Las experiencias traumáticas pueden tener consecuencias que van mucho más allá del momento en que ocurren. Después de una situación potencialmente traumática pueden aparecer miedo, recuerdos intrusivos, evitación, hipervigilancia, alteraciones emocionales o dificultades en diferentes ámbitos de la vida. Sin embargo, no todas las personas responden de la misma manera ni haber vivido una experiencia potencialmente traumática implica necesariamente desarrollar un trastorno psicológico.
Comprender estas diferencias requiere considerar no solo las características del acontecimiento, sino también la historia de aprendizaje y las condiciones presentes en las que se desarrolla la respuesta. Desde el análisis funcional de la conducta, esto implica estudiar qué situaciones desencadenan determinadas respuestas, cómo responde la persona y qué consecuencias pueden estar contribuyendo a que esas respuestas se mantengan. Esta perspectiva permite complementar la descripción clínica del problema con una formulación individualizada, sin convertir el acontecimiento traumático en una explicación causal única.
En este artículo abordaremos qué entendemos por trauma psicológico, qué experiencias pueden estar relacionadas con él, cómo puede manifestarse, cuándo hablamos de trastorno de estrés postraumático (TEPT) y qué procesos pueden contribuir a su mantenimiento. También revisaremos los tratamientos psicológicos que cuentan con mayor respaldo científico y el papel que puede desempeñar el análisis funcional en la evaluación y formulación de estos casos. Porque comprender el trauma no implica únicamente preguntarnos qué ocurrió, sino también qué aprendió la persona a partir de esa experiencia y qué está ocurriendo actualmente.
¿Qué entendemos realmente por trauma psicológico?
En el lenguaje cotidiano utilizamos la palabra trauma para referirnos a experiencias especialmente dolorosas, difíciles o perturbadoras. Sin embargo, en psicología clínica es importante diferenciar entre el acontecimiento vivido, las respuestas que pueden aparecer después y el posible desarrollo de un trastorno psicológico. No toda experiencia desagradable es traumática y, del mismo modo, haber vivido un acontecimiento potencialmente traumático no significa necesariamente desarrollar un trastorno (American Psychiatric Association, 2022; World Health Organization, 2022).
Las personas tampoco responden de la misma manera ante una experiencia similar. La forma en que se desarrolla el malestar depende de la interacción entre las características del acontecimiento y diferentes variables personales y contextuales, como la historia de aprendizaje, las experiencias previas, el contexto posterior, el apoyo social o los recursos disponibles (Ehlers & Clark, 2000).
Esta diversidad de respuestas ha dado lugar a diferentes modelos para comprender el trauma. Entre ellos, el modelo de Procesamiento Adaptativo de la Información (AIP) propuesto por Shapiro plantea que determinadas experiencias pueden quedar procesadas de manera disfuncional y que, posteriormente, ciertos estímulos pueden activar emociones, cogniciones o sensaciones relacionadas con la experiencia original (Shapiro, 1989, 2013). Este modelo constituye uno de los principales marcos teóricos sobre los que se ha desarrollado la terapia EMDR, aunque sus explicaciones teóricas deben diferenciarse de la evidencia disponible sobre la eficacia clínica de la intervención.
Desde el análisis funcional de la conducta, la experiencia traumática forma parte de la historia de aprendizaje de la persona, pero conocer esa historia no basta para explicar qué está ocurriendo en el presente. Es necesario analizar qué respuestas aparecen, en qué situaciones lo hacen y qué consecuencias pueden estar contribuyendo a que continúen (Martin & Pear, 2008).
Esta forma de entender el trauma permite integrar su historia sin convertirla en una explicación circular. Lo ocurrido puede ayudarnos a comprender cómo se adquirieron determinadas respuestas; el análisis funcional permite estudiar qué variables están contribuyendo actualmente a mantenerlas. En este sentido, el acontecimiento pertenece a la historia de la persona, mientras que las relaciones funcionales relevantes pueden encontrarse, al menos en parte, en el presente.
Por tanto, comprender el trauma implica preguntarnos no solo «¿qué ocurrió?», sino también «¿qué aprendió la persona a partir de esa experiencia y qué está contribuyendo actualmente a mantener sus dificultades?». Cuando estas respuestas persisten, generan un deterioro clínicamente significativo y se cumplen los criterios establecidos, podemos encontrarnos ante un trastorno por estrés postraumático (TEPT), una entidad clínica diferenciada recogida tanto en el DSM-5-TR como en la CIE-11 (American Psychiatric Association, 2022; World Health Organization, 2022).
¿Qué situaciones pueden resultar traumáticas?
Las experiencias potencialmente traumáticas pueden adoptar formas muy diferentes. Entre las más estudiadas se encuentran la violencia física o sexual, el maltrato, la violencia de pareja, los accidentes graves, las experiencias de guerra, la tortura, el secuestro, las catástrofes y determinadas situaciones médicas, entre otros acontecimientos que implican una amenaza grave para la vida o para la integridad física o sexual de la persona (American Psychiatric Association, 2022; World Health Organization, 2022).
En divulgación y práctica clínica también se utiliza, aunque no como clasificación diagnóstica oficial, la distinción entre trauma con «T mayúscula» y trauma con «t minúscula». La primera expresión suele emplearse para referirse a acontecimientos de elevada gravedad, como una agresión sexual, una guerra, un accidente grave o una situación de tortura. La segunda se utiliza para describir experiencias adversas que, aunque no impliquen necesariamente una amenaza vital directa, pueden tener un impacto psicológico relevante cuando son repetidas, prolongadas o se producen en etapas importantes del desarrollo, como determinadas experiencias de negligencia, rechazo, humillación o inseguridad interpersonal.
Esta distinción no pretende establecer una jerarquía del sufrimiento ni determinar por sí misma la presencia de un trastorno. El impacto psicológico de una experiencia depende de múltiples factores, entre ellos sus características y duración, la historia de aprendizaje de la persona, el contexto interpersonal, las experiencias posteriores y los recursos disponibles (Ehlers & Clark, 2000).
También es importante diferenciar entre experiencias adversas, trauma psicológico y trastornos relacionados con el trauma. Una experiencia de negligencia emocional, invalidación o rechazo continuado puede tener consecuencias psicológicas relevantes y formar parte de una historia de adversidad o trauma complejo, pero no debe considerarse automáticamente un acontecimiento que cumpla los criterios de exposición traumática establecidos para el TEPT. La determinación de si existe un trastorno requiere una evaluación clínica específica conforme a los criterios diagnósticos establecidos (American Psychiatric Association, 2022; World Health Organization, 2022).
Desde el análisis funcional, más allá de clasificar el acontecimiento, interesa estudiar qué aprendió la persona a partir de esa experiencia y cómo ese aprendizaje interactúa con las condiciones actuales. Una historia caracterizada por amenaza, rechazo o imprevisibilidad puede relacionarse con diferentes formas de responder —como evitación, escape, hipervigilancia o búsqueda de seguridad—, cuya función debe analizarse en cada caso. Así, el interés no se limita a determinar qué ocurrió, sino también a comprender cómo esa historia se relaciona con las respuestas que aparecen actualmente (Martin & Pear, 2008).
¿Cómo puede afectar una experiencia traumática?
Tras una experiencia potencialmente traumática pueden aparecer respuestas muy diversas. Algunas son inmediatas y forman parte de la reacción ante una situación de amenaza: miedo intenso, activación fisiológica, dificultades para dormir, irritabilidad o una mayor vigilancia del entorno. En muchas personas estas respuestas disminuyen progresivamente; en otras pueden mantenerse y comenzar a interferir en su vida cotidiana (American Psychiatric Association, 2022; World Health Organization, 2022).
Cuando estas dificultades persisten pueden aparecer reexperimentación, evitación, hipervigilancia y cambios emocionales y cognitivos, entre otras respuestas. Desde una perspectiva funcional, estas respuestas no se estudian de forma aislada, sino en relación con las situaciones en las que aparecen y con las consecuencias que pueden contribuir a mantenerlas (Martin & Pear, 2008).
Por ejemplo, evitar un lugar, un recuerdo o una sensación relacionada con el acontecimiento puede producir un alivio inmediato del miedo. Si ese alivio aumenta la probabilidad de volver a evitar situaciones similares, puede establecerse un proceso de reforzamiento negativo. Algo parecido puede ocurrir con determinadas conductas de seguridad, como comprobar constantemente que no existe peligro o necesitar determinadas condiciones para sentirse seguro.
Esto no significa que estas respuestas sean irracionales ni que todas cumplan necesariamente la misma función. Una conducta puede haber resultado protectora en el contexto en el que se desarrolló y continuar apareciendo posteriormente, incluso cuando las condiciones han cambiado. Por ello, la función de una respuesta debe evaluarse en cada persona y no suponerse únicamente a partir de su historia traumática.
La investigación también empieza a aportar ejemplos de esta aproximación. Vancappel et al. (2022), mediante entrevistas y análisis funcional, estudiaron los factores asociados a la disociación en 15 personas con TEPT de subtipo disociativo, identificando diferentes desencadenantes, creencias y estrategias utilizadas para afrontar estas experiencias. Aunque se trata de un estudio cualitativo y con una muestra pequeña, ilustra el valor de analizar de forma individualizada cómo se relacionan determinadas respuestas postraumáticas con el contexto en el que aparecen.
Esta perspectiva es todavía emergente dentro del análisis de conducta aplicado al trauma. Rajaraman et al. (2022) han señalado la importancia de incorporar una perspectiva informada por el trauma, prestando especial atención a aspectos como la seguridad, la elección, la colaboración y el control de la persona durante los procesos de evaluación e intervención.
Por tanto, decir que una persona «actúa así por su trauma» puede resultar insuficiente. La experiencia vivida forma parte de su historia de aprendizaje, pero comprender las dificultades actuales requiere analizar qué respuestas aparecen, ante qué condiciones y qué consecuencias pueden estar contribuyendo a mantenerlas. El análisis funcional permite construir esta formulación individualizada y utilizarla para orientar, junto con la evidencia científica disponible, la toma de decisiones clínicas.
¿Cuándo hablamos de trastorno de estrés postraumático?
No todas las personas que atraviesan una experiencia potencialmente traumática desarrollan un trastorno de estrés postraumático (TEPT). Tras un acontecimiento adverso pueden aparecer miedo, alteraciones del sueño, recuerdos intrusivos o una mayor sensación de amenaza que, en muchos casos, disminuyen progresivamente con el tiempo.
Hablamos de TEPT cuando estas respuestas configuran un patrón persistente que incluye reexperimentación, evitación, alteraciones cognitivas y emocionales y una respuesta de amenaza aumentada, y que además provoca un deterioro clínicamente significativo en diferentes áreas de la vida de la persona (American Psychiatric Association, 2022; World Health Organization, 2022).
Esta distinción también resulta relevante desde el análisis funcional. El diagnóstico permite describir y delimitar un conjunto de características clínicas, pero no determina por sí mismo por qué esas respuestas aparecen o se mantienen en una persona concreta. Dos personas pueden cumplir los criterios para TEPT y, sin embargo, presentar diferentes antecedentes, consecuencias y variables contextuales relacionadas con sus dificultades.
Por ello, diagnóstico y análisis funcional cumplen funciones diferentes pero complementarias: mientras el primero permite identificar un cuadro clínico, el segundo busca evaluar las relaciones funcionales relevantes en cada caso y construir una formulación individualizada.
Esta diferencia será especialmente importante al abordar el tratamiento: no basta con saber qué síntomas presenta una persona; también necesitamos comprender cómo se organizan y mantienen en su contexto actual para orientar adecuadamente la intervención.
¿Cómo se mantiene el malestar después del trauma? Una mirada funcional
Que una experiencia traumática pueda explicar el inicio de determinadas respuestas no significa que explique por sí sola su persistencia. Una de las aportaciones del análisis funcional de la conducta consiste precisamente en diferenciar las variables relacionadas con la adquisición de un problema de aquellas que pueden contribuir a mantenerlo en el presente. La historia de aprendizaje es relevante, pero también es necesario estudiar qué ocurre actualmente cuando aparecen el miedo, los recuerdos, las sensaciones corporales o la percepción de amenaza.
Desde esta perspectiva, el análisis funcional no toma la etiqueta «trauma» o «TEPT» como explicación causal de la conducta. Trata de identificar qué ocurre antes, qué respuestas aparecen y qué consecuencias se producen después, construyendo hipótesis sobre las relaciones funcionales relevantes en cada caso (Haynes & O’Brien, 1990).
Cuando evitar funciona a corto plazo
La evitación es uno de los procesos que pueden contribuir al mantenimiento del malestar. Una persona puede evitar lugares, conversaciones, personas, actividades, recuerdos o sensaciones relacionadas con el acontecimiento traumático.
Imaginemos a una persona que sufrió una agresión mientras regresaba sola a casa por la noche. Posteriormente comienza a experimentar una intensa activación al caminar sola por determinadas calles y decide cambiar sus recorridos, pedir compañía o dejar de salir por la noche. Si estas conductas producen una reducción inmediata de la ansiedad, esa consecuencia puede aumentar su probabilidad de repetirse. Desde el análisis de conducta, este proceso puede conceptualizarse como reforzamiento negativo: una conducta aumenta o se mantiene porque permite escapar o reducir una estimulación aversiva (Martin & Pear, 2008).
Esto no significa que evitar sea siempre perjudicial. Alejarse de una situación realmente peligrosa puede ser una respuesta adaptativa. La cuestión clínica es qué función tiene la evitación en el contexto actual y qué coste está teniendo. Cuando se generaliza a situaciones que ya no presentan el mismo nivel de amenaza, puede proporcionar alivio inmediato a costa de restringir progresivamente la vida de la persona.
Hipervigilancia y conductas de seguridad
El mantenimiento del problema tampoco tiene por qué adoptar la forma de una evitación evidente. Algunas personas intentan prevenir que vuelva a ocurrir algo malo mediante una vigilancia constante del entorno: comprobar repetidamente las salidas, revisar puertas y ventanas, observar continuamente a quienes les rodean o necesitar estar acompañadas.
Estas conductas pueden proporcionar una sensación inmediata de protección o control y, precisamente por ello, aumentar su probabilidad de repetirse. Desde una perspectiva funcional, por tanto, no sería suficiente afirmar que alguien «está hipervigilante porque tiene un trauma». Es necesario analizar qué antecedentes evocan esa vigilancia, qué consecuencias produce y qué variables contribuyen a que continúe.
El papel de los estímulos asociados
Después de una experiencia aversiva, determinados estímulos pueden adquirir funciones que anteriormente no tenían. Un sonido, un olor, una calle, una expresión facial, una situación social o incluso una sensación corporal pueden quedar relacionados con el peligro.
Así, una persona que sufrió un accidente de tráfico puede experimentar una intensa activación al conducir o incluso ante el sonido de unos frenos. Desde el aprendizaje, procesos como el condicionamiento y la generalización de estímulos permiten comprender cómo determinadas propiedades del contexto pueden adquirir funciones aversivas. Sin embargo, la extensión de estas respuestas debe evaluarse individualmente: no todos los estímulos asociados adquieren necesariamente la misma función ni todas las personas responden de la misma manera.
Cuando intentar controlar el malestar también puede mantenerlo
El mantenimiento tampoco se limita a conductas observables. Algunas personas intentan controlar, suprimir o neutralizar de forma constante sus propias experiencias internas: evitar pensar en lo sucedido, bloquear recuerdos o eliminar cualquier sensación de ansiedad relacionada con el acontecimiento.
Cuando estos esfuerzos se convierten en un patrón rígido de evitación experiencial, pueden terminar restringiendo la conducta de la persona. Algo similar puede ocurrir con determinadas reglas verbales, como «no puedo bajar la guardia», «si vuelvo allí ocurrirá algo» o «no puedo confiar en nadie». Desde el análisis funcional interesa estudiar en qué circunstancias aparecen estas reglas y qué efectos tienen sobre la conducta, en lugar de asumir que el pensamiento constituye por sí mismo la causa última del problema (Froxán Parga, 2026).
Del acontecimiento pasado al contexto presente
Todo ello permite establecer una distinción fundamental: el acontecimiento traumático pertenece a la historia de aprendizaje de la persona; las relaciones funcionales que mantienen determinadas respuestas pueden encontrarse, al menos en parte, en el presente.
Esto no resta importancia a lo ocurrido. La experiencia traumática puede haber tenido un papel decisivo en la adquisición de determinadas respuestas. Sin embargo, conocer esa historia no permite deducir automáticamente qué variables mantienen actualmente cada conducta. Por ello, el análisis funcional plantea preguntas más específicas: ¿qué situaciones desencadenan la respuesta?, ¿qué hace la persona cuando aparece?, ¿qué consigue o de qué escapa?, ¿qué consecuencias tiene a corto y largo plazo?, ¿en qué contextos aumenta o disminuye el problema?
La formulación resultante debe entenderse como una hipótesis funcional individualizada y revisable, no como una explicación definitiva. Dos personas con experiencias traumáticas similares pueden presentar problemas diferentes y mantenerlos mediante procesos también diferentes.
Esta perspectiva permite pasar de preguntarnos únicamente «¿qué ocurrió?» a analizar también cómo la persona ha aprendido a responder, qué función cumplen actualmente esas respuestas y en qué condiciones podrían modificarse. Comprender estas relaciones puede ayudar a orientar la intervención, pero no sustituye la utilización de procedimientos terapéuticos cuya eficacia haya sido estudiada específicamente para el TEPT.
¿Cómo se evalúa y se formula un caso de trauma?
Comprender un caso de trauma desde una perspectiva funcional requiere ir más allá de identificar una lista de síntomas. La evaluación clínica debe permitir conocer qué está ocurriendo, en qué circunstancias aparece, qué variables pueden estar influyendo y qué consecuencias pueden contribuir a mantener determinadas respuestas. El objetivo no es sustituir el diagnóstico, sino complementarlo con una comprensión individualizada del funcionamiento de la persona.
Pero evaluar un caso de trauma no consiste únicamente en recoger información. La manera en que se realiza la evaluación también es importante. Hablar de experiencias traumáticas puede resultar especialmente delicado, por lo que el profesional debe ofrecer un espacio de escucha, respeto y colaboración, evitando presionar para obtener información que la persona no esté preparada para compartir. Escuchar activamente, validar la experiencia y el sufrimiento sin juzgar, respetar los tiempos de la persona y favorecer que conserve capacidad de elección y control sobre el proceso son elementos especialmente relevantes en este contexto (Rajaraman et al., 2022).
Esto no significa evitar cualquier conversación sobre el acontecimiento traumático ni asumir que profundizar en determinadas experiencias es necesariamente perjudicial. Significa adaptar la evaluación al estado y a las necesidades de la persona, explicando qué se va a explorar, para qué y permitiendo que pueda expresar dudas, límites o preferencias. Las habilidades terapéuticas —como la empatía, la escucha activa, la validación y una comunicación clara— adquieren así una importancia especial cuando se trabaja con experiencias de elevada vulnerabilidad.
El diagnóstico de TEPT permite identificar y delimitar un patrón clínico. La formulación funcional trata de responder a una pregunta diferente: ¿cómo se organiza ese problema concreto en esta persona? Dos personas pueden cumplir los mismos criterios diagnósticos y, sin embargo, presentar patrones diferentes de evitación, hipervigilancia, regulación emocional o funcionamiento interpersonal. Por ello, no necesariamente requerirán los mismos objetivos terapéuticos ni la misma forma de aplicar una intervención.
La evaluación comienza por conocer la historia relevante: el acontecimiento o acontecimientos traumáticos, las circunstancias en las que ocurrieron, las respuestas iniciales y los cambios posteriores. Sin embargo, esta información debe ponerse en relación con las condiciones presentes en las que las dificultades continúan produciéndose. Desde el análisis funcional, resulta especialmente relevante identificar las relaciones entre antecedentes, respuestas y consecuencias, considerando tanto conductas observables como respuestas fisiológicas, emocionales y cognitivas (Martin & Pear, 2008).
Por ejemplo, ante una situación que funciona como señal de amenaza, una persona puede experimentar miedo y activación fisiológica, interpretar esas sensaciones como indicadoras de peligro, abandonar el lugar y experimentar posteriormente alivio. Otra persona puede permanecer en la situación, pero comprobar continuamente el entorno o buscar confirmación de que está a salvo. Aunque ambas presenten síntomas compatibles con TEPT, las variables que mantienen sus respuestas pueden ser diferentes.
La evaluación también debe considerar el contexto más amplio: las condiciones familiares, sociales y laborales, las experiencias de aprendizaje previas y otras variables que puedan modificar la probabilidad de determinadas respuestas. Asimismo, es importante valorar las consecuencias a corto y largo plazo, ya que una conducta puede resultar eficaz para reducir el malestar inmediatamente y, al mismo tiempo, contribuir a mantener las dificultades en el futuro.
El resultado de este proceso no debería ser una explicación cerrada, sino una hipótesis funcional individualizada y revisable. La evaluación continúa durante la intervención: los cambios observados permiten confirmar, modificar o descartar las hipótesis iniciales y ajustar las decisiones clínicas. En este sentido, la evaluación funcional constituye un proceso continuo vinculado a la toma de decisiones y a la valoración del cambio.
Por tanto, una formulación funcional no consiste simplemente en traducir los síntomas del TEPT a términos conductuales. Consiste en construir un modelo individualizado que permita comprender qué respuestas están presentes, ante qué condiciones aparecen, qué función pueden estar cumpliendo y qué variables contribuyen a su mantenimiento. Esta comprensión debe integrarse con una relación terapéutica basada en la escucha, la validación, la colaboración y el respeto por el ritmo de la persona, y puede ayudar a orientar la aplicación de procedimientos terapéuticos cuya eficacia haya sido respaldada por la investigación.
¿Qué tratamientos psicológicos tienen mayor respaldo científico?
Una vez comprendido cómo pueden mantenerse las respuestas postraumáticas, la siguiente pregunta es necesariamente clínica: ¿qué intervenciones han demostrado ser eficaces para el trastorno de estrés postraumático?
La investigación acumulada durante las últimas décadas ha identificado varias intervenciones psicológicas con un respaldo empírico sólido. Entre ellas se encuentran diferentes formas de terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma, la exposición prolongada, la terapia de procesamiento cognitivo y EMDR. Las revisiones de tratamientos psicológicos empíricamente apoyados sitúan estas intervenciones entre las opciones con mayor respaldo para el TEPT (Fonseca-Pedrero et al., 2021; Lewis et al., 2020).
La terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma engloba diferentes procedimientos estructurados que trabajan directamente sobre los recuerdos traumáticos, las interpretaciones asociadas y las respuestas de evitación. Entre ellos se encuentran la exposición prolongada y la terapia de procesamiento cognitivo, que, aunque comparten determinados principios, utilizan procedimientos y mecanismos terapéuticos diferentes.
La exposición prolongada trabaja mediante un contacto planificado y progresivo con recuerdos y situaciones relacionadas con el trauma que están siendo evitados. El objetivo no es simplemente provocar ansiedad, sino modificar los procesos que mantienen la evitación y favorecer un aprendizaje nuevo sobre las situaciones relacionadas con el acontecimiento traumático (Foa et al., 2019).
La terapia de procesamiento cognitivo pone un énfasis particular en las interpretaciones y significados que pueden haberse desarrollado después del acontecimiento. El tratamiento aborda, entre otros aspectos, determinadas creencias relacionadas con culpa, seguridad, confianza, control o significado del acontecimiento que pueden contribuir al mantenimiento del malestar (Resick et al., 2017).
Por su parte, EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing) también cuenta con un respaldo empírico importante para el tratamiento del TEPT. Su protocolo incluye diferentes fases y procedimientos, entre ellos la activación de recuerdos traumáticos junto con estimulación bilateral. Existen distintas propuestas para explicar sus mecanismos de acción, entre ellas el modelo de Procesamiento Adaptativo de la Información (AIP). Sin embargo, la evidencia sobre la eficacia de un procedimiento terapéutico y la evidencia que respalda un determinado modelo explicativo no son cuestiones equivalentes. Por ello, ambas deben valorarse por separado (Shapiro, 2013).
Tampoco significa esto que todas las personas con TEPT necesiten exactamente el mismo tratamiento. La elección debe considerar las características clínicas del caso, las circunstancias actuales, las preferencias de la persona y otros factores relevantes para la intervención. En este punto, la evaluación y la formulación individualizada pueden ayudar a comprender cómo se organiza el problema en una persona concreta, mientras que la evidencia científica orienta sobre qué procedimientos disponen de apoyo empírico.
Por tanto, hablar de tratamientos basados en la evidencia no significa aplicar una técnica universal de manera idéntica a todo el mundo. Significa utilizar procedimientos cuya eficacia ha sido estudiada científicamente y combinarlos con una evaluación clínica rigurosa e individualizada. En este sentido, el análisis funcional y los tratamientos basados en la evidencia no son perspectivas incompatibles: cumplen funciones diferentes y potencialmente complementarias. El primero ayuda a comprender las variables relevantes del caso; la investigación permite determinar qué procedimientos terapéuticos han demostrado ser eficaces. La siguiente cuestión es, precisamente, qué ocurre cuando estas intervenciones se comparan y qué conclusiones permiten extraer los ensayos clínicos y los metaanálisis.
¿En qué consisten estos tratamientos?
Las intervenciones psicológicas con mayor respaldo científico para el TEPT comparten el objetivo de reducir las respuestas postraumáticas y modificar los procesos que contribuyen a mantenerlas, pero no lo hacen mediante los mismos procedimientos. Entre las intervenciones más estudiadas se encuentran la terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma, la exposición prolongada, la terapia de procesamiento cognitivo y EMDR (Lewis et al., 2020; Fonseca-Pedrero et al., 2021).
Terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma
La terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma hace referencia a un conjunto de intervenciones que sitúan la experiencia traumática y sus consecuencias en el centro del tratamiento. No se trata, por tanto, de una única técnica, sino de una familia de procedimientos que pueden trabajar sobre los recuerdos traumáticos, la evitación, las interpretaciones relacionadas con el acontecimiento y las respuestas emocionales y fisiológicas asociadas.
En términos generales, estas intervenciones buscan que la persona pueda procesar la experiencia traumática y modificar aquellas respuestas que actualmente interfieren con su funcionamiento. Para ello pueden incluir psicoeducación sobre las respuestas al trauma, estrategias para manejar determinadas reacciones, trabajo con recuerdos traumáticos, procesamiento de emociones como culpa, miedo o vergüenza, modificación de significados relacionados con el acontecimiento y reducción de conductas de evitación (NICE, 2018).
Dentro de este grupo se encuentran tratamientos específicos como la exposición prolongada y la terapia de procesamiento cognitivo. Por ello, cuando hablamos de TCC focalizada en el trauma debemos entenderla como una categoría amplia que engloba procedimientos estructurados diferentes.
Exposición prolongada
La exposición prolongada (Prolonged Exposure, PE) es una intervención cognitivo-conductual desarrollada específicamente para el TEPT. Su elemento central es trabajar de manera planificada con aquello que la persona está evitando como consecuencia de la experiencia traumática.
El tratamiento combina habitualmente dos formas de exposición. Por un lado, la exposición en imaginación, en la que se trabaja terapéuticamente con el recuerdo del acontecimiento traumático. Por otro, la exposición en vivo, mediante un acercamiento gradual a situaciones, lugares o actividades que la persona evita y que son objetivamente seguros. El objetivo es intervenir sobre los patrones de evitación y favorecer nuevos aprendizajes relacionados con las situaciones que actualmente funcionan como señales de amenaza (Foa et al., 2019).
Esto permite comprender una diferencia importante: exponerse no significa simplemente enfrentarse al miedo. La exposición terapéutica es un procedimiento estructurado, planificado y supervisado clínicamente. No consiste en obligar a la persona a enfrentarse indiscriminadamente a aquello que teme, sino en trabajar de forma deliberada sobre situaciones y recuerdos relevantes para el mantenimiento del problema.
Por ejemplo, una persona que ha sufrido un accidente puede haber dejado de conducir y evitar determinadas carreteras. Si estas conductas de evitación reducen inmediatamente su ansiedad, pueden mantenerse en el tiempo. La exposición prolongada puede trabajar progresivamente esas situaciones, siempre dentro de un procedimiento terapéutico estructurado, para modificar las relaciones que mantienen la evitación (Foa et al., 2019). La PE es una de las intervenciones para el TEPT con mayor respaldo empírico y forma parte de las psicoterapias focalizadas en el trauma recomendadas por diferentes guías clínicas.
Terapia de procesamiento cognitivo
La terapia de procesamiento cognitivo (Cognitive Processing Therapy, CPT) es una psicoterapia focalizada en el trauma que presta especial atención a cómo la persona ha interpretado y dado significado a lo ocurrido.
Después de una experiencia traumática pueden aparecer conclusiones persistentes sobre uno mismo, los demás o el mundo. Por ejemplo: «fue culpa mía», «no puedo confiar en nadie», «siempre estoy en peligro» o «debería haber sabido evitarlo». Algunas de estas interpretaciones pueden contribuir a mantener emociones como culpa, miedo, vergüenza o indefensión.
La CPT trabaja identificando y examinando estas interpretaciones, especialmente aquellas que se han convertido en obstáculos para la recuperación. El objetivo no consiste en sustituir pensamientos negativos por pensamientos positivos, sino en examinar cómo se construyeron determinadas conclusiones, qué evidencia las sostiene y si siguen siendo adecuadas en el contexto actual (Resick et al., 2017).
El tratamiento puede incluir el trabajo sobre diferentes áreas de significado, como la seguridad, la confianza, el control, la autoestima, la intimidad o la responsabilidad. La persona aprende a identificar aquellas interpretaciones excesivamente rígidas o generalizadas y a desarrollar formas de comprender lo ocurrido que resulten más ajustadas. La CPT cuenta con una amplia base de investigación y es una de las intervenciones focalizadas en el trauma recomendadas específicamente por la guía VA/DoD de 2023.
EMDR
EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing) es una psicoterapia estructurada para el tratamiento del TEPT que incluye diferentes fases de evaluación, preparación, identificación de los aspectos relevantes del recuerdo y procesamiento.
Durante determinadas fases, la persona dirige su atención hacia aspectos del recuerdo traumático —por ejemplo, imágenes, pensamientos, emociones o sensaciones corporales— mientras realiza series de estimulación bilateral, habitualmente mediante movimientos oculares. También pueden utilizarse otras formas de estimulación bilateral, como determinados estímulos táctiles o auditivos (Shapiro, 2018; NICE, 2018).
El procedimiento no consiste simplemente en «recordar el trauma mientras se mueven los ojos». EMDR se aplica mediante un protocolo estructurado, que incluye evaluación, preparación, selección de objetivos terapéuticos, procesamiento y reevaluación. El objetivo clínico es reducir la perturbación asociada a los recuerdos traumáticos y favorecer una respuesta más adaptativa ante ellos. EMDR también cuenta con respaldo empírico para el TEPT y aparece entre las psicoterapias focalizadas en el trauma recomendadas por la guía VA/DoD de 2023.
En cuanto a su explicación teórica, el modelo de Procesamiento Adaptativo de la Información (AIP) propuesto por Francine Shapiro plantea que determinadas experiencias pueden quedar procesadas de manera disfuncional y que el tratamiento favorecería una forma diferente de procesamiento. Sin embargo, es importante distinguir este modelo conceptual de la evidencia sobre la eficacia clínica de EMDR: que un tratamiento funcione no implica que todos los mecanismos propuestos para explicar su funcionamiento estén demostrados con el mismo grado de evidencia (Shapiro, 2018).
¿Qué tienen en común estos enfoques terapéuticos?
Aunque PE, CPT y EMDR utilizan procedimientos diferentes, comparten una característica especialmente relevante: son tratamientos focalizados en el trauma, es decir, la experiencia traumática y sus consecuencias constituyen un componente central del proceso terapéutico. Las guías clínicas actuales recomiendan estas intervenciones, aunque existen diferencias entre organizaciones en la forma de clasificarlas y en el grado concreto de recomendación.
Esto también permite conectar con el análisis funcional desarrollado anteriormente. Si en una persona predomina una pauta de evitación mantenida por el alivio inmediato, si determinadas interpretaciones de culpa o amenaza organizan su conducta, o si ciertos recuerdos y estímulos desencadenan respuestas intensas, la evaluación funcional puede ayudar a comprender cómo se presenta el problema y qué variables son relevantes en ese caso. Pero esta formulación no sustituye al tratamiento basado en la evidencia: ayuda a orientar la evaluación y la toma de decisiones dentro de los procedimientos terapéuticos que han sido estudiados.
Por tanto, individualizar no significa improvisar. Significa conocer qué tratamientos disponen de evidencia, comprender qué problema presenta la persona y aplicar el procedimiento correspondiente de manera clínicamente adecuada, teniendo en cuenta sus características, preferencias, contexto y evolución. Esta última idea nos deja muy bien preparado el siguiente apartado: qué nos dicen realmente los metaanálisis cuando se comparan estas intervenciones y hasta qué punto podemos afirmar que una es superior a otra.
¿Qué dicen los metaanálisis sobre el tratamiento del TEPT?
Cuando se comparan tratamientos psicológicos para el TEPT, una de las mejores formas de valorar el estado de la evidencia es acudir a revisiones sistemáticas y metaanálisis, ya que permiten integrar los resultados de múltiples estudios y obtener una estimación más robusta de sus efectos.
En conjunto, estas investigaciones muestran que las terapias psicológicas focalizadas en el trauma producen reducciones significativas de los síntomas del TEPT y que sus beneficios pueden mantenerse después de finalizar el tratamiento. Entre las intervenciones con mayor respaldo se encuentran diferentes modalidades de terapia cognitivo-conductual focalizada en el trauma, la exposición prolongada, la terapia de procesamiento cognitivo y EMDR (Cusack et al., 2016; Fonseca-Pedrero et al., 2021; Lewis et al., 2020).
Sin embargo, los resultados no indican que exista una única intervención claramente superior para todas las personas. Aunque algunos estudios pueden encontrar diferencias entre tratamientos concretos, cuando se considera el conjunto de la evidencia, varias intervenciones estructuradas y focalizadas en el trauma muestran efectos terapéuticos relevantes. Por ello, las principales guías y revisiones no plantean necesariamente una única terapia como solución universal.
Esta conclusión es importante porque permite evitar una competición entre tratamientos. Que EMDR, la exposición prolongada o la terapia de procesamiento cognitivo hayan demostrado eficacia no significa que sean el mismo tratamiento ni que sus procedimientos puedan intercambiarse. La evidencia se refiere a intervenciones concretas, aplicadas mediante protocolos definidos, en determinadas condiciones y con poblaciones específicas.
También es necesario interpretar los metaanálisis teniendo en cuenta su heterogeneidad. Los estudios pueden diferir en aspectos como las características de los participantes, el tipo de acontecimiento traumático, la duración del trastorno, las condiciones de comparación, la estructura del tratamiento o las medidas utilizadas para evaluar el cambio. Por ello, una diferencia estadísticamente significativa entre dos intervenciones no implica necesariamente que la diferencia tenga una relevancia clínica importante para una persona concreta.
Además, los efectos medios encontrados en los estudios no significan que todas las personas respondan de la misma manera. Existe variabilidad en la respuesta terapéutica y pueden existir características individuales y contextuales que faciliten o dificulten el tratamiento. De ahí que la evidencia científica y la evaluación clínica no deban entenderse como alternativas, sino como niveles de información diferentes que deben integrarse.
Desde el análisis funcional, esta cuestión adquiere especial relevancia. Los metaanálisis pueden indicarnos qué procedimientos presentan eficacia general para el TEPT; la evaluación funcional puede ayudar a comprender cómo se organiza el problema en una persona determinada y qué variables deben tenerse en cuenta al aplicar una intervención. El análisis funcional no sustituye a la evidencia sobre eficacia, del mismo modo que conocer qué tratamiento funciona en promedio no permite prescindir de la evaluación individual.
Por tanto, la pregunta clínicamente relevante no debería ser únicamente «¿qué terapia es mejor?», sino también: «¿qué intervención con respaldo científico resulta más adecuada para este problema concreto, teniendo en cuenta sus características, las circunstancias actuales y las preferencias de la persona?» Esta integración entre evidencia científica, evaluación clínica y formulación individualizada permite plantear el tratamiento del TEPT sin caer ni en la aplicación mecánica de protocolos ni en la idea de que cualquier intervención puede justificarse simplemente porque se adapte a un caso particular.
¿Qué papel puede desempeñar el análisis funcional en el tratamiento?
Si los tratamientos psicológicos con mayor respaldo científico proporcionan procedimientos eficaces para abordar el TEPT, ¿qué aporta entonces el análisis funcional? La respuesta requiere hacer una distinción importante: el análisis funcional no constituye por sí mismo un tratamiento específico para el TEPT. Es una metodología de evaluación y formulación que permite estudiar cómo se organiza el problema en una persona concreta y utilizar esa información para orientar la toma de decisiones clínicas (Haynes & O’Brien, 1990).
Su principal aportación es evitar que la intervención se construya exclusivamente a partir de la etiqueta diagnóstica. Saber que una persona presenta TEPT proporciona información clínicamente relevante, pero no explica por sí mismo qué situaciones desencadenan sus respuestas, cómo intenta afrontarlas, qué consecuencias producen esas estrategias y qué variables pueden estar contribuyendo a mantener el problema.
Por ejemplo, dos personas pueden presentar evitación después de una experiencia traumática. En una, esta conducta puede estar relacionada principalmente con el miedo a determinadas sensaciones corporales; en otra, con la posibilidad de experimentar recuerdos, culpa o situaciones interpersonales que percibe como amenazantes. Aunque ambas puedan compartir un diagnóstico, las relaciones funcionales implicadas pueden ser diferentes.
Esta información puede ayudar a individualizar la aplicación de procedimientos terapéuticos que sí cuentan con evidencia específica. Si la evitación constituye una variable relevante de mantenimiento, puede ser necesario abordarla mediante procedimientos de exposición u otras estrategias indicadas. Si determinadas interpretaciones desempeñan un papel central, pueden ser pertinentes intervenciones dirigidas al procesamiento cognitivo. En otros casos, será necesario prestar especial atención a conductas de seguridad, regulación emocional o dificultades interpersonales.
El análisis funcional, por tanto, no determina automáticamente qué tratamiento debe recibir una persona. La evidencia científica establece qué procedimientos han demostrado eficacia para determinados problemas; la evaluación funcional aporta información sobre cómo se presenta ese problema en un caso concreto. La decisión clínica surge de integrar ambas fuentes de información.
Además, la formulación funcional puede ayudar a evaluar el cambio durante el tratamiento. No solo interesa comprobar si disminuyen las puntuaciones en los cuestionarios de síntomas, sino también si se modifican las conductas que mantenían las dificultades: ¿evita menos?, ¿depende menos de conductas de seguridad?, ¿ha recuperado actividades que había abandonado?, ¿puede permanecer en situaciones que anteriormente desencadenaban escape?, ¿han cambiado las funciones que determinados estímulos tenían para ella?
Esta evaluación continua es coherente con la concepción conductual de la intervención como un proceso en el que las hipótesis sobre las variables relevantes deben contrastarse y revisarse a partir de los cambios observados (Martin & Pear, 2008). También puede ayudar a identificar obstáculos para el tratamiento. Una persona puede comprender que una situación ya no representa el peligro original y, sin embargo, continuar realizando conductas que reducen inmediatamente su ansiedad. Si esas conductas siguen produciendo consecuencias reforzantes, el cambio puede resultar más difícil. Analizar esta relación permite comprender qué está interfiriendo en el proceso y qué condiciones pueden favorecer nuevas formas de responder.
En este sentido, el análisis funcional aporta una pregunta especialmente relevante: no solo qué síntomas presenta la persona, sino qué está haciendo actualmente para afrontar su malestar y qué efectos tienen esas estrategias sobre su vida.
La finalidad, por tanto, no es sustituir los tratamientos psicológicos basados en la evidencia por una formulación funcional, ni aplicar protocolos de manera rígida ignorando las particularidades del caso. Se trata de integrar ambos niveles: una intervención científicamente respaldada, aplicada a partir de una comprensión precisa e individualizada del funcionamiento de la persona.
El objetivo último tampoco consiste necesariamente en eliminar cualquier recuerdo, emoción o sensación relacionada con lo ocurrido. Se trata de que esas experiencias dejen de organizar el comportamiento de una manera que limite innecesariamente la vida de la persona, favoreciendo que pueda recuperar progresivamente la capacidad de actuar de acuerdo con sus objetivos y con las condiciones del contexto presente.
¿Qué papel tienen el terapeuta y la persona en el proceso?
En el tratamiento del trauma, la relación terapéutica no es un elemento accesorio. Las intervenciones con respaldo científico se aplican dentro de una relación en la que la persona necesita poder expresar lo que está experimentando, comprender qué se va a trabajar y participar activamente en las decisiones sobre su tratamiento. La colaboración, el respeto, la empatía, la escucha activa, la validación y una comunicación clara son habilidades terapéuticas transversales a los diferentes modelos de psicoterapia y relevantes para facilitar la participación y la adherencia al tratamiento. En personas con TEPT, además, la alianza terapéutica se ha relacionado de forma significativa con los resultados del tratamiento (Howard et al., 2022).
Esto adquiere especial importancia porque trabajar con trauma puede implicar abordar recuerdos, emociones, sensaciones o situaciones que generan un malestar considerable. Escuchar no significa simplemente dejar hablar; implica saber cuándo preguntar, cuándo profundizar y cuándo detenerse, atendiendo a las respuestas de la persona y evitando convertir la evaluación o el tratamiento en un interrogatorio. Del mismo modo, validar no significa confirmar que todas las interpretaciones de la persona sean correctas, sino reconocer que sus respuestas tienen sentido dentro de su historia y que su sufrimiento merece ser comprendido sin juicio.
Las habilidades terapéuticas también incluyen explicar lo que se está haciendo y por qué, comprobar que la persona lo comprende, solicitar su colaboración, detectar cambios en su estado emocional y ajustar el ritmo de la intervención cuando sea necesario. La empatía no consiste únicamente en mostrar cercanía, sino en intentar comprender la experiencia desde la perspectiva de la persona y transmitirle que ha sido escuchada y comprendida. La alianza terapéutica, por su parte, implica construir un acuerdo sobre los objetivos del tratamiento y sobre las tareas necesarias para alcanzarlos.
Todo ello debe compatibilizarse con una cuestión fundamental: el tratamiento del trauma no consiste en evitar cualquier experiencia emocional intensa. Algunas intervenciones eficaces para el TEPT implican precisamente aproximarse a recuerdos o situaciones que la persona ha estado evitando. La diferencia es que este trabajo se realiza mediante procedimientos estructurados, con objetivos definidos y adaptados a las características del caso, y no mediante una exposición indiscriminada al sufrimiento.
Desde el análisis funcional, terapeuta y persona colaboran además en la identificación de las situaciones en las que aparece el problema, las respuestas que se producen y las consecuencias que pueden contribuir a mantenerlo. La formulación funcional debe entenderse como una hipótesis revisable, construida a partir de la información clínica y modificada cuando la evolución del caso proporciona nueva información.
Comprender por qué una persona evita, permanece alerta o intenta controlar determinadas experiencias tampoco implica considerar estas respuestas «irracionales». Muchas pueden haber tenido una función protectora en el contexto en el que se desarrollaron. El trabajo terapéutico consiste en analizar si continúan siendo útiles en el presente o si, por el contrario, están restringiendo innecesariamente la vida de la persona.
Por eso, validar no significa mantener el problema, del mismo modo que modificar una conducta no requiere juzgarla. Un terapeuta puede reconocer plenamente el sufrimiento de una persona y, al mismo tiempo, ayudarla a modificar estrategias que actualmente están resultando poco eficaces. La empatía y la aceptación de la experiencia de la persona no están reñidas con promover cambios conductuales.
La investigación disponible sobre la relación terapéutica en TEPT resulta especialmente interesante en este sentido. Una revisión sistemática y metaanálisis de 34 estudios encontró que una mayor alianza terapéutica se asociaba con mejores resultados en el tratamiento del TEPT, aunque los propios autores señalan limitaciones metodológicas en parte de la evidencia disponible (Howard et al., 2022). Revisiones específicas sobre personas que han experimentado trauma también han encontrado que la alianza constituye uno de los factores relacionales más estudiados y que, en general, se relaciona con mejores resultados, aunque todavía existe menos evidencia sobre otras características concretas del terapeuta y sobre cómo producen sus efectos (Ellis et al., 2018).
Por tanto, las habilidades terapéuticas no sustituyen a los tratamientos basados en la evidencia, pero tampoco deberían considerarse separadas de ellos. Un protocolo eficaz necesita ser aplicado por un profesional capaz de establecer una relación de trabajo adecuada, escuchar y validar, comunicar con claridad, detectar dificultades, colaborar con la persona y adaptar el proceso sin perder de vista los objetivos terapéuticos.
En definitiva, el tratamiento del trauma requiere integrar tres elementos: procedimientos cuya eficacia haya sido estudiada, una evaluación y formulación individualizada y una relación terapéutica basada en la colaboración, la empatía y el respeto. El objetivo no es que la persona deje de sentir, recordar o experimentar cualquier reacción relacionada con lo ocurrido, sino que pueda recuperar capacidad de elección y desenvolverse en el presente sin que las respuestas aprendidas tras la experiencia traumática sigan limitando innecesariamente su vida.
Conclusiones: diferentes modelos, un mismo objetivo clínico
Hablar de trauma psicológico implica hablar de experiencias que pueden modificar profundamente la forma en que una persona percibe y responde a su entorno. Sin embargo, comprender sus consecuencias requiere ir más allá de identificar síntomas o conocer únicamente lo ocurrido. La historia de la persona importa, pero también importa comprender qué está sucediendo en el presente y qué procesos pueden estar contribuyendo a mantener el malestar.
Desde el análisis funcional, esto implica estudiar cómo se relacionan las respuestas de la persona con las situaciones en las que aparecen y con las consecuencias que pueden contribuir a mantenerlas. Una estrategia que inicialmente pudo resultar protectora puede dejar de serlo cuando se generaliza a contextos diferentes y comienza a limitar la vida cotidiana. Esta perspectiva permite integrar respuestas observables y encubiertas, emocionales, fisiológicas y cognitivas dentro de una formulación individualizada y revisable, sin reducir el trauma a una única explicación causal (Haynes & O’Brien, 1990).
Pero esta mirada no tiene por qué situarse en oposición a otros modelos psicológicos. La psicoterapia contemporánea muestra cada vez más interés por identificar principios y procesos comunes entre diferentes enfoques, al tiempo que reconoce que existen diferencias reales entre sus teorías y procedimientos. La evidencia sobre el TEPT demuestra, por ejemplo, que intervenciones conceptualmente diferentes —como la exposición prolongada, la terapia de procesamiento cognitivo y EMDR— pueden producir mejoras clínicamente relevantes. Esto no significa que sean equivalentes ni que sus explicaciones teóricas sean intercambiables, sino que la eficacia terapéutica no tiene por qué pertenecer en exclusiva a un único modelo de psicoterapia (Fonseca-Pedrero et al., 2021; Lewis et al., 2020).
Esta convergencia permite desplazar el foco de una pregunta centrada en «¿qué modelo tiene razón?» hacia otra mucho más relevante desde el punto de vista clínico: «¿qué necesita esta persona y qué intervención puede ayudarla de manera más eficaz y segura?». La evidencia científica aporta información sobre qué procedimientos funcionan y en qué condiciones; la evaluación clínica permite determinar si son apropiados para una persona concreta; y la relación terapéutica proporciona el contexto interpersonal en el que esos procedimientos pueden aplicarse mediante colaboración, empatía, validación y respeto por la autonomía de la persona (Howard et al., 2022).
Esto tampoco significa que las diferencias entre modelos carezcan de importancia. Las teorías ofrecen distintas formas de conceptualizar el sufrimiento y los tratamientos utilizan procedimientos diferentes. Precisamente por eso, la convergencia no debería entenderse como una mezcla indiscriminada de técnicas, sino como la posibilidad de integrar aquello que la investigación y la práctica clínica han mostrado útil sin convertir las fronteras entre escuelas en el objetivo principal de la intervención.
Desde esta perspectiva, el análisis funcional puede ocupar un lugar complementario. No pretende sustituir al diagnóstico ni a los tratamientos psicológicos con respaldo empírico, sino aportar una metodología para comprender qué respuestas aparecen, ante qué condiciones, qué función pueden cumplir y qué consecuencias están contribuyendo a mantenerlas. Esta información puede ayudar a establecer objetivos y a individualizar la aplicación de intervenciones cuya eficacia ya ha sido estudiada.
En definitiva, comprender el origen de un problema y comprender qué lo mantiene son preguntas diferentes, pero complementarias. Mirar hacia atrás permite comprender la experiencia y su historia de aprendizaje; mirar hacia el presente permite identificar las condiciones en las que el sufrimiento continúa organizando la conducta. Y ambas perspectivas pueden ponerse al servicio de una misma finalidad: ayudar a la persona.
Quizá este sea el punto de encuentro más importante entre los distintos modelos psicoterapéuticos. Más allá de las diferencias conceptuales entre escuelas, el objetivo clínico debería ser común: utilizar el mejor conocimiento científico disponible, escuchar y comprender a la persona, evaluar sus necesidades de manera individualizada y ofrecer una intervención que contribuya a recuperar su capacidad de elección y mejorar su calidad de vida.
Por ello, abordar psicológicamente el trauma no debería convertirse en una disputa entre modelos, sino en un ejercicio de responsabilidad clínica y científica. La pregunta fundamental no es qué enfoque pertenece al terapeuta, sino qué puede aportar ese conocimiento —y qué procedimientos han demostrado funcionar— para que la persona pueda dejar de vivir organizada por las consecuencias de aquello que ocurrió y recuperar progresivamente su vida en el presente.
Fuentes y recursos de información
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