Chemsex: comprender un fenómeno complejo desde la psicología

El chemsex constituye un patrón de consumo heterogéneo donde el policonsumo y el slamsex incrementan riesgos específicos para la salud física y mental.

Chemsex: comprender un fenómeno complejo desde la psicología

El chemsex hace referencia a un patrón de consumo intencional de sustancias psicoactivas en contextos sexuales, generalmente con el objetivo de intensificar, prolongar o facilitar determinadas experiencias sexuales. El término se utiliza especialmente para describir determinadas prácticas presentes entre hombres gais, bisexuales y otros hombres que tienen sexo con hombres, aunque actualmente también se reconoce su presencia en otros grupos y contextos. Las sustancias utilizadas, las vías de administración, la duración de las sesiones y las prácticas sexuales asociadas pueden ser muy diferentes, por lo que hablar de chemsex no significa hablar de una experiencia única ni homogénea (Maxwell et al., 2019; Amundsen et al., 2024).

En algunas situaciones, estas experiencias pueden desarrollarse durante muchas horas o incluso varios días y pueden implicar el consumo de diferentes sustancias, prácticas sexuales diversas y, en algunos casos, vías de administración que incrementan determinados riesgos. Sin embargo, la presencia de consumo durante una experiencia sexual no implica por sí misma que exista un problema clínico. Algunas personas pueden participar de manera ocasional sin experimentar consecuencias significativas, mientras que en otras el consumo puede adquirir progresivamente un papel más importante y comenzar a interferir en la salud, las relaciones, el trabajo, el descanso o la propia vivencia de la sexualidad.

Por ello, más allá de identificar qué sustancias se consumen, resulta especialmente importante comprender qué función cumple el chemsex para cada persona. En algunos casos puede estar relacionado principalmente con la búsqueda de placer, excitación, desinhibición o nuevas experiencias sexuales. En otros, puede adquirir funciones relacionadas con la conexión interpersonal, la sensación de pertenencia, la reducción de la ansiedad, la soledad, la inseguridad o el afrontamiento de determinadas experiencias emocionales y sociales. Estas funciones pueden coexistir y cambiar a lo largo del tiempo, haciendo necesario comprender el contexto particular en el que aparece y se mantiene la conducta (Lafortune et al., 2021; Oliveira et al., 2023; Mundy et al., 2025).

En este artículo abordaremos el chemsex desde una perspectiva psicológica: qué es, qué sustancias pueden estar implicadas, por qué puede practicarse, cuándo puede convertirse en un problema, qué relación puede tener con la salud mental y sexual y cómo puede intervenir la psicología. El objetivo no es estigmatizar a quienes practican chemsex ni minimizar los riesgos asociados, sino comprender la diversidad de experiencias que existen, identificar cuándo puede aparecer un patrón problemático y analizar qué variables pueden estar influyendo en cada caso. Desde esta perspectiva, la intervención puede orientarse no solo a reducir las consecuencias negativas, sino también a ampliar las alternativas disponibles y favorecer que la persona recupere capacidad de elección.

¿Qué sustancias se utilizan en el chemsex?

El chemsex no hace referencia a una sustancia concreta. Aunque algunas drogas aparecen con mayor frecuencia en este contexto, existe una considerable variabilidad en los patrones de consumo y es habitual encontrar combinaciones de diferentes sustancias. Entre las más estudiadas se encuentran la metanfetamina, la mefedrona y otras catinonas sintéticas, el GHB/GBL, la ketamina, la cocaína y el MDMA. También pueden aparecer otras sustancias, como el alcohol, el cannabis o los nitritos de alquilo, conocidos habitualmente como poppers. Por tanto, hablar de chemsex implica considerar un patrón de consumo y un contexto específico, más que una droga determinada (Maxwell et al., 2019; Georgiadis et al., 2025).

La elección de una sustancia puede estar relacionada con los efectos que se buscan durante la experiencia sexual. Algunas pueden favorecer la activación, la euforia, la desinhibición o el aumento de la energía, mientras que otras pueden modificar la percepción, las sensaciones corporales o la experiencia subjetiva del encuentro sexual. Estas características ayudan a comprender por qué determinadas sustancias pueden resultar especialmente atractivas en este contexto, aunque sus efectos y riesgos pueden variar considerablemente en función de la sustancia, la dosis, la vía de administración y las características de cada persona (Stuart, 2019; Íncera-Fernández et al., 2021).

Una característica especialmente relevante es el policonsumo, es decir, la utilización de varias sustancias durante una misma sesión. Las combinaciones pueden hacer que los efectos sean más impredecibles y aumentar determinados riesgos. A ello se añade que las sesiones pueden prolongarse durante muchas horas o incluso días, favoreciendo la privación de sueño, el agotamiento físico y la repetición del consumo. Por este motivo, la valoración del patrón no debería centrarse únicamente en qué sustancias se utilizan, sino también en cómo, cuánto tiempo y en qué circunstancias se consumen.

Otro patrón específico es el denominado slamsex, término utilizado para describir el consumo de drogas por vía intravenosa en un contexto sexual. Aunque el consumo inyectado puede ser minoritario, introduce riesgos específicos relacionados con la propia vía de administración, especialmente cuando se comparte material de inyección, además de los riesgos asociados a las sustancias utilizadas. Cuando aparece este patrón, resulta especialmente importante incorporar a la intervención las necesidades relacionadas con el consumo, la salud sexual y la reducción de daños (Eustaquio et al., 2024). El documento del Plan Nacional sobre el Sida también señala que el slam constituye una de las modalidades de mayor riesgo dentro de este contexto.

En consecuencia, no existe una única experiencia de chemsex. Las sustancias utilizadas, las vías de administración, la duración de las sesiones, el número de participantes y las prácticas sexuales pueden ser muy diferentes. Esta diversidad es importante desde el punto de vista clínico, porque los riesgos y las necesidades de intervención no pueden determinarse únicamente a partir de la etiqueta chemsex, sino que requieren conocer las características concretas del patrón de conducta de cada persona.

¿Por qué se practica chemsex?

Preguntarse por qué una persona practica chemsex implica ir más allá de identificar las sustancias que consume. Desde una perspectiva psicológica, resulta especialmente relevante conocer qué función cumple el consumo y en qué contexto aparece. Las motivaciones pueden ser diversas y coexistir: búsqueda de placer e intensificación sexual, desinhibición, conexión interpersonal, pertenencia o afrontamiento de emociones y experiencias difíciles (Lafortune et al., 2021; Oliveira et al., 2023).

En algunas personas, el consumo puede facilitar la excitación, prolongar los encuentros o disminuir inhibiciones. En otras, puede funcionar como una forma de afrontar temporalmente la ansiedad, la soledad, la inseguridad, el miedo al rechazo o determinadas experiencias de estigma. También puede proporcionar una sensación de intimidad, conexión o pertenencia, especialmente en determinados contextos grupales (Lafortune et al., 2021; Mundy et al., 2025).

Desde el análisis funcional de la conducta, no se trata de buscar una explicación general al chemsex, sino de individualizar y comprender cómo se configura y mantiene el patrón de conducta en cada persona. Para ello, se analizan los antecedentes, el contexto sexual e interpersonal, las conductas que aparecen durante el consumo y sus consecuencias a corto y largo plazo.

Además, las funciones del consumo pueden ser diferentes y coexistir: búsqueda de placer o determinadas experiencias sexuales, conexión interpersonal, regulación emocional, desinhibición o evitación de experiencias desagradables. Estas funciones pueden cambiar según el contexto y la historia de aprendizaje de cada persona. Por ello, el AFC permite construir una formulación funcional específica del caso, identificando las variables que mantienen el patrón y orientando la intervención hacia la ampliación del repertorio conductual y la recuperación de la capacidad de elección.

Esta perspectiva permite entender por qué dos personas que practican chemsex pueden presentar necesidades muy diferentes. Por ello, una evaluación psicológica no debería limitarse a preguntar qué consume la persona, sino también qué ocurre antes del consumo, qué obtiene inmediatamente después y qué consecuencias aparecen posteriormente. Una sesión puede proporcionar placer o conexión a corto plazo y, posteriormente, asociarse a privación de sueño, agotamiento, conflictos o malestar emocional.

Comprender estas funciones no significa justificar el consumo ni asumir que existe un problema en todos los casos. Significa reconocer que una misma conducta puede cumplir funciones diferentes y que identificarlas permite diseñar intervenciones más ajustadas, trabajando hacia alternativas que ayuden a la persona a obtener placer, conexión, regulación emocional o seguridad sin depender necesariamente del consumo de sustancias.

¿Cuándo puede convertirse en un problema?

Participar en una experiencia de chemsex no significa, por sí mismo, que exista una adicción. El consumo puede producirse de manera ocasional sin generar una alteración significativa. El problema aparece cuando el patrón comienza a producir consecuencias relevantes, resulta difícil de controlar o adquiere un papel cada vez más central en la vida de la persona.

Una de las señales más importantes es la pérdida de flexibilidad. Puede aparecer un aumento de la frecuencia o duración de las sesiones, dificultades para limitar el consumo, intentos repetidos de reducirlo sin éxito o la sensación de necesitar determinadas sustancias para mantener relaciones sexuales, disfrutar de ellas o realizar determinadas prácticas. Estas situaciones pueden ser compatibles con criterios clínicos de los trastornos por consumo de sustancias, aunque su valoración requiere siempre una evaluación individualizada (American Psychiatric Association, 2022).

También es relevante valorar la interferencia en otras áreas de la vida. El consumo puede afectar al trabajo o los estudios, las relaciones personales, la economía, el descanso o el cuidado de la salud. Del mismo modo, merece atención continuar consumiendo a pesar de experimentar consecuencias negativas. Por ello, más que la frecuencia aislada, interesa conocer qué función cumple el consumo, qué consecuencias tiene y hasta qué punto está restringiendo el repertorio de la persona.

En el ámbito sexual, una señal especialmente significativa aparece cuando las relaciones empiezan a resultar difíciles o impensables sin consumir. Si una persona siente que necesita sustancias para experimentar deseo, excitación, confianza o conexión, el consumo puede haber adquirido una función central dentro de su sexualidad. Esto no implica necesariamente un trastorno por consumo de sustancias, pero sí constituye un aspecto clínicamente relevante que conviene explorar.

El patrón también puede complicarse cuando el consumo se convierte en una estrategia habitual para regular emociones desagradables, como la ansiedad, la soledad o la inseguridad. Aunque pueda proporcionar alivio inmediato, depender progresivamente de esta estrategia puede reducir otras formas de afrontar el malestar y relacionarse. A ello se suman las posibles consecuencias posteriores de las sesiones, como privación de sueño, agotamiento, ansiedad o bajo estado de ánimo.

En definitiva, no existe una frontera determinada por el número de veces que se practica chemsex. La evaluación debe atender al control sobre la conducta, sus consecuencias, la interferencia funcional, el craving, la posible dependencia y, especialmente, al lugar que el consumo ha terminado ocupando en la vida sexual y emocional de la persona. Detectar estas señales no pretende convertir cualquier consumo en un problema, sino identificar cuándo puede ser necesario intervenir para evitar que un patrón inicialmente puntual se vuelva rígido y difícil de modificar.

Chemsex y salud mental

La relación entre chemsex y salud mental es compleja y no puede reducirse a una relación de causa y efecto. Algunas personas llegan a estas prácticas sin presentar problemas psicológicos previos, mientras que en otras determinadas dificultades emocionales pueden influir en el inicio o mantenimiento del consumo. A su vez, algunas sustancias y patrones de consumo pueden favorecer o intensificar determinados síntomas psicológicos. Las revisiones sistemáticas disponibles apuntan, por tanto, a una relación potencialmente bidireccional y multifactorial (Íncera-Fernández et al., 2021).

Entre las dificultades descritas en la literatura aparecen ansiedad, depresión, problemas de sueño y malestar emocional. La evidencia procedente de revisiones sistemáticas muestra asociaciones entre el uso sexualizado de drogas y diferentes problemas de salud mental, aunque los resultados son heterogéneos y no permiten establecer una relación causal directa. Por ello, es importante valorar qué factores estaban presentes antes del consumo y cuáles pueden estar relacionados con el propio patrón de consumo (Íncera-Fernández et al., 2021).

El sueño merece especial atención cuando las sesiones se prolongan durante muchas horas o días. La privación de sueño puede afectar al estado de ánimo, la atención y la regulación emocional y, cuando se combina con determinados consumos, puede contribuir a incrementar el malestar psicológico posterior.

Una preocupación específica son los síntomas paranoides y psicóticos, especialmente en relación con consumos intensos o prolongados de sustancias estimulantes como la metanfetamina. Una revisión sistemática centrada específicamente en chemsex y psicosis encontró asociaciones entre determinados patrones de consumo y la aparición de síntomas psicóticos, señalando especialmente factores como el slamsex, el policonsumo y determinados patrones de consumo de metanfetamina. No obstante, los autores destacan las limitaciones metodológicas de la evidencia disponible (Moreno-Gámez et al., 2022).

Desde una perspectiva clínica, también puede establecerse un círculo de mantenimiento: el consumo puede proporcionar inicialmente placer, desinhibición o alivio emocional y, posteriormente, asociarse a insomnio, agotamiento, ansiedad o bajo estado de ánimo. Estas consecuencias pueden incrementar nuevamente el malestar y favorecer otro episodio de consumo.

Por ello, la evaluación psicológica debe explorar qué ocurría antes del consumo, qué sucede durante las sesiones y qué consecuencias aparecen posteriormente. Esta información permite comprender la interacción entre consumo, contexto y salud mental, diferenciando, en la medida de lo posible, factores previos, efectos relacionados con las sustancias y consecuencias del propio patrón de consumo.

Cuando aparecen síntomas psicóticos, ideación suicida, pérdida importante de control, desorientación o un deterioro significativo del funcionamiento, es necesaria una valoración profesional y, cuando proceda, la coordinación con otros recursos sanitarios.

Chemsex, salud sexual y prevención de ITS

Uno de los motivos por los que el chemsex ha recibido una atención creciente en el ámbito sanitario es su posible relación con determinadas situaciones que pueden incrementar la exposición al VIH y a otras infecciones de transmisión sexual (ITS). Durante algunas sesiones pueden producirse relaciones con múltiples parejas, prácticas sexuales prolongadas o relaciones sin preservativo, mientras que los efectos de determinadas sustancias pueden influir en la percepción del riesgo y en la toma de decisiones. Estas situaciones no forman parte necesariamente de todas las experiencias de chemsex ni permiten definir por sí mismas a las personas que lo practican (Maxwell et al., 2019; Eustaquio et al., 2024).

La investigación epidemiológica ha estudiado la relación entre chemsex y diferentes prácticas sexuales, así como su posible asociación con el VIH y otras ITS. Revisiones sistemáticas y metaanálisis han encontrado asociaciones con determinadas prácticas, entre ellas el sexo anal sin preservativo, el sexo grupal o un mayor número de parejas sexuales, así como con infecciones como la clamidia, la gonorrea y la sífilis. Estos resultados deben interpretarse teniendo en cuenta la diversidad de contextos y poblaciones estudiadas (Eustaquio et al., 2024; Satapathy et al., 2025).

Otro aspecto relevante es el slamsex, en el que las sustancias se administran por vía intravenosa. Esta vía introduce riesgos específicos relacionados con la administración de sustancias, especialmente cuando se comparte material de inyección. Por ello, cuando está presente, resulta importante incorporar a la atención sanitaria estrategias de reducción de daños adaptadas a las necesidades de cada persona (Eustaquio et al., 2024).

Al mismo tiempo, es fundamental evitar una visión determinista de la relación entre chemsex y salud sexual. Practicar chemsex no significa necesariamente mantener relaciones sin preservativo, contraer una ITS o adquirir el VIH. Muchas personas incorporan diferentes estrategias de cuidado y prevención, como el uso de preservativo, las pruebas periódicas de ITS o estrategias biomédicas como la profilaxis preexposición (PrEP). La investigación reciente también ha estudiado el uso de PrEP entre hombres gais, bisexuales y otros hombres que tienen sexo con hombres que practican chemsex, mostrando que las estrategias de protección pueden coexistir con el consumo (Gil Miñana et al., 2026).

Esta perspectiva es especialmente importante en la intervención psicológica: no se trata de clasificar a las personas como «de riesgo», sino de comprender qué situaciones pueden aumentar su exposición y qué estrategias de cuidado ya forman parte de su repertorio. Una evaluación adecuada puede explorar cómo influyen las sustancias en determinados momentos, qué situaciones resultan más difíciles de manejar y qué recursos permiten mantener las prácticas de prevención y cuidado.

La prevención, por tanto, puede integrar educación sexual, prevención y detección de ITS, estrategias biomédicas como la PrEP cuando estén indicadas y reducción de daños relacionada con el consumo. Cuando una persona desea modificar o abandonar su patrón de chemsex, estos elementos pueden combinarse con una intervención psicológica dirigida a las variables que mantienen el consumo y a las necesidades específicas que presente.

¿Cómo puede ayudar la psicología en el chemsex?

El abordaje psicológico del chemsex requiere algo más que recomendar que la persona deje de consumir. El consumo puede formar parte de una red de experiencias sexuales, emociones, relaciones y circunstancias concretas que es necesario comprender antes de plantear cambios. Por ello, la intervención debería comenzar con una evaluación individualizada, explorando el patrón de consumo, el contexto en el que aparece, las prácticas sexuales asociadas, sus consecuencias y los recursos de los que dispone la persona.

Una herramienta especialmente útil es el análisis funcional de la conducta, que permite estudiar cómo se configura y mantiene el patrón en cada caso. No se limita a registrar cuánto o con qué frecuencia se consume, sino que analiza los antecedentes, el contexto, las conductas implicadas y sus consecuencias. De esta manera pueden identificarse las variables que hacen que el consumo resulte especialmente relevante para una persona concreta y orientar la intervención hacia ellas.

A partir de esta evaluación pueden establecerse objetivos terapéuticos individualizados. Para algunas personas será adecuado trabajar hacia la abstinencia; para otras, puede ser más apropiado comenzar reduciendo determinados consumos o consecuencias asociadas. Las estrategias de reducción de daños pueden formar parte de este proceso y no son incompatibles con que, posteriormente, la persona decida avanzar hacia otros objetivos. Lo fundamental es que las decisiones se adopten de manera informada y respetando las preferencias y circunstancias de cada persona.

La entrevista motivacional puede resultar especialmente útil cuando existe ambivalencia. Una persona puede reconocer consecuencias negativas del consumo y, al mismo tiempo, valorar algunas de las experiencias que obtiene mediante él. Explorar esta ambivalencia, sus propios motivos para cambiar y la discrepancia entre el patrón actual y aquello que considera importante permite favorecer un proceso de cambio basado en la autonomía, en lugar de recurrir a la confrontación o al juicio (Miller & Rollnick, 2015).

La intervención también puede dirigirse a las variables que mantienen el patrón. Si el consumo está relacionado con determinadas dificultades emocionales, pueden desarrollarse alternativas para afrontarlas; si existe una fuerte asociación entre sustancias y sexualidad, puede ser necesario trabajar progresivamente esa relación; y cuando aparecen dificultades en las relaciones interpersonales, soledad u otras circunstancias relevantes, estas pueden formar parte de los objetivos terapéuticos. No existe, por tanto, una intervención idéntica para todas las personas.

En algunos casos será necesario abordar además problemas de salud mental que preceden o acompañan al consumo. La presencia de ansiedad, depresión, problemas de sueño, trauma o síntomas psicóticos requiere una valoración específica y, cuando sea necesario, coordinación con otros profesionales sanitarios. Más que establecer de antemano qué problema apareció primero, resulta clínicamente más útil comprender cómo interactúan el consumo, el contexto y las dificultades psicológicas en cada caso.

La evidencia específica sobre las intervenciones dirigidas al chemsex todavía es limitada. Una revisión sistemática publicada en 2025 encontró diferentes estrategias de intervención, pero destacó la heterogeneidad de los estudios y la necesidad de desarrollar programas con mayor respaldo empírico (Íncera-Fernández et al., 2025). Asimismo, un metaanálisis reciente encontró efectos de determinadas intervenciones biopsicoconductuales sobre algunas conductas sexuales asociadas a una mayor exposición al riesgo, aunque estos efectos no se tradujeron necesariamente en una reducción del consumo de sustancias (Lagden, 2025).

Este resultado es especialmente relevante porque reducir los daños y reducir el consumo no son necesariamente el mismo objetivo. Una persona puede conseguir introducir cambios que disminuyan determinadas consecuencias negativas antes de modificar sustancialmente su consumo. Reconocer estos avances permite ofrecer una atención más flexible y centrada en la persona.

En definitiva, la intervención psicológica debería partir de la comprensión individualizada del patrón, incorporar las preferencias y objetivos de la persona y combinar, cuando sea necesario, estrategias relacionadas con el consumo, la regulación emocional, la sexualidad, las relaciones interpersonales y la prevención de recaídas. El objetivo no es imponer una determinada forma de vivir la sexualidad, sino ayudar a que la persona pueda tomar decisiones con mayor libertad y disponga de más alternativas cuando el consumo haya comenzado a limitar sus posibilidades.

¿Cuándo y dónde es recomendable pedir ayuda?

Reconocer que el chemsex está generando dificultades no siempre resulta sencillo. A veces la preocupación aparece después de experimentar problemas de sueño, malestar emocional, pérdida de control o dificultades en las relaciones; en otras ocasiones surge simplemente al percibir que el consumo está adquiriendo un lugar cada vez más importante. No es necesario esperar a que exista un problema grave para pedir ayuda.

Puede ser recomendable consultar con un profesional cuando los intentos de reducir o controlar el consumo no funcionan, las sesiones aumentan en frecuencia o duración, el consumo comienza a resultar necesario para disfrutar de las relaciones sexuales o una parte importante de la vida empieza a organizarse alrededor de conseguir, consumir o recuperarse de las sustancias. También cuando aparecen consecuencias que afectan al descanso, el trabajo, las relaciones, la economía o el bienestar psicológico.

Algunas situaciones requieren una atención especialmente rápida, como la aparición de paranoia, alucinaciones, confusión, cambios intensos del estado de ánimo o síntomas que persisten después de que hayan desaparecido los efectos de las sustancias. Ante pensamientos relacionados con hacerse daño o quitarse la vida, es necesario buscar atención sanitaria de manera inmediata.

Pedir ayuda no significa necesariamente que la persona tenga que dejar de consumir de forma inmediata. Una primera consulta puede ser simplemente un espacio para comprender mejor lo que está ocurriendo, identificar necesidades y conocer las diferentes opciones disponibles. Dependiendo de cada situación y de los objetivos de la persona, la intervención puede orientarse hacia la abstinencia, la reducción del consumo, la reducción de daños o la prevención de determinadas consecuencias.

También puede ser especialmente útil recurrir a profesionales, centros y asociaciones con experiencia específica en chemsex, consumo de sustancias y salud sexual. Estos recursos pueden ofrecer una atención más adaptada a las características de cada caso y, cuando sea necesario, facilitar la coordinación entre psicología, medicina, salud sexual y otros servicios. Buscar apoyo en el entorno cercano también puede ser importante: no es necesario afrontar estas dificultades en soledad.

La intervención temprana permite trabajar sobre las dificultades antes de que se acumulen y ofrece más posibilidades para introducir cambios de manera progresiva. Pedir ayuda no es un fracaso ni una etiqueta: es una forma de cuidar de uno mismo. Si sientes que el consumo está empezando a limitar tus posibilidades, que resulta difícil modificarlo o simplemente quieres entender mejor qué está ocurriendo, consultar con un profesional puede ser un primer paso.

Comprender para intervenir: el papel de los profesionales

El chemsex no puede entenderse únicamente desde las propiedades de las sustancias o desde los posibles riesgos asociados a determinadas prácticas sexuales. En cada persona pueden interactuar diferentes variables relacionadas con el placer, la sexualidad, la conexión interpersonal, la regulación emocional, las relaciones y el contexto social. Por ello, la calidad de la intervención depende en buena medida de la capacidad del profesional para comprender esta complejidad sin reducirla a una única explicación.

Los profesionales que trabajan con personas que practican chemsex deberían partir de una actitud abierta, respetuosa y libre de juicios morales. Crear un espacio seguro facilita que la persona pueda hablar de su consumo, su sexualidad, sus prácticas y sus dificultades sin temor a ser juzgada. Esto requiere utilizar un lenguaje inclusivo y respetuoso, realizar preguntas abiertas y evitar asumir de antemano que existe una adicción, un problema de salud mental o una conducta sexual determinada.

La evaluación debería ser individualizada e integral, teniendo en cuenta el consumo de sustancias, las vías de administración, la duración y características de las sesiones, la salud sexual, el estado psicológico, el descanso, las relaciones interpersonales y el contexto en el que se desarrolla la conducta. Las guías de reducción de daños y la literatura científica destacan precisamente la importancia de considerar conjuntamente estas dimensiones, en lugar de abordarlas de manera aislada.

También resulta fundamental desarrollar habilidades de escucha activa, validación y entrevista motivacional, especialmente cuando existe ambivalencia respecto al cambio. El profesional no debería imponer objetivos previamente establecidos, sino ayudar a la persona a explorar qué quiere modificar, qué consecuencias desea prevenir y qué alternativas pueden resultar compatibles con sus valores y circunstancias. La reducción de daños puede formar parte de este acompañamiento, incluso cuando el objetivo final de la persona sea reducir o abandonar el consumo.

La intervención requiere además una perspectiva multidisciplinar. Las necesidades de una persona pueden abarcar simultáneamente la salud mental, las adicciones, la salud sexual y otros aspectos médicos o sociales. Por ello, psicólogos, médicos, enfermeros, profesionales de salud sexual, trabajadores sociales y recursos comunitarios pueden desempeñar funciones complementarias. La coordinación entre profesionales permite evitar que la persona tenga que explicar repetidamente su situación y favorece una atención más completa y coherente.

La evidencia sobre intervenciones específicas continúa siendo limitada, por lo que todavía no existe un único modelo terapéutico que pueda considerarse adecuado para todos los casos (Íncera-Fernández et al., 2025; Lagden, 2025). Precisamente por ello, resulta especialmente importante que los profesionales evalúen, individualicen y adapten la intervención, incorporando las estrategias con mayor respaldo disponible y revisando los objetivos a medida que evoluciona el caso.

Comprender el chemsex no significa normalizar sus posibles consecuencias, del mismo modo que reconocer determinados riesgos no debería conducir a estigmatizar a quienes lo practican. La función de los profesionales no es juzgar la forma en que una persona vive su sexualidad, sino ofrecer un espacio seguro desde el que pueda comprender lo que está ocurriendo, tomar decisiones informadas y, cuando lo necesite, encontrar apoyo para realizar cambios.

En última instancia, acompañar significa no reducir a la persona a su consumo. Significa escuchar, evaluar, informar, coordinar recursos y trabajar conjuntamente para que disponga de más alternativas y pueda recuperar capacidad de elección sobre su consumo, su sexualidad, sus relaciones y su bienestar.

Fuentes y recursos de información

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Arrimada Fernández, M. (2026, octubre 5). Chemsex: comprender un fenómeno complejo desde la psicología. Actualidad en Psicología. https://www.actualidadenpsicologia.com/chemsex-fenomeno-psicologia/

Graduado en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca y con un Máster en Psicología General Sanitaria por la Universidad Alfonso X el Sabio. Asimismo, cuenta con un Máster en Psicoterapia impartido por la Asociación Española para el Fomento y Desarrollo de la Psicoterapia (AEFDP) y el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. También dispone de formación especializada en distintas áreas de la salud mental, destacando el Máster en Actualización en Intervención Psicológica y Salud Mental de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA), así como varios cursos de especialización: Experto Universitario en Trastornos de la Conducta Alimentaria por la Universidad Europea Miguel de Cervantes, Especialista en el Tratamiento de las Adicciones por la Asociación Española de Psicología Sanitaria (AEPSIS), Experto en Mindfulness para profesionales de la salud (UDIMA), Experto en CIE-11 y DSM-5 (UDIMA), Experto Avanzado en el Tratamiento de los Trastornos de la Personalidad (AEFDP) y Experto en Terapias Contextuales de Tercera Generación (AEFDP). Desarrolla su labor como psicólogo sanitario y cuenta con experiencia en distintos contextos clínicos, abordando problemáticas como adicciones, patología dual, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos de la personalidad, ansiedad y depresión, tanto en formato individual como grupal. Ejerce su práctica profesional en centros presenciales, así como en modalidad online a través de BetterHelp

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