refuerza la importancia de solicitar ayuda profesional cuanto antes e iniciar un tratamiento especializado que favorezca una recuperación estable y duradera.

Fuentes y recursos de información

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Cómo citar este Artículo

Arrimada Fernández, M. (2026, septiembre 9). Introducción: por qué la neurociencia ha cambiado nuestra forma de entender las adicciones. Actualidad en Psicología. https://www.actualidadenpsicologia.com/neurociencia-entender-adicciones/

Graduado en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca y con un Máster en Psicología General Sanitaria por la Universidad Alfonso X el Sabio. Asimismo, cuenta con un Máster en Psicoterapia impartido por la Asociación Española para el Fomento y Desarrollo de la Psicoterapia (AEFDP) y el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. También dispone de formación especializada en distintas áreas de la salud mental, destacando el Máster en Actualización en Intervención Psicológica y Salud Mental de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA), así como varios cursos de especialización: Experto Universitario en Trastornos de la Conducta Alimentaria por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, Especialista en el Tratamiento de las Adicciones por la Asociación Española de Psicología Sanitaria (AEPSIS), Experto en Mindfulness para profesionales de la salud (UDIMA), Experto en CIE-11 y DSM-5 (UDIMA), Experto Avanzado en el Tratamiento de los Trastornos de la Personalidad (AEFDP) y Experto en Terapias Contextuales de Tercera Generación (AEFDP). Desarrolla su labor como psicólogo sanitario y cuenta con experiencia en distintos contextos clínicos, abordando problemáticas como adicciones, patología dual, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos de la personalidad, ansiedad y depresión, tanto en formato individual como grupal. Ejerce su práctica profesional en centros presenciales, así como en modalidad online a través de BetterHelp

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