De los mandatos de masculinidad a la violencia masculina

Cómo la cultura heteropatriarcal moldea la violencia masculina.

De los mandatos de masculinidad a la violencia masculina
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Los mandatos de masculinidad

Es cosa sabida que el reino animal, en su conjunto, está guiado por el instinto de supervivencia, debido al cual los animales cazan, se aparean y conquistan sus respectivos territorios en aras a procurar la pervivencia de la especie.

Respetan los ciclos estacionales en las migraciones y, muchos de ellos, aprendieron a guardar provisiones para las épocas de escasez. Tienen sus propias leyes de linaje y los combates entre los machos representan muestras de fortaleza y belicosidad, al objeto de ocupar el lugar de privilegio en la manada. Un lugar de prebendas, con la responsabilidad de proteger a los suyos ante los ataques externos.

Se convierten en dueños de su particular manada y protectores de sus dominios. Ciertamente, si somos aficionados a documentales en donde se graban escenas de caza y depredación, podremos pensar que es el reino animal un reino salvaje y peligroso. Y lo es. Pero, fundamentalmente, es protector. Es una agresividad puesta en aras de la pervivencia, de la regulación de la especie, de cada especie. Se trata de un no dejarse aniquilar.

El humano y el territorio

Sin embargo, al humano —incluso aquel que pueda portar cierto imaginario narcisista, sabedor de su poder o de su influencia— puede resultarle estimulante mear su territorio e ir ampliando el aroma en un perímetro cada vez más oliente. Ese sí, cabría pensar, presentaría la impronta de superioridad en sus modos, agreda o no agreda a mujer alguna.

Fácilmente, podrá manifestar verbalizaciones rancias, de superioridad, patrimonialistas, pues tiene la idea de que su dinero, poder, seducción o capacidad de influencia puede alcanzar lo apetecible. Hay otros, sin embargo, que se encuentran lejos de estos atributos poderosos, pero opinan de manera similar acerca del valor del dinero y el poder para acceder al logro de lo bello y lo estimulante.

Ciertamente, aquí nos hallamos en los dominios de la cultura heteropatriarcal. Gentes que piensan lo femenino en términos de objeto de consumo, en términos de apropiacionismo, o como lucidamente nombra la prestigiosa antropóloga argentina, Rita Segato, en términos de dueñidad.

Esta misma autora es quien enunció la conocida sentencia que venía a decir que “los agresores sexuales no son enfermos, sino hijos sanos del patriarcado”.

Una frase inquietante, no cabe duda, aunque cierta en gran medida. Cierta, porque la cultura del patriarcado ha domesticado la impronta educativa de nuestras sociedades desde hace mucho tiempo, y ha dejado restos tangibles. Es por ello que hay que tener presente la impronta de los mandatos de masculinidad (cultura heteropatriarcal) en el imaginario colectivo, y sus nuevas presentaciones en el ideario sexual masculino y femenino, principalmente.

Pero, ahondando en la frase de Segato, cabe añadir que ser hijo sano del patriarcado, si bien puede ser una condición necesaria, no queda claro que sea condición suficiente. De lo contrario, nos encontraremos con que la nueva tipología neo-lombrosiana —la referida al axioma "violencia machista", más la máxima de ser hijo normal (de una cultura heteropatriarcal)— hacen dupla diagnóstica, a partir de lo cual cualquier varón con características sexuales masculinas y una cierta (e inexacta) apariencia de normalidad será sospechoso de ser un posible agresor sexual.

Dicho esto, me queda claro que Rita Segato está lejos de pretender dar este uso reduccionista a su emblemática frase. No obstante, en un tiempo en el que las proclamas y frases cortas son utilizadas fuera del contexto narrativo en el que se desarrollan —una época de pancartas y decadencia de la lectura sosegada y la reflexión crítica—, los eslóganes (estos y otros) pueden suscitar idearios peligrosos. Es por ello que los eslóganes al uso debieran de ser propicios, de modo que si bien, por una parte, será interesante que sirvan para hacer piña colectiva en torno a su sentido, por otro lado, será lícito pedir que dicho sentido no sea un tiro errado.

Violencia masculina o violencia machista

Y siguiendo esta línea argumental, vuelvo a entrecomillar el aforismo "mandato de masculinidad", una idea que hace eco con conceptos relativamente recientes, tales como "masculinidades" o "nuevas masculinidades".

Ideas que dejan bien claro que lo que está en juego es la masculinidad transmitida y no la condición biológica de quien por masculino se tiene. De modo que, en lo que a mí respecta, me resulta mucho más acertado denominar a la citada violencia como "violencia masculina" que no "violencia machista", ya que, en el mejor de los casos, el trabajo de depuración podrá pretender "parir" una masculinidad que sustituya la violencia por la palabra, la escucha, la aceptación o la renuncia al consumo del otro.

Agresividad o violencia

Dicho esto, quizás añadiremos que, si bien la agresividad es de origen filogenético —ya que se trata de una puesta en acto de la energía necesaria para pervivir (instinto de supervivencia en el reino animal)—, la violencia cabe ser categorizada como humana, porque incorpora (muchas veces) aspectos que nada tienen que ver con la regulación, sostenibilidad y equilibrio de un sistema, sea este social, familiar o individual.

La violencia es un dispositivo que está latente en el humano, y su desencadenamiento dependerá de reguladores internos y externos (discurso social, mandatos...).

Hablemos un poco de los reguladores internos, esos que marcan la diferencia entre quienes transgreden y quienes no, siendo ambos "hijos no enfermos, sino hijos sanos del patriarcado". O, dicho de otro modo, si la anatomía y el discurso son la condición necesaria... ¿cuál es la condición suficiente?

Ciertamente, los hombres (y los humanos, en general) estamos habitados por una anatomía que aloja un vigor, que no puede llegar a ser regulada por el instinto, como ocurre en el reino animal. En el mundo de los seres que hablan, es el propio lenguaje (y no el instinto) quien hace labores de interdicción entre el propio empuje (pulsión) y el del resto de seres que habitan la sociedad, en aras a regular las relaciones, a través de acuerdos sociales y renuncias éticas.

Dicho empuje, al que llamaremos pulsión, ya que impele y pulsa a la acción (lo hace sin GPS propio), se hace presente de forma ininterrumpida en el seno de nuestro organismo, y es a través de las palabras que conseguiremos modularla, en el mejor de los casos (la imagen de un recién nacido se nos antoja propicia para comprender cómo el contacto hablado lo calma de su malestar).

Sin embargo, las palabras también pueden servir para alentar, atizar el ánimo, incomodar la autopercepción o aleccionar para hacer creer en una cosmovisión determinada. La idea de que la mujer es patrimonio (y otras) es un ejemplo claro, sellado a fuego a través de décadas de costumbrismo heteropatriarcal; un costumbrismo modulado en conductas, canciones, chistes, división de roles y un largo etcétera de ejemplos. Todos ellos sazonados de palabras, argumentos, aseveraciones, imperativos, silencios...

Estamos a falta de un regulador de garantías, tal como lo es el instinto en el reino animal, uno que tenga mayor certeza de no error, pues las palabras se acomodan a la apetencia y no a la necesidad. ¿Por qué esta afirmación?

Instinto versus Pulsión

Retrotraigámonos, por un momento, al libro Sapiens: de animales a dioses, de Yuval Noah Harari, en donde el autor señala que:

"El Homo Sapiens había poblado África Oriental hace 150.000 años, pero no empezó a invadir el resto del planeta tierra y llevar a la extinción a otras especies humanas (neandertales y denisovas, entre otros) hasta hace, aproximadamente, unos 70.000 años”.

Harari no tiene inconvenientes en hablar de un proceso de colonización y esquilma de otras familias homínidas por parte del Homo Sapiens. Un genocidio que coincidió en el tiempo con el acceso del sapiens a la revolución cognitiva y la aparición del lenguaje ficticio, hace 70.000 años, ni más ni menos. Vincular el desarrollo cognitivo de nuestro ancestro al desarrollo de su capacidad de hacer daño parece contradictorio, ya que uno bien pudiera pensar que, a más inteligencia, más cooperación.

Pero, por otro lado, parece tentador pensar que el desarrollo cognitivo y sobre todo el acceso al lenguaje, alejaran al Sapiens de su adaptativo reclamo al instinto como un saber que le procurase la impronta por la caza, el camuflaje o la reproducción. Una impronta que garantizaba la sostenibilidad.

Sin embargo, con el lenguaje, comenzó a crear un pasado y un futuro, ya que los recuerdos y los proyectos se maceran en palabras. Comenzó a no depender de la inmediatez de su necesidad para actuar. Ya no cazaba, sólo, cuando sentía el hambre. Comenzó a tener ideas y a planificar, al disponer de un pasado del que aprendía y anticipar sus necesidades de futuro.

Comenzó a acumular pensando en el mañana, a transaccionar con los excedentes para economizar esfuerzos innecesarios, a formar comunidades de intercambio. Se hizo un estratega. Pero, a su vez, en algún momento, comenzó a rumiar la posibilidad del beneficio propio, y a negociar. Comenzó a ambicionar y, si ya era un estratega de guerra y caza, empezó a serlo de las relaciones sociales. Repito: en algún momento dejó de necesitar y comenzó a ambicionar. Stop.

Necesidad y deseo

Dejó de necesitar y comenzó a desear. Y el deseo (al menos en la teoría lacaniana – Jacques Lacan) no se coloca como una mera prolongación de las necesidades biológicas. El deseo es más que la mera falta que busca satisfacerse, ya que es la consecuencia del vacío que constituye al ser humano y del hecho de que seamos animales lingüísticos.

Por lo tanto, no podemos dejar de desear (incluidos los budistas que abogan por "la vía del no deseo" como medio de autorrealización, siendo obvio que el optar por dicha vía también puede ser leído como un deseo). Y al desear, es fácil orientarnos hacia lo que no tenemos, convirtiéndose éste (el deseo), en deseo de lo que no se tiene. Sin embargo, como bien señala Lacan: "el deseo es deseo. Nunca se satisface del todo”.

Sin embargo, persiste el pulso por lograr la satisfacción, por buscar el alivio, el placer, el descanso. Y aquí conviene no confundirse. El placer regula, alivia, ordena. Está al servicio de la vida: comer, descansar, amar, crear. Es lo que uno añade a la existencia para que sea habitable. Freud lo pensó como un principio económico: bajar la tensión, evitar el exceso.

El exceso (aquí lo llamaremos goce), en cambio, no busca equilibrio. No responde a una necesidad, sino a una pulsión. No se orienta al bienestar, sino a una satisfacción que insiste, incluso cuando duele, incluso cuando daña. Por eso Lacan es tan preciso: el goce va más allá del principio de placer. El goce no cuida la vida; la roza con la muerte. Por eso Pierre Rey dice algo tan brutal como verdadero: el goce es lo que uno sustrae a la muerte.

¿Dónde lo vemos? En la repetición que no podemos soltar. En el vínculo que hiere, pero se insiste. En el exceso que no se disfruta, pero se necesita. En el síntoma que no “sirve”, pero satisface algo del cuerpo. El goce no es moral ni inmoral. Es estructural. Y no se “elimina” con conciencia positiva ni con frases bonitas.

Se lee, se discierne, se limita. Ahí aparece una ética: No la del bienestar permanente, sino la de aprender hasta dónde sí y hasta dónde no. Hacerle un borde. Ponerle palabra. Que la vida no quede al servicio de la pulsión, sino que la pulsión encuentre un lugar donde no destruya el alma propia, ni la ajena.


Artículo anterior:El macho que habita al hombre: la violencia nombrada como machista

Cómo citar este Artículo

Torrealdea Koskorrotza, K. (2026, febrero 24). De los mandatos de masculinidad a la violencia masculina. Actualidad en Psicología. https://www.actualidadenpsicologia.com/de-los-mandatos-de-masculinidad-a-la-violencia-masculina/

Psicólogo Especializado en Psicología Clínica. Formación en psicoanálisis Psicoterapeuta acreditado por la EFTA y la FEAP. Miembro de la AEN (Asociación Española de Neuropsiquiatría)

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