Por qué la risa compartida moldea el apego infantil de formas distintas entre madres y padres

El juego y la risa construyen vínculos de apego seguro en la infancia de formas sorprendentemente distintas al interactuar con madres o padres.

Por qué la risa compartida moldea el apego infantil de formas distintas entre madres y padres
Imagen de © Depositphotos.

¿Cuándo fue la última vez que pensaste en el llanto infantil como una herramienta de supervivencia? En la psicología del desarrollo, las emociones negativas y el estrés siempre han acaparado los reflectores. Sin embargo, un equipo de investigación liderado por Schmiedel (2026) decidió voltear la mirada hacia una emoción profundamente subestimada en la ciencia de las relaciones familiares: la risa.

Históricamente, las intervenciones de crianza nos han enseñado a gestionar los berrinches y calmar las lágrimas, asumiendo que el buen cuidado se trata de apagar incendios emocionales. Pero ser padre o madre es mucho más que evitar el mal comportamiento o consolar el dolor; también implica disfrutar el tiempo juntos. 

Partiendo de esta premisa, el equipo se propuso desentrañar cómo los momentos de alegría pura y compartida alimentan la conexión emocional, cuestionando de paso los estereotipos culturales que dictan quién debe ser el "padre divertido" y quién la "madre seria" en el hogar.

Comprendiendo el apego a través del juego

Para entender la magnitud de este hallazgo, primero debemos hablar de la Teoría del Apego. Tradicionalmente, el apego seguro se define como ese vínculo emocional profundo que permite a un niño usar a su cuidador como una base segura. Básicamente, es la certeza infantil de que "si las cosas salen mal, alguien estará ahí para protegerme". La ciencia ha medido esto observando cómo reaccionan los padres ante el miedo o la angustia del menor.

Pero los investigadores de este proyecto plantearon una hipótesis refrescante: ¿no debería la proximidad generada por el placer y la risa ser igual de importante para construir esa base segura? Al elegir a niños en etapa preescolar (entre tres y cinco años), el equipo apuntó a un periodo crítico. Es en estos años cuando los pequeños ganan independencia motora y verbal, y cuando el juego activo, a menudo físico, se convierte en el lenguaje principal de conexión con sus cuidadores.

La meta era doble. Primero, observar milimétricamente qué estrategias usan papá y mamá para arrancar carcajadas. Segundo, descubrir si esa risa se traduce en un apego más robusto.

Derribando el mito del "padre divertido"

Existe una creencia cultural persistente de que el juego físico, las bromas y el caos lúdico son dominio exclusivo de los hombres, mientras que las mujeres asumen un rol de cuidado más sosegado. Los datos de esta investigación cuentan una historia radicalmente distinta.

Al analizar las interacciones, el equipo agrupó las estrategias en dos grandes categorías: táctiles y de anticipación (como hacer cosquillas, perseguir o levantar al niño por los aires) y de movimiento y sonido (bailar, hacer muecas, cantar con voces extrañas). Sorprendentemente, madres y padres utilizaron estos recursos con tasas de éxito idénticas. Los niños se rieron con la misma intensidad y frecuencia con ambos progenitores.

Esto nos obliga a replantear la narrativa sobre los roles de género en la crianza: las madres son creadoras de alegría y caos lúdico tan formidables como los padres, simplemente no siempre reciben el crédito social por ello.

Diferentes caminos, un mismo destino: La seguridad emocional

Aunque el nivel de diversión fue equitativo, el cómo combinaron estas estrategias y qué impacto tuvieron en el cerebro de los niños reveló matices fascinantes.

Para los padres, la fórmula del éxito radicó en mezclar el contacto físico con la ruptura juguetona de las reglas. Un papá podría hacer ruidos sorpresivos o llamar a los objetos por nombres incorrectos, desestabilizando las expectativas del niño dentro de un entorno seguro. 

El hallazgo clave aquí es que, en la relación padre-hijo, la cantidad de risa generada a través de estas interacciones físicas estuvo directamente asociada con un mayor nivel de apego seguro. El juego físico y sorpresivo parece ser un puente directo hacia la confianza emocional paterna.

Las madres, en cambio, mostraron una inclinación a tejer rutinas predecibles en su juego, integrando rimas infantiles y canciones con movimientos corporales específicos. Aquí surgió la sorpresa metodológica: la cantidad de carcajadas explosivas del niño no se relacionó directamente con la seguridad del apego materno. 

En su lugar, fue el uso de movimientos y sonidos rítmicos por parte de la madre lo que correlacionó con un apego seguro. Es decir, para el vínculo materno, la predictibilidad reconfortante de una canción conocida con gestos juguetones parece construir la sensación de seguridad, incluso si no termina en una risa descontrolada.

Esto sugiere que los niños están decodificando las señales de seguridad de manera ligeramente distinta según el progenitor, valorando la estimulación sorpresiva en los padres y la sintonía rítmica en las madres.

Anatomía de un estudio de laboratorio

Llevar la espontaneidad del juego a la frialdad de un laboratorio no es tarea fácil. El equipo evaluó a 144 familias (madre, padre e hijo) en dos visitas separadas por seis meses. Para capturar la esencia del juego, encerraron a la diada en una habitación vacía, sin un solo juguete, y les dieron una instrucción sencilla pero desafiante: "Haga reír a su hijo durante dos minutos".

Posteriormente, aplicaron un paradigma clásico de separación y reencuentro. Esto implica que el padre sale de la habitación brevemente y vuelve a entrar, lo que permite a los psicólogos codificar cuán rápido el niño se reconforta y vuelve a explorar, el estándar de oro para medir el apego.

Es vital ser cautelosos con lo que estos datos nos permiten afirmar. Como el estudio midió el comportamiento y el apego en una misma ventana de tiempo, no podemos decir con certeza matemática que la risa cause directamente el apego seguro.

 Es perfectamente plausible que la relación sea bidireccional: los niños que ya se sienten más seguros podrían estar más predispuestos a dejarse llevar por el juego desinhibido de sus padres. Además, estamos observando a familias occidentales con alto nivel educativo; las coreografías del humor y el juego varían inmensamente a lo largo y ancho del tapiz cultural global.

La urgencia de la alegría compartida

Vivimos en una era donde la ansiedad parental está por los cielos y el tiempo frente a las pantallas devora las interacciones cara a cara. A menudo, las familias se enfocan tanto en la disciplina, la nutrición y el rendimiento académico que el simple acto de tirarse al suelo a hacer reír a un niño parece un lujo frívolo.

Esta investigación nos recuerda que la risa no es solo entretenimiento; es un andamiaje relacional. Para los padres, el juego ruidoso y de contacto es una inversión directa en la salud emocional de sus hijos. Para las madres, la sintonía juguetona es una extensión vital de su rol como anclas de seguridad.

Si futuros estudios logran rastrear cómo esta alegría compartida protege a los adolescentes contra la ansiedad años más tarde, podríamos estar ante un cambio de paradigma. Quizás debamos dejar de obsesionarnos tanto con cómo reaccionamos cuando nuestros hijos lloran, y empezar a prestar mucha más atención a lo que hacemos para verlos sonreír.¿Podría ser que la receta más subestimada para la resiliencia mental sea, sencillamente, una buena sesión de cosquillas?

Fuentes y recursos de información

Schmiedel, S., Bureau, J., Turgeon, J., Deneault, A., & Gauthier, A. (2026). How fathers and mothers make their children laugh: Associations with the security of parent-child attachment relationships. Journal of Experimental Child Psychology, 264, 106441. DOI: 10.1016/j.jecp.2025.106441