1. El papel del entorno en la historia de consumo
Cuando pensamos en una adicción solemos centrarnos en la sustancia, el deseo de consumir o las dificultades para mantener la abstinencia. Sin embargo, la conducta de consumo también ocurre en un determinado contexto. A lo largo del tiempo, determinados lugares, personas, recorridos, horarios o situaciones pueden quedar estrechamente vinculados a la historia de consumo de una persona y adquirir relevancia dentro de ella. Desde el análisis de la conducta, el contexto forma parte de las condiciones en las que una conducta se aprende y mantiene, y determinados estímulos ambientales pueden llegar a influir en la probabilidad de que aparezcan respuestas relacionadas con el consumo (Becoña Iglesias, 2016; Martin & Pear, 2024).
En este sentido, podemos hablar de Zona cero para referirnos al entorno que, dentro de la historia particular de una persona, ha quedado especialmente asociado a su conducta de consumo. No significa necesariamente que se trate de un barrio donde exista una elevada prevalencia de consumo ni de un lugar objetivamente peligroso para otras personas. Una misma calle, un bar o un recorrido cotidiano pueden carecer de una relevancia especial para la mayoría y, sin embargo, formar parte de una cadena de situaciones muy significativa para alguien que ha consumido allí durante años. Por eso, la Zona cero es fundamentalmente individual y funcional: se define por la relación que la persona ha establecido con su entorno y por el papel que este ha desempeñado en su historia de consumo (Froxán Parga, 2026; Monar Bermúdez et al., 2024).
Comprender esta dimensión no implica asumir que un lugar provoque automáticamente una recaída. El entorno puede adquirir determinadas funciones a través del aprendizaje y, bajo ciertas condiciones, aumentar la probabilidad de respuestas relacionadas con el consumo, pero siempre dentro de una interacción más amplia entre la persona, su historia y las circunstancias presentes. Identificar esa relación permite comprender mejor dónde, con quién, cuándo y en qué situaciones se ha construido la conducta de consumo, y aporta una información clínica que puede ser relevante para adaptar el tratamiento a cada persona. La pregunta, por tanto, no es únicamente «¿dónde se consume?», sino «¿qué lugares forman parte de la historia de consumo de esta persona y qué función han adquirido dentro de ella?».
2. ¿Qué entendemos por Zona cero?
En el contexto de las adicciones, la Zona cero puede entenderse como el conjunto de espacios y circunstancias del entorno que han adquirido una relación particular con el consumo a lo largo de la historia de una persona. Puede tratarse del lugar donde consumía habitualmente, pero también de aquellos espacios donde adquiría la sustancia, se encontraba con determinadas personas, iniciaba sus salidas de consumo o seguía recorridos que se repetían una y otra vez. Lo importante, por tanto, no es únicamente el espacio físico, sino la historia de aprendizaje que se ha construido alrededor de ese espacio. Desde el análisis de la conducta, los estímulos ambientales pueden adquirir determinadas funciones en función de la historia de aprendizaje y de su relación con la conducta de una persona (Becoña Iglesias, 2016; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
2.1. Definición desde la práctica clínica en adicciones
En la práctica clínica, identificar la Zona cero supone reconstruir qué papel ha desempeñado el entorno dentro de la conducta de consumo. Dos personas con el mismo diagnóstico pueden presentar Zonas cero muy diferentes porque sus historias de aprendizaje, sus rutinas y las circunstancias en las que consumían también lo son. Para una persona puede concentrarse en determinados locales y calles; para otra, en la vivienda de una pareja o un grupo de amigos; para otra, en el trayecto que realizaba habitualmente después del trabajo. La Zona cero permite así incorporar al análisis algo que a veces queda fuera cuando se estudia el consumo únicamente desde la sustancia o desde sus consecuencias: el contexto en el que la conducta se ha desarrollado y mantenido (Monar Bermúdez et al., 2024).
2.2. La Zona cero es individual: cada persona puede tener la suya
La Zona cero de una persona puede ser muy diferente de la de otra. En algunos casos estará localizada en un bar, una vivienda, una determinada calle o un recorrido concreto; en otros, especialmente cuando se trata de localidades pequeñas, puede abarcar prácticamente la localidad al completo. Esto ocurre cuando la persona ha desarrollado allí buena parte de su historia de consumo y diferentes puntos del municipio han quedado asociados a distintas partes de esa historia: lugares donde comenzó a consumir, donde adquiría sustancias, donde se encontraba con otras personas consumidoras o donde mantenía determinadas rutinas relacionadas con el consumo. En estas situaciones, la Zona cero deja de ser un punto concreto del mapa y puede entenderse como un entorno amplio formado por múltiples espacios y relaciones aprendidas (Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024)
Esta circunstancia puede adquirir especial relevancia cuando la localidad coincide además con el lugar donde la persona ha crecido y donde se encuentran buena parte de sus relaciones sociales, familiares y rutinas cotidianas.
La recuperación puede resultar entonces más compleja, no porque el municipio sea necesariamente un lugar de mayor consumo, sino porque una parte importante de la vida de la persona está vinculada al mismo entorno en el que se desarrolló su adicción. De ahí que, en determinados procesos de rehabilitación en centros especializados, pueda plantearse inicialmente un desplazamiento geográfico respecto de la Zona cero. Alejar temporalmente a la persona de los contextos más estrechamente asociados a su historia de consumo puede reducir la exposición a determinados estímulos ambientales y favorecer que durante el tratamiento pueda adquirir y consolidar nuevas pautas de comportamiento. Este alejamiento no significa que regresar a la Zona cero sea necesariamente imposible o que deba evitarse indefinidamente: el momento y las condiciones de ese retorno deben valorarse dentro del proceso terapéutico y siguiendo la recomendación del equipo profesional. Más adelante abordaremos específicamente esta cuestión.
2.3. No es necesariamente una zona con elevada prevalencia de consumo
Esta distinción es fundamental. Llamar Zona cero a un lugar no significa afirmar que allí exista una elevada prevalencia de consumo ni que sea un territorio especialmente afectado por las adicciones. Una persona puede haber desarrollado gran parte de su conducta de consumo en un entorno donde, desde una perspectiva poblacional, el consumo no sea especialmente frecuente. Lo que convierte ese espacio en relevante es su significado funcional para esa persona concreta: qué hacía allí, con quién, en qué momentos y qué relación mantenía ese contexto con su conducta de consumo. Por eso, hablar de Zona cero desde una perspectiva clínica exige mirar primero la historia individual y no las características generales del territorio (Becoña Iglesias, 2016; Markez Alonso, 2015).
3. Cómo se construye una Zona cero de consumo
Una Zona cero no aparece de forma repentina ni se corresponde necesariamente con un único lugar. Se va construyendo a medida que determinadas situaciones se repiten y distintos elementos del entorno comienzan a formar parte de la conducta de consumo. Un mismo recorrido puede incluir el lugar donde se adquiere la sustancia, el establecimiento donde se consume, las personas con las que se comparte el consumo y el trayecto que conduce hasta allí. Con la repetición, estos elementos pueden quedar vinculados a la conducta y adquirir funciones relevantes dentro de ella. Por eso, para comprender la Zona cero de una persona no basta con preguntarle dónde consumía: es necesario reconstruir cómo era el escenario completo en el que se producía el consumo (Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024)
3.1. Lugares de consumo
El punto más evidente suele ser el lugar donde se producía directamente el consumo. Puede ser un domicilio, un bar, una discoteca, un parque, una habitación o cualquier otro espacio. Sin embargo, su relevancia no depende únicamente del número de veces que se haya consumido allí, sino de cómo ese espacio se ha integrado en la historia de conducta de la persona. Un lugar en el que se consumía de manera habitual puede quedar asociado a determinadas expectativas, rutinas y respuestas relacionadas con el consumo, de modo que posteriormente su presencia forme parte de las condiciones en las que pueden aparecer conductas o deseos relacionados con él (Martin & Pear, 2024).
3.2. Lugares de adquisición
La Zona cero tampoco tiene por qué limitarse a los lugares donde se consumía. El establecimiento donde se compraba alcohol, la calle donde se adquirían otras sustancias o determinados puntos de encuentro con proveedores pueden formar parte de ella aunque el consumo se produjera posteriormente en otro lugar. En estos casos, el proceso terapéutico debe tener en cuenta que la conducta de consumo comienza antes del momento en que la sustancia llega a administrarse y que los distintos elementos de esa secuencia pueden estar relacionados entre sí (Becoña Iglesias & Martín, 2004; Becoña Iglesias et al., 2008).
3.3. Personas y encuentros asociados al consumo
A veces el elemento más relevante de una Zona cero no es el espacio físico, sino quién está allí. Determinadas amistades, parejas, compañeros de trabajo o grupos pueden haber formado parte de manera repetida de situaciones de consumo. Por ello, una misma calle puede tener un significado completamente diferente dependiendo de las personas con las que la persona se encuentre allí y de lo que históricamente haya ocurrido en esas interacciones. El entorno social puede formar parte, así, de la red de estímulos y circunstancias que rodean la conducta de consumo (Becoña Iglesias et al., 2008; Markez Alonso, 2015).
3.4. Recorridos, rutinas y momentos vinculados al consumo
La Zona cero también puede construirse alrededor de itinerarios y rutinas aparentemente cotidianos. No siempre existe un único lugar de riesgo: puede ser el recorrido completo que una persona realizaba antes, durante o después del consumo. Por ejemplo, salir del trabajo, pasar por un determinado establecimiento, encontrarse con unas personas concretas y terminar la noche en otro lugar puede constituir una secuencia repetida durante meses o años. En estos casos, determinados momentos del día, días de la semana o situaciones habituales pueden adquirir relevancia porque forman parte de la cadena conductual en la que históricamente aparecía el consumo (Froxán Parga, 2026).
3.5. Conjunto de estímulos ambientales que rodean la conducta de consumo
Por todo ello, hablar de Zona cero supone mirar más allá del lugar físico. Puede estar formada por una combinación de espacios, personas, objetos, recorridos, horarios y situaciones que han quedado relacionados con la conducta de consumo. Desde el análisis funcional, un estímulo no tiene una función determinada simplemente por sus características, sino por la relación que establece con la conducta dentro de una historia concreta.
Esto explica por qué un determinado lugar puede adquirir una relevancia clínica especial para una persona con una historia de adicción, al haber formado parte repetidamente de situaciones de consumo, adquisición de sustancias, encuentros con personas vinculadas al consumo o rutinas asociadas a él. Con el tiempo, determinados elementos de ese entorno pueden adquirir funciones relacionadas con la conducta de consumo y contribuir, en determinadas circunstancias, a aumentar la probabilidad de respuestas como el craving o la búsqueda de la sustancia. Sin embargo, ese mismo lugar puede ser completamente neutro para otra persona que no haya establecido esas mismas relaciones de aprendizaje con él (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
La Zona cero se construye, en definitiva, a partir de la historia de interacción entre la persona y su entorno. Reconstruirla durante el tratamiento permite pasar de una descripción general —«consumía en mi pueblo», «consumía los fines de semana» o «consumía con mis amigos»— a un mapa mucho más preciso de las circunstancias que acompañaban a la conducta. Ese mapa será especialmente importante cuando analicemos por qué determinados contextos pueden adquirir relevancia durante la recuperación.
4. Por qué el entorno puede adquirir relevancia en una adicción
Si una persona ha consumido repetidamente en un determinado lugar, con determinadas personas y siguiendo unas rutinas concretas, ese contexto puede llegar a formar parte de lo que precede y acompaña habitualmente a la conducta de consumo. Esto no significa que el entorno sea la causa de la adicción ni que un lugar concreto provoque inevitablemente una recaída. Significa que, a través de la experiencia repetida, algunos elementos ambientales pueden adquirir funciones relacionadas con la conducta y hacer que determinadas situaciones tengan un significado diferente para quien las ha vivido que para alguien sin esa historia de consumo (Martin & Pear, 2024; Froxán Parga, 2026).
4.1. Aprendizaje y asociación entre contexto y consumo
El aprendizaje desempeña aquí un papel fundamental. Cuando una conducta se repite en determinadas circunstancias, los elementos presentes en esas situaciones pueden quedar asociados a lo que ocurre después. Con el tiempo, un lugar, una persona, una hora concreta o una determinada rutina pueden formar parte de las condiciones que preceden habitualmente al consumo.
Por eso, el contexto no es un simple escenario donde ocurre la conducta: puede llegar a formar parte de la propia historia de aprendizaje de esa conducta. Cuando determinados lugares, personas, recorridos o situaciones aparecen de manera repetida junto al consumo, pueden establecerse relaciones aprendidas entre esos elementos y la conducta de consumo. Con el tiempo, algunos estímulos del entorno pueden adquirir funciones relacionadas con el consumo y cobrar especial relevancia cuando la persona vuelve a encontrarse con ellos. Esto no significa que el entorno determine por sí mismo una recaída, sino que, en determinadas circunstancias, puede influir en la probabilidad de que aparezcan respuestas relacionadas con el consumo. Así, el lugar deja de ser únicamente el espacio físico donde tuvo lugar la conducta y pasa a formar parte de la historia de aprendizaje de la persona (Colombo & González-Terrazas, 2022; Martin & Pear, 2024).
4.2. Estímulos ambientales y craving
Esta relación ayuda a comprender por qué determinados contextos pueden acompañarse de un aumento del deseo de consumir o craving. En las adicciones, los lugares, personas, recorridos o situaciones que han estado repetidamente presentes alrededor del consumo pueden adquirir propiedades condicionadas y convertirse en señales asociadas a la conducta. Al encontrarse de nuevo con ellas, pueden aparecer respuestas relacionadas con el consumo, incluido el craving, incluso sin que exista una intención consciente de consumir (Becoña Iglesias, 2008; Becoña Iglesias et al., 2016; Echeburúa Odriozola, 2001).
Esto no significa que un determinado lugar provoque necesariamente craving o consumo. La respuesta depende de la historia de aprendizaje de cada persona y de las circunstancias en las que se produce la exposición. Por ello, un espacio puede constituir una señal de riesgo para una persona y ser completamente neutro para otra, algo especialmente relevante durante las primeras fases de recuperación (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
4.3. El contexto como parte de la cadena conductual
Desde una perspectiva funcional, el consumo no debería analizarse como un acontecimiento aislado, sino como una conducta que puede formar parte de una cadena conductual en la que se suceden diferentes respuestas y condiciones: pensar en consumir, contactar con determinadas personas, desplazarse a un lugar concreto, adquirir la sustancia y finalmente consumirla. Los elementos del entorno pueden aparecer en diferentes momentos de esta secuencia y adquirir funciones distintas según la historia de aprendizaje de la persona y la relación concreta que mantengan con la conducta (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
Así, un determinado lugar puede estar relacionado con el inicio de pensamientos sobre el consumo, facilitar el encuentro con personas vinculadas a este, formar parte del recorrido habitual hacia un punto de adquisición o estar directamente asociado a episodios anteriores de consumo. Del mismo modo, determinadas personas, rutas, horarios o establecimientos pueden formar parte de diferentes eslabones de la cadena. Por ello, la Zona cero no debe entenderse únicamente como el lugar donde se produce el consumo, sino como un contexto que puede contener distintos elementos implicados en la secuencia conductual. Analizar estas relaciones permite identificar qué situaciones pueden aumentar la probabilidad de que la cadena continúe y qué elementos pueden modificarse, evitarse o sustituirse por respuestas alternativas (Colombo & González-Terrazas, 2022; Froxán Parga, 2026).
Esta perspectiva permite comprender por qué intervenir únicamente sobre el momento final —el consumo— puede resultar insuficiente. El análisis funcional permite identificar puntos de intervención anteriores, como determinadas personas, lugares, recorridos, pensamientos o conductas preparatorias, y trabajar sobre ellos antes de que la cadena avance hacia el consumo. No significa que estos elementos conduzcan inevitablemente a consumir, sino que pueden adquirir relevancia dentro de la historia individual y constituir objetivos importantes de intervención. De este modo, comprender la cadena completa permite intervenir no solo sobre la conducta final, sino también sobre las condiciones que la preceden y sobre las alternativas que pueden facilitar una respuesta diferente (Froxán Parga, 2026; Martin & Pear, 2024).
4.4. Por qué un lugar puede activar respuestas relacionadas con el consumo
De este modo, regresar a un lugar asociado a una larga historia de consumo puede poner en contacto a la persona con estímulos que anteriormente formaban parte de esa conducta. Pueden aparecer recuerdos, expectativas, deseos, pensamientos relacionados con el consumo o incluso conductas preparatorias. La respuesta dependerá de la historia individual y de las circunstancias presentes, por lo que no puede afirmarse que un determinado lugar vaya a producir necesariamente una recaída. Precisamente por eso resulta clínicamente útil identificar la Zona cero: permite conocer qué elementos del entorno tienen relevancia para cada persona y valorar, dentro del tratamiento, cuándo y en qué condiciones resulta adecuado enfrentarse de nuevo a ellos (Becoña Iglesias et al., 2008).
5. Identificar la Zona cero durante el tratamiento de la adicción
Identificar con detalle la Zona cero puede ser una parte relevante de la evaluación y del tratamiento de una persona con un problema de adicción. No se trata únicamente de localizar el lugar donde consumía, sino de reconstruir qué espacios, personas, recorridos, rutinas y situaciones formaban parte de su vida de consumo. Esta información permite comprender mejor la historia de la adicción y adaptar la intervención a las características concretas de cada persona, algo coherente con el enfoque de atención integral e itinerarios personalizados que plantea el Plan Nacional sobre Drogas (Becoña Iglesias, 2016; Becoña Iglesias & Martín, 2004; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
5.1. Reconstruir la historia de consumo
Para conocer la Zona cero es necesario mirar hacia atrás y reconstruir cómo se desarrollaba el consumo en la vida cotidiana. ¿Dónde comenzaba? ¿Dónde se adquiría la sustancia? ¿Con quién se consumía? ¿Qué lugares se frecuentaban antes y después? ¿Qué recorridos se repetían? ¿Existían determinados días, horarios o situaciones que aparecían de forma habitual? Estas preguntas permiten obtener una imagen mucho más completa de la conducta adictiva y de los contextos en los que se desarrollaba. La evaluación de las adicciones debe contemplar precisamente las diferentes dimensiones que intervienen en el problema y no reducirlo exclusivamente a la sustancia o a la frecuencia de consumo (Becoña Iglesias et al., 2008; Bobes García et al., 2008).
5.2. Elaborar un mapa individual de Zona cero
A partir de esa información puede elaborarse un mapa individual de la Zona cero. En algunos casos estará compuesto por uno o dos lugares claramente identificados; en otros, puede abarcar diferentes puntos de una localidad e incluso varias localidades conectadas por las rutinas de consumo. También pueden formar parte del mapa determinadas personas o situaciones que, aunque no constituyan un espacio físico, estuvieron estrechamente vinculadas a la conducta. Este procedimiento permite hacer visible algo que puede resultar difícil de apreciar cuando la historia se recoge únicamente mediante una descripción general: la dimensión ambiental y social de la trayectoria adictiva (Markez Alonso, 2015; Monar Bermúdez et al., 2024).
5.3. Identificar los estímulos de mayor relevancia
Una vez delimitada la Zona cero, es importante diferenciar los elementos que han tenido una relación funcional más estrecha con el consumo de aquellos que simplemente formaban parte del entorno cotidiano. No todos los lugares, personas o situaciones presentes durante la etapa de consumo tienen necesariamente la misma relevancia. A lo largo de la historia de interacción de la persona con su entorno, determinados estímulos pueden adquirir funciones específicas en relación con la conducta, mientras que otros pueden no haber tenido una influencia significativa sobre ella (Colombo & González-Terrazas, 2022).
Por ejemplo, dentro de una misma localidad pueden existir calles por las que la persona pasaba habitualmente sin que tuvieran una relación particular con el consumo, mientras que otras pueden estar vinculadas a la adquisición de sustancias, al encuentro con determinadas personas o a episodios repetidos de consumo. Lo mismo puede ocurrir con establecimientos, horarios, recorridos, actividades o relaciones sociales. La relevancia de un estímulo no depende únicamente de que aparezca en el recuerdo de la etapa de consumo, sino de la función que haya adquirido dentro de la historia concreta de esa persona. Desde el análisis funcional, esta distinción permite valorar qué elementos del entorno mantienen una relación significativa con la conducta y cuáles simplemente forman parte del contexto general (Colombo & González-Terrazas, 2022; Martin & Pear, 2024).
Esta diferenciación resulta especialmente importante para evitar una interpretación excesivamente amplia de la Zona cero. Considerar que cualquier lugar relacionado con el pasado constituye automáticamente un contexto de riesgo podría llevar a una evitación innecesaria de espacios que no tienen una relevancia funcional específica. El objetivo es realizar un mapa individualizado de estímulos, identificando aquellos lugares, personas, recorridos o situaciones que, por su historia de asociación con el consumo, merecen una atención especial durante el tratamiento. De este modo, la intervención puede centrarse en los elementos que realmente forman parte de la cadena conductual y establecer estrategias específicas para cada uno, en lugar de convertir todo el entorno pasado en un conjunto indiferenciado de situaciones de riesgo.
5.4. Diferenciar lugares disponibles de lugares funcionalmente asociados
Una persona puede vivir en una localidad donde existen múltiples posibilidades de acceder a una sustancia y, sin embargo, no todos esos lugares tienen la misma relevancia para su recuperación. La cuestión clínica no es solamente dónde existe una posibilidad objetiva de consumo, sino qué espacios forman parte de la historia concreta de esa persona y qué relación mantienen con su conducta adictiva. Esta distinción es especialmente importante cuando se plantea la recuperación fuera del entorno habitual. En el ámbito especializado de las adicciones existen diferentes niveles de atención, incluidos recursos residenciales especializados y dispositivos de apoyo al tratamiento, dentro de modelos que adaptan la intervención a las necesidades y características individuales (Bernabeu-Mestre et al., 2025).
En determinados procesos de rehabilitación, especialmente cuando la Zona cero coincide con el entorno cotidiano de la persona y existe una elevada exposición a los contextos asociados a su historia de consumo, el desplazamiento temporal a un entorno terapéutico diferente puede constituir una estrategia dentro del tratamiento. No significa que la persona deba abandonar definitivamente su localidad ni que volver a ella implique necesariamente una recaída. Significa que, durante determinadas fases, puede ser clínicamente útil trabajar en un contexto distinto mientras se consolidan habilidades, rutinas y formas alternativas de relacionarse con el entorno. El momento adecuado para regresar y las condiciones en las que hacerlo deben valorarse individualmente dentro del proceso terapéutico. El propio modelo de atención del PNSD contempla la deshabituación como un proceso complejo y prolongado y diferencia las fases de tratamiento de la posterior incorporación social.
6. ¿Qué hacemos con la Zona cero?
Identificar la Zona cero es solo el primer paso. La siguiente cuestión es decidir qué relación debe mantener la persona con ese entorno durante las distintas fases de su recuperación. No existe una única respuesta válida para todos los casos: la decisión depende de la gravedad y trayectoria de la adicción, del grado de estabilidad alcanzado, de los apoyos disponibles, de las características del entorno y de la relación que este mantiene con la historia de consumo. El abordaje de las adicciones se plantea precisamente desde una atención integral y mediante itinerarios adaptados a las características y necesidades de cada persona (Becoña Iglesias, 2016; Becoña Iglesias et al., 2008; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
6.1. La distancia como estrategia de protección
Durante determinadas fases iniciales de la recuperación, alejarse temporalmente de la Zona cero puede constituir una estrategia de protección. Si una persona acaba de abandonar un patrón de consumo mantenido durante años y regresa inmediatamente a los mismos lugares, personas y rutinas que formaban parte de él, puede encontrarse de nuevo con numerosos estímulos relacionados con su historia de consumo antes de haber consolidado recursos suficientes para responder de otra manera. Mantener cierta distancia no significa huir del problema ni asumir que esos lugares serán siempre peligrosos; puede permitir reducir temporalmente la exposición mientras se trabaja en el tratamiento y se consolidan nuevas pautas de vida (Becoña Iglesias & Martín, 2004; Becoña Iglesias et al., 2008).
Esto puede adquirir especial importancia cuando una persona está realizando tratamiento especializado cerca de su Zona cero y, a pesar del seguimiento terapéutico, no consigue mantener la abstinencia o consolidar los cambios necesarios para avanzar en su recuperación. En determinadas circunstancias, el equipo profesional puede valorar un cambio de recurso y un desplazamiento geográfico que permita interrumpir temporalmente el contacto cotidiano con ese entorno. El Plan Nacional sobre Drogas contempla recursos residenciales especializados para personas que necesitan intervenciones intensivas en entornos controlados, así como recursos residenciales de apoyo con seguimiento profesional durante distintas fases del proceso terapéutico (Bernabeu-Mestre et al., 2025).
6.2. Cuándo puede ser especialmente importante durante las primeras fases
En algunos procesos de rehabilitación, especialmente cuando la Zona cero coincide prácticamente con la localidad donde la persona ha desarrollado buena parte de su historia de consumo, puede llegar a plantearse mantener un desplazamiento geográfico durante una parte prolongada de la primera etapa de recuperación. En determinados casos, este alejamiento puede mantenerse durante buena parte del primer año, aunque no existe un plazo universal ni una recomendación aplicable a todas las personas. La duración debe establecerse y revisarse individualmente en función de la evolución clínica, la gravedad de la adicción, la estabilidad alcanzada y las características de la Zona cero.
La cuestión fundamental es valorar si la persona dispone ya de suficientes recursos para desenvolverse en su entorno habitual. Si todavía existe una exposición muy elevada a las circunstancias asociadas al consumo y el tratamiento realizado en ese mismo entorno no está permitiendo consolidar la abstinencia, el desplazamiento a otro recurso especializado puede convertirse en una alternativa terapéutica que facilite una nueva fase de recuperación. El objetivo no es simplemente “escapar” de la Zona cero, sino generar unas condiciones ambientales diferentes en las que pueda desarrollarse el trabajo terapéutico.
6.3. Gravedad de la adicción, tiempo de recuperación y características del entorno
La decisión de mantener una mayor o menor distancia no debería establecerse únicamente por el lugar. Es necesario valorar cómo se encuentra la persona y qué características presenta su problema adictivo. La gravedad de la adicción, la trayectoria de consumo, los antecedentes de recaída, el tiempo transcurrido desde el último consumo, la estabilidad alcanzada, la presencia de apoyo familiar y social, las habilidades adquiridas durante el tratamiento y las características concretas de la Zona cero son algunos de los elementos que pueden modificar la valoración clínica (Bobes García et al., 2008; Becoña Iglesias, 2016).
Por eso, dos personas que viven en la misma localidad pueden necesitar estrategias completamente diferentes. Para una, volver a casa después de una primera fase de tratamiento puede ser compatible con la evolución alcanzada; para otra, especialmente si ha tenido dificultades repetidas para sostener la abstinencia en ese entorno, puede ser necesario prolongar el alejamiento y continuar el proceso en un recurso diferente. No es la distancia geográfica por sí misma la que determina el resultado, sino su función dentro de un tratamiento individualizado.
6.4. Tratamiento residencial y alejamiento del entorno habitual
Cuando está indicado un tratamiento residencial, la separación física respecto de la Zona cero puede formar parte de un proceso terapéutico más amplio. En el ámbito especializado de las adicciones existen recursos residenciales, como las comunidades terapéuticas y otros dispositivos de apoyo, destinados a personas que necesitan una intervención intensiva y un entorno estructurado durante determinadas fases de su recuperación (Becoña Iglesias et al., 2008; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
En estos contextos, el tratamiento no consiste únicamente en permanecer alejado del lugar de consumo. Se trabaja sobre diferentes dimensiones de la adicción mediante intervenciones individuales y grupales, seguimiento terapéutico y actividades dirigidas a la rehabilitación y a la incorporación social. Dependiendo de las características del recurso y de las necesidades de cada paciente, puede intervenir un equipo multidisciplinar formado por psicólogos, médicos, psiquiatras, personal de enfermería, trabajadores sociales, monitores y otros profesionales especializados. Este tipo de intervención aborda de forma integral diferentes dimensiones de la adicción —biológicas, psicológicas y sociales— y se adapta a las necesidades individuales de cada persona (Becoña Iglesias et al., 2008; Bernabeu-Mestre et al., 2025; Markez Alonso, 2015).
El propósito es que la persona no dependa indefinidamente de estar lejos de su entorno, sino que utilice ese periodo para consolidar la abstinencia, adquirir recursos y reorganizar progresivamente su vida. El alejamiento geográfico funciona así como una condición dentro de un proceso de rehabilitación, no como el tratamiento en sí mismo.
6.5. Casas y pisos terapéuticos: construir una nueva vida antes de volver al entorno habitual
Entre el tratamiento residencial y el regreso completo al entorno habitual pueden existir recursos intermedios, como las casas o pisos terapéuticos, que permiten avanzar progresivamente hacia una mayor autonomía manteniendo determinados apoyos y una estructura de seguimiento profesional. Estos recursos pueden formar parte tanto de redes públicas y concertadas como de centros privados especializados en el tratamiento de las adicciones que cuentan con este tipo de dispositivos. En el ámbito de las adicciones existen también recursos residenciales de apoyo al tratamiento y dispositivos orientados a la integración social y sociolaboral para personas que han alcanzado cierta estabilización, pero todavía necesitan apoyo residencial y social (Bernabeu-Mestre et al., 2025).
Su función no consiste únicamente en mantener cierta distancia respecto de la Zona cero. Durante esta etapa se va construyendo una nueva estructura vital libre de sustancias: horarios, responsabilidades, autocuidado, relaciones sociales, actividades de ocio, formación, empleo y estrategias para afrontar las dificultades cotidianas. La persona empieza a comprobar cómo funciona fuera del contexto residencial más protegido, pero todavía cuenta con un marco de acompañamiento y supervisión profesional.
Este proceso permite desarrollar un nuevo proyecto vital, entendiendo la recuperación como algo más amplio que la simple ausencia de consumo. Se trata de recuperar progresivamente diferentes áreas de funcionamiento personal, familiar, social y laboral y de favorecer la autonomía, la participación y la incorporación social. La incorporación social puede entenderse como un proceso personalizado y flexible que incluye itinerarios adaptados, seguimiento y coordinación con recursos residenciales, formativos, laborales y sociales (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Markez Alonso, 2015).
Por tanto, el alejamiento geográfico debe entenderse dentro de una secuencia más amplia: primero puede ser necesario interrumpir el contacto cotidiano con determinadas condiciones de la vida de consumo; después se consolida el tratamiento y se construye una nueva estructura vital; posteriormente se recupera progresivamente la autonomía y, cuando el equipo terapéutico lo considera adecuado, se trabaja la relación con el entorno habitual.
En algunos casos, este proceso puede requerir permanecer alejado de la Zona cero durante una parte importante del primer año de recuperación; en otros, el regreso puede plantearse antes o puede no ser necesario un desplazamiento residencial prolongado. No existe un plazo universal. La decisión debe realizarse caso por caso, valorando cuidadosamente la evolución de la persona y siempre con la orientación, seguimiento y supervisión de profesionales especializados en adicciones.
El objetivo final no es que la persona pase el resto de su vida evitando su Zona cero, sino que pueda recuperar su autonomía y construir una vida suficientemente estable como para relacionarse progresivamente con su entorno sin reproducir las condiciones que mantenían su antigua conducta de consumo. Y precisamente porque la relación con esos lugares puede cambiar a lo largo de la recuperación, la siguiente cuestión es cómo valorar cuándo resulta adecuado regresar a la Zona cero, cómo realizar ese retorno de forma progresiva y qué hacer cuando, en determinados casos, construir una vida nueva en otro entorno puede constituir una alternativa más adecuada.
6.6. Cuando volver a la Zona cero no es el objetivo dentro de la rehabilitación
En algunos casos especialmente complejos, el objetivo del proceso de rehabilitación no tiene por qué ser regresar al entorno en el que se desarrolló la historia de consumo. Cuando existe una elevada exposición a personas, lugares y situaciones estrechamente vinculadas al consumo, cuando se han producido recaídas repetidas asociadas al retorno o cuando resulta especialmente difícil modificar las condiciones ambientales que rodeaban la conducta, puede valorarse la posibilidad de mantener el alejamiento geográfico durante un periodo prolongado. La gravedad de la adicción y las características concretas de la trayectoria de consumo son elementos relevantes para determinar las necesidades de tratamiento y el tipo de apoyo que puede requerir cada persona (Becoña Iglesias, 2016; Bobes García et al., 2008).
En determinadas situaciones, esta decisión puede implicar que la persona construya un nuevo proyecto vital en otro entorno, alejado de la localidad en la que desarrolló buena parte de su historia de consumo. No se trataría simplemente de evitar un lugar concreto, sino de generar unas condiciones de vida diferentes: establecer nuevas relaciones, desarrollar otras rutinas, encontrar nuevas actividades y construir progresivamente una estructura vital desvinculada de los contextos que mantenían la conducta adictiva. La recuperación puede requerir precisamente una reorganización amplia de diferentes áreas de la vida personal, social y comunitaria, adaptada a las necesidades y circunstancias de cada persona (Bernabeu-Mestre et al., 2025; Markez Alonso, 2015).
Esta posibilidad debe entenderse como una decisión individualizada y no como una recomendación general para las personas con adicciones graves. En algunos casos, el propio paciente puede considerar que regresar supone un riesgo elevado; en otros, la familia y el equipo terapéutico pueden valorar conjuntamente que mantener la distancia ofrece mejores condiciones para consolidar la recuperación. La decisión debe formar parte del proceso terapéutico y revisarse de acuerdo con la evolución de la persona, los recursos adquiridos y las características del entorno al que se plantearía regresar.
Por tanto, la recuperación no tiene necesariamente como objetivo volver al lugar de origen. En algunos casos será posible regresar progresivamente y aprender a relacionarse de otra manera con ese entorno; en otros, la alternativa puede ser construir una vida estable y autónoma en un contexto diferente. Lo importante no es regresar a la Zona cero por el hecho de haber estado alejado de ella, sino conseguir unas condiciones de vida que permitan mantener la recuperación a largo plazo.
7. Zona cero de consumo: un concepto clínico, no una etiqueta geográfica
Hablar de Zona cero en el contexto de las adicciones no significa señalar en un mapa un lugar donde exista consumo y convertirlo en un territorio de riesgo. Desde una perspectiva clínica, el concepto tiene sentido precisamente porque es particular para cada persona. Una localidad entera puede constituir la Zona cero de alguien si buena parte de su historia de consumo se desarrolló allí, mientras que para otra persona de la misma localidad puede no tener ninguna relevancia especial. Lo que determina su importancia no es la cantidad de consumo que exista en ese territorio, sino la relación que ese entorno ha mantenido con la conducta de una persona concreta.
Esta distinción resulta importante porque evita convertir la Zona cero en una etiqueta sobre barrios, pueblos o ciudades. Las adicciones son fenómenos complejos en los que intervienen factores individuales, psicológicos, sociales y ambientales, y su evaluación y tratamiento requieren tener en cuenta la historia particular de cada persona (Becoña Iglesias, 2016; Becoña Iglesias et al., 2008; Markez Alonso, 2015). Desde el análisis de la conducta, además, un mismo estímulo puede adquirir funciones diferentes dependiendo de la historia de aprendizaje y de la relación que mantenga con la conducta en una persona determinada (Martin & Pear, 2024; Froxán Parga, 2026; Colombo & González-Terrazas, 2022).
Por eso, decir que una persona tiene su Zona cero en una determinada localidad no significa que esa localidad sea una “zona de drogas” ni que todas las personas que viven allí estén expuestas al mismo riesgo. Significa que, para esa persona, ese entorno forma parte de una historia de consumo concreta. Esta forma de entender el concepto permite mantener una diferencia fundamental entre la dimensión clínica y la dimensión territorial de las adicciones: una cosa es estudiar qué territorios presentan una mayor concentración de determinados problemas relacionados con las drogas y otra muy distinta identificar los espacios que forman parte de la historia de consumo de un paciente.
La utilidad clínica de la Zona cero está precisamente en esta mirada individual. Permite preguntar no solo qué sustancia consumía una persona, sino cómo se relacionaba con su entorno cuando consumía, qué lugares formaban parte de esa conducta y qué papel desempeñaban dentro de su vida cotidiana. De este modo, el lugar deja de ser simplemente el escenario donde ocurrió la adicción y pasa a formar parte de la información necesaria para comprender su historia y planificar su recuperación.
8. Otra forma de entender el término: Zona cero desde la epidemiología y la salud pública
Hasta ahora hemos utilizado Zona cero para describir una realidad individual y clínica. Sin embargo, la expresión puede llevar a otra interpretación cuando hablamos de territorio, epidemiología o salud pública. En estos ámbitos, el interés no está en identificar el lugar que forma parte de la historia de consumo de una persona concreta, sino en analizar cómo se distribuyen los consumos y los problemas relacionados con las adicciones dentro de una población y en determinados entornos.
8.1. Territorios con elevada concentración de consumo y problemas asociados
Desde una perspectiva de salud pública, determinados territorios pueden presentar una mayor concentración de factores relacionados con el consumo, problemas asociados, disponibilidad de sustancias o situaciones de vulnerabilidad. En este ámbito, el entorno se considera una dimensión relevante de la prevención, junto con los factores de riesgo y protección presentes en los diferentes contextos (Becoña Iglesias, 2002; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
Esta perspectiva ha dado lugar al desarrollo de la prevención ambiental, que busca actuar sobre determinadas condiciones de los entornos físicos, sociales y económicos relacionados con las conductas de consumo. La prevención de las drogodependencias ha incorporado esta perspectiva junto con las intervenciones dirigidas a las características individuales y sociales de las personas (Becoña Iglesias, 2002; Bernabeu-Mestre et al., 2025).
Por tanto, desde la salud pública sí puede ser pertinente estudiar determinados territorios en función de la concentración de consumo, disponibilidad, problemas asociados o factores de vulnerabilidad. Para ello se utilizan indicadores epidemiológicos y sistemas de información poblacional que permiten analizar la distribución y evolución de estos problemas.
8.2. El entorno de consumo también forma parte de la rehabilitación
En el ámbito de las adicciones, prestar atención al entorno no es una cuestión meramente geográfica. Determinados estímulos ambientales que han estado asociados repetidamente al consumo pueden adquirir funciones relacionadas con él y, en determinadas circunstancias, favorecer respuestas como el craving o la búsqueda de la sustancia. Por ello, el abordaje especializado de las adicciones tiene en cuenta la influencia que pueden ejercer los estímulos condicionados y las situaciones asociadas al consumo, especialmente durante determinadas fases de la recuperación (Becoña Iglesias, 2016; Becoña Iglesias et al., 2008).
Desde esta perspectiva, conocer los lugares, recorridos, personas y situaciones que han formado parte de la historia de consumo puede ser relevante para valorar las condiciones en las que se desarrolla la recuperación. Esto no significa que una persona deba evitar indefinidamente todos los lugares relacionados con su pasado ni que regresar a ellos implique necesariamente una recaída. Significa que, especialmente durante determinadas fases del tratamiento, el entorno puede constituir una variable clínica que conviene identificar y valorar junto con otros factores de riesgo y protección.
Por ello, “Zona cero” puede utilizarse en este artículo como una expresión descriptiva para referirnos al entorno que ha adquirido una relevancia particular dentro de la historia de consumo de una persona, sin presentarlo como una categoría diagnóstica o epidemiológica oficial. Lo importante desde la perspectiva clínica no es etiquetar geográficamente un territorio, sino identificar qué función han adquirido determinados lugares y contextos dentro de la conducta adictiva de cada persona.
8.3. Diferencias entre Zona cero individual y Zona cero epidemiológica
Aunque se utilice la misma expresión, estamos hablando de dos formas diferentes de analizar la relación entre territorio y consumo de drogas. En el ámbito clínico, la Zona cero se refiere al entorno particular que ha adquirido relevancia dentro de la historia de consumo de una persona. El punto de partida es, por tanto, individual: se analizan los lugares donde consumía, dónde adquiría las sustancias, con quién se relacionaba, qué recorridos realizaba y qué otros estímulos ambientales estaban vinculados a su conducta. La pregunta clínica sería: «¿Qué elementos de este entorno han formado parte de la historia de consumo de esta persona?».
El análisis territorial o epidemiológico parte de una perspectiva diferente. En este caso, no se estudia la relación de un lugar concreto con la conducta de un paciente, sino la distribución y magnitud de determinados problemas relacionados con las drogas en una población o territorio. Pueden analizarse indicadores como el consumo, las demandas de tratamiento, las intoxicaciones, las urgencias, las sobredosis u otros problemas asociados, dependiendo de los datos disponibles y del objetivo del análisis. La pregunta sería entonces: «¿Qué características presenta este territorio respecto al consumo de drogas y sus consecuencias en la población?».
Por ello, una localidad con una elevada presencia poblacional de determinados problemas relacionados con las drogas no tiene por qué ser la Zona cero de una persona concreta. Del mismo modo, un municipio que no destaque especialmente en los indicadores territoriales puede constituir la Zona cero de alguien que haya desarrollado allí buena parte de su trayectoria de consumo. El primer concepto se determina por la historia individual y la función que determinados elementos del entorno han adquirido para esa persona; el segundo, por indicadores referidos a una población o territorio. Confundir ambas perspectivas supondría convertir un concepto clínico e individual en una etiqueta aplicada a un territorio, cuando precisamente lo que interesa en este artículo es comprender que la Zona cero puede tener un significado diferente para cada persona.
9. Conclusiones: conocer la Zona cero para comprender el riesgo ambiental
Comprender la Zona cero permite ampliar la mirada sobre las adicciones. El consumo no ocurre en el vacío: se desarrolla dentro de una historia personal en la que determinados lugares, personas, recorridos y rutinas pueden haber adquirido una relación estrecha con la conducta de consumo. Identificar estos elementos no significa considerar que un determinado entorno sea peligroso por sí mismo, sino comprender qué función ha tenido ese entorno en la historia concreta de cada persona (Becoña Iglesias, 2016; Martin & Pear, 2024; Froxán Parga, 2026).
Esta perspectiva también ayuda a entender por qué el tratamiento debe ser individualizado. Para algunas personas puede ser suficiente modificar determinadas rutinas o evitar temporalmente algunos contextos; para otras, especialmente cuando toda su vida cotidiana está vinculada a la Zona cero, puede ser necesario un periodo de alejamiento geográfico y un tratamiento especializado en otro entorno. Durante ese proceso, el objetivo no es únicamente mantener la abstinencia, sino construir progresivamente una estructura vital diferente, desarrollar recursos y recuperar autonomía para que, cuando sea clínicamente adecuado, la persona pueda volver a relacionarse con su entorno desde una posición distinta (Becoña Iglesias et al., 2008; Bernabeu-Mestre et al., 2025)
La Zona cero, por tanto, no es una etiqueta que se coloca sobre un barrio, un pueblo o una ciudad. Es una forma de comprender la relación entre una persona y el entorno que ha formado parte de su historia de consumo. Conocerla con detalle puede ayudar al equipo terapéutico a identificar situaciones relevantes, anticipar dificultades y planificar de manera más ajustada las diferentes fases de la recuperación. Y precisamente porque regresar a esos lugares no tiene por qué ser siempre perjudicial ni siempre recomendable en el mismo momento, la siguiente pregunta es cómo puede prepararse terapéuticamente ese regreso y qué condiciones deberían tenerse en cuenta para hacerlo de forma progresiva y segura.
Fuentes y recursos de información
- Becoña Iglesias, E. (2002). Bases científicas de la prevención de las drogodependencias. Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas.
- Becoña Iglesias, E. (2016). Trastornos adictivos. Ediciones Pirámide.
- Becoña Iglesias, E., & Martín, E. (2004). Manual de intervención en drogodependencias. Editorial Síntesis.
- Becoña Iglesias, E., et al. (2008). Guía clínica de intervención psicológica en adicciones. Socidrogalcohol.
- Becoña Iglesias, E., & Ochoa, E. F. L. (1996). La ludopatía. Aguilar.
- Bernabeu-Mestre, J. (Coord.), et al. (2025). Plan Nacional sobre Drogas (1985-2025): Análisis y evaluación de las políticas públicas españolas sobre adicciones. Ministerio de Sanidad, Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas.
- Bobes García, J., et al. (2008). Valoración de la gravedad de la adicción: Aplicación a la gestión clínica y monitorización de los tratamientos. Socidrogalcohol.
- Colombo, M., & González-Terrazas, R. (Coords.). (2022). Análisis de la conducta: Teoría y aplicaciones clínicas. Psara Ediciones.
- Echeburúa Odriozola, E. (2000). ¿Adicciones sin drogas? Las nuevas adicciones: Juego, sexo, comida, compras, trabajo, Internet (2.ª ed.). Desclée de Brouwer.
- Echeburúa Odriozola, E. (2001). Abuso del alcohol. Editorial Síntesis.
- Echeburúa Odriozola, E., Labrador Encinas, F. J., & Becoña Iglesias, E. (Coords.). (2009). Adicción a las nuevas tecnologías en adolescentes y jóvenes. Ediciones Pirámide.
- Froxán Parga, M. X. (Coord.). (2026). Análisis funcional de la conducta humana: Concepto, metodología y aplicaciones (2.ª ed.). Ediciones Pirámide.
- Luna Vargas, J. A. (2001). ¿Qué hacer con un hijo adicto? Editorial San Pablo.
- Markez Alonso, I. (Coord.). (2015). Adicciones: Conocimiento, atención integrada y acción preventiva. Asociación Española de Neuropsiquiatría.
- Martin, G., & Pear, J. J. (2024). Behavior modification: What it is and how to do it (12th ed.). Routledge.
- Souza y Machorro, M. (2007). Adicciones: Clínica y terapéutica. Editorial Alfil.
- Martínez González, J. M., & Verdejo García, A. (2014). Drogodependientes con trastorno de la personalidad: Guía de intervenciones psicológicas. Desclée de Brouwer.