jueves, agosto 6, 2020

¿Cuánto falta? Incertidumbre, ausencia y vacío

 “En un campo
yo soy la ausencia
de campo.
Esto es
siempre así.
Donde sea que esté
 yo soy lo que falta.
Cuando camino
parto el aire
y siempre
el aire ingresa
a llenar los espacios
donde ha estado mi cuerpo.
Todos tenemos
razones
para movernos.
Yo me muevo
para dejar las cosas intactas”.

 Mark Strand “Durmiendo con un ojo abierto”. 1964

Esta Pandemia nos confronta con una época de incertidumbre, de vacíos, ausencias y faltas. Todas las categorías que teníamos medianamente armadas para responder, establecer vínculos y solucionar conflictos cotidianos parecieran haberse caído. Es un momento en el que las estructuras fallaron, no pudiendo dar respuesta a este fenómeno intempestivo que nos dejó en un estado similar al desamparo estructural.

No teníamos los recursos necesarios para enfrentarnos a este fenómeno que golpeó nuestra rutina y nos hizo detenernos, confrontarnos y re pensarnos. No se trata sólo del impacto sobre la estructura psíquica de cada sujeto, sino que también se presenta como un choque respecto a cualquier estructura armada, que se encuentre establecida y posicionada en un grado de certeza inquebrantable.

En este contexto, se pueden precisar dos elementos cruciales en el devenir subjetivo. Estos son, por un lado, La Ausencia en tanto vacío que no se puede nombrar, por lo que genera angustia. Y, por otro, La Falta que es un vacío nombrado, en relación a la carencia y que no le es indiferente la relación con el Otro.

El poema de Mark Strand citado al inicio de este artículo utiliza ambos términos para autodefinir un Yo: “…yo soy la ausencia”, primero y después: “yo soy el que falta”. Ésta es justo la vivencia por la cual transitamos los seres humanos al confrontarnos con el mundo donde nacemos en posición de desvalimiento, topándonos con una ausencia, que nos deja atónitos, perplejos, al inicio.

Pero después, cuando pasamos por el campo de la alienación a los significantes del Otro, el de los primeros cuidados, necesitamos una segunda operación de separación frente ese vínculo inicial que nos sacó de la perplejidad y nos convertimos en ese “Soy el que Falta” o falto en ser (no ser eso que pensaba para el Otro, se es siempre algo diferente, se es un No-Ser).

La falta-en-ser es un concepto fundamental en la enseñanza de Lacán, ya que es condición de deseo, hace al sujeto desear, pero no cualquier cosa, sino un deseo específico y único que se manifiesta en el encuentro con el Otro, quien le da un significado particular al sujeto de manera propia y a quien no le es indiferente que le falte o no.

Falto en ser en cuanto que el Otro me falta y yo le falto al Otro, justo en ese “campo” que nos constituyó como sujetos (el Otro), que Strand describe en el poema como “ausencia de campo”, en esa ausencia de campo, esa ausencia de ser, surge el sujeto. La ausencia y la falta son, en este sentido, quienes posibilitan el deseo, que no es sin el paso por el estado de desamparo originario y el auxilio del Otro.

El acontecimiento de la Pandemia, vivifica y reactualiza el nexo con este Desamparo Estructural, por el cual transitamos todas y todos cuando apenas hicimos contacto con este mundo y sus exigencias.

Este desamparo se trata de un estado desgarrador, que nos confrontó con la Ausencia y la Falta presentes tanto en el mundo exterior que nos esperaba, como en nosotros mismos. Al nacer, las estructuras de protección y amparo existentes en la morada amorosa e idílica de donde veníamos ya no estaban.

Pero tampoco teníamos el equipamiento necesario para afrontar “eso”, imposible de nominar, con lo que nos tropezamos (el mundo). Este encuentro, o más bien desencuentro, sorprende e impacta en el desenlace subjetivo a tal punto que, en el futuro, cada vez que se presente una situación en el orden de lo traumático, que irrumpe las coordenadas establecidas, se recupera este estado de desamparo, detenimiento, desvalimiento y perplejidad.

El Desamparo Estructural se trata del estado originario del sujeto (en palabras de Freud), en el cual el cachorro humano (el recién nacido) se encuentra falto de recursos para valerse por sí mismo, imposibilitado de realizar una acción eficaz y con coordinación para la satisfacción de sus necesidades esenciales (como el hambre, dolor, exceso de luz o sonido, miedo…) a las cuales no puede ni siquiera nombrar, porque son vivencias experimentadas en el cuerpo, sin sentido, jamás transitadas y con la imposibilidad de asociar palabra – sensación.

Se trata de una “vivencia de dolor” mortífera, con la cual somos recibidos y recibidas en este mundo que nos da la Bienvenida. El dolor es allí nuestra primera experiencia con el mundo que nos aloja y deja marcas imborrables en nuestro aparato psíquico que nos acompañarán en nuestro desenlace posterior.

Este vacío sin nombre, homólogo al terror, que produce angustia automática, cuando se transita por el estado de desamparo, es tramitado por el aparecimiento del Otro, quien pone cierta barrera a la angustia, al traducir, leer y hablar al infante.

Se genera allí una dependencia a la omnipotencia del Otro, que llegue a rescatarlo o no, que pueda a asistirlo y nombrarlo. Por ello se asocia inmediatamente con la “Vivencia de Satisfacción”, donde arma una ficción con una satisfacción plena recibida de ese quien llegó a salvarlo.

De ahí la importancia de la palabra creadora de subjetividad que proviene del Otro. Razón por la cual afirmará Lacán que el sujeto es “efecto del lenguaje”, “se constituye en el campo del Otro” y que “es al menos dos”, en relación a los significantes que lo producen, siempre amarrado –sujeto– al Otro, pero irreductible a sus significantes.

Es decir, que ese Otro no lo agota, no puede decir todo sobre el sujeto. Sí, se constituye en él, pero va más allá de eso que el Otro pueda decir sobre él, debido a la operación de separación que produce la falta del Otro y en el Otro.

Esta angustia automática es así creadora, productora de deseo, hace deseante al sujeto cuando lo confronta con el vacío en tanto ausencia. Por lo tanto es necesario atravesarla, pero hace falta convertirla en otro tipo de angustia, una que puede generar una producción de sentido, de lenguaje.

Requiere ser transformada en angustia señal de socorro ante el peligro, que anticipa y advierte la repetición del evento traumático. A partir de esta angustia señal el sujeto podrá producir síntomas, como respuesta, que será una manera de poner afuera el padecimiento e intentar dar un poco de sentido a eso que dejó al sujeto sin aliento.

A partir de ahí es cuando pueden ser desplegados y trabajados en espacios analíticos o de contención estos síntomas, anudándose a nuevas representaciones y fantasías que delimitarán la coyuntura dramática subjetiva.

Esta situación de Pandemia impacta directamente sobre nuestras estructuras, en especial las más herméticamente armadas, las menos flexibles. Cualquier elemento que “faltara” en estas ficciones de ordenamientos aparentemente inquebrantables, podría significar un derrumbe absoluto de esto que parecía estar bien encajado.

Al introducirse esta dimensión de lo angustiante, en cuanto al sin sentido de lo traumático originario, que deja cierta sensación de caos y vacío, con un talante abrumador y sin coordenadas claras, surgen preguntas como ¿Y ahora qué hacemos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Cómo salimos de ésta?

Cuestionamientos no son casuales ni someros. Intentan recuperar una instancia vital en esta incertidumbre, una tarea elaborativa, creativa y necesaria, en relación al acto; una respuesta psíquica ante esto traumático y disruptivo que rompió la barrera antiestímulos.

Es así como frente a ello, se observan hoy diferentes producciones, se arman teorías, sentidos, representaciones, pensamientos… Se observan familias enteras construyendo nuevas maneras de vincularse, leyendo, jugando, buscando respuestas que ayuden a canalizar de alguna manera todas las emociones, sensaciones y afectos de ese Real que irrumpió.

Si bien hoy en día existen diversos métodos para la protección, desinfección y  reducción de la curva de contagio para la protección contra el coronavirus, los efectos colaterales de la Pandemia aún están comenzando a producirse y son desconocidos.

Lo que sí es cierto es que este evento ha provocado una implosión de eso que falla y falta, porque nunca estuvo presente. Se hacen notar los síntomas no reconocidos y que más se preocuparon por ocultar los sujetos y las instituciones, con un nivel importante de exposición. Se necesita la presencia del Otro y el encuentro con los otros, de la manera que se pueda, re-inventados, adaptados a las categorías actuales.

Esta suspensión de cierto ordenamiento social, medianamente sostenido, que produjo el hecho traumático, implicó la creación de otra realidad nueva que, aunque con una cuota importante de incertidumbre y precariedad, otorga cierta calma en este mientras tanto. Se hace necesario acomodar un poco el desajuste que este evento produjo.

En efecto, todo sujeto intenta armar bases medianamente coherentes, estables y previsibles, que le sirven de defensa para la conservación de cierta estabilidad psíquica. Busca “dejar las cosas intactas”, como se titula el poema de Strand, en un intento totalizador. Pero ello no es posible sin la acción, porque el deseo es siempre «deseo de otra cosa», es insaciable, inalcanzable, imprevisible, insuficiente. El deseo está siempre enlazado con movimiento, requiere de esfuerzo; es lo contrario al reposo.

Y en este contexto se hace necesario moverse, correrse de lugar, buscar nuevas estrategias de acción, «hacer algo» en relación al deseo, que pueda producir otro anudamiento de esto que se desanudó, cierta representación que alivie y permita un nuevo andamiaje, con lo que cuente el sujeto en el momento, sin negar la falta, haciéndola parte de la producción.

Como afirma Strand en el poema “Todos tenemos razones para movernos”, tratando de encontrar cierta  organización en esa disyuntiva de dejar intactas las cosas, pero sin dejar de moverse, siendo ausencia, siendo falta, sin campo, dejando que el “aire ingrese a ocupar los espacios” que el paso del cuerpo va dejando.

Este encuentro, entonces, con situaciones no controladas, inesperadas, con esta carga de incertidumbre, podrá servir de andamiaje para el deseo subjetivo, si producimos un acto singular, fuera de lo común, que la acompañe.

En la trayectoria subjetiva, cada uno va elaborando ciertos canales, por los cuales ese deseo va dejando marcas que se convierten en coordenadas, desde las cuales se va produciendo el sujeto.

Este sujeto no es dado de por sí, es una construcción constante y exige revisión, descubrimiento, permeabilidad, cuestionamiento, desencuentro, desarmado – armado y ampliación del margen de acción de lo que se estaba acostumbrado.

El movimiento es posible, sólo si se incorpora la aceptación de la falta, que algo falle, porque la falta es constitutiva y por lo tanto el «TODO» es imposible.

Si llenamos este advenimiento de lo traumático con nuevos objetos inflexibles o con los mismos parámetros con los que nos habíamos movido antes, no podremos producir nada que responda a esta nueva realidad que se nos impone.

Al contrario, incursionaríamos en un vacío lleno de objeto, que produce el mismo efecto angustiante. Esto es, si en un lugar donde debía haber vacío hay objeto, hay algo, en medio de la nada, de la oscuridad, produce angustia. Cuando falta la falta, se detiene el deseo. Es necesario ese espacio, ese vacío, esa falta, por donde el deseo pueda vehiculizarse.

Nos toca encontrarnos con esta realidad diferente, con un mundo que no será el mismo y en él producir nuevas estructuras, permeables de cambios constantes, que asuman la falta como elemento constitutivo e irrenunciable.

Esta falta arma diálogo, permite la ligadura y articulación a los otros. Como diría Lacán: “Amar es dar lo que no se tiene a quien no es”, amar incluye el reconocimiento de la falta propia, para que tenga lugar el Otro y darla al Otro, ubicándolo también como fallado, sabiendo que tampoco es completo.

Estas nuevas estructuras contrastan con el no-discurso capitalista. Por lo tanto desafía las instituciones existentes actuales, donde el modelo establecido es la plenitud como ausencia de experiencias cercanas a la incertidumbre, taponando la falta, alejando de la incertidumbre y, por lo tanto, anulando el deseo.

Rafael Silva
Rafael Silva
Psicólogo, psicoanalista y docente, con amplia trayectoria en la facilitación de procesos de aprendizajes y en producción de subjetividades que generan movimientos en lo singular, grupal y organizacional. Especialista en gestión educativa, psicoanálisis y discapacidad.
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4 COMENTARIOS

    • Gracias por tu comentario Ricardo. Esa es la fuerza del poema… Cuando «faltan» palabras, apelamos a la metáfora para armar un nuevo sentido. Y es un sentido que finalmente no cierra, que queda abierto a la interpretación… No queda todo dicho… Hay siempre más por decir… Saludos

  1. Una vez más tenemos el gusto de leer otra muy acertada producción del Lic Rafael Silva aportando desde el psicoanálisis una visión renovada de nuestra actualidad. Excelente artículo que en esta oportunidad pone la atención en la falta y juega desde el título con ese equívoco, con esa pregunta que a todxs se nos presenta en estos días “cuanto falta” !!
    Pero que interesante es dejar de pensar en el “cuanto” y empezar a pensar que se hace con lo que falta.
    Gracias de nuevo Rafael !

    • Hola Gustavo. Mil gracias por tu comentario. Muy elocuente lo que dices. Tal como comentas, en este tiempo de incertidumbre, lo que falta es que logremos hacer algo con la falta. Dando lugar a ese vacío, podremos intentar producir nuevas subjetividades que re-creen este contexto. Abrazo

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