Vivimos en una cultura que asume de manera casi automática que el deseo sexual es el motor fundamental detrás de la búsqueda de pareja. Pero, ¿qué ocurre cuando sacamos el sexo de la ecuación? ¿Desaparece también el anhelo de intimidad o simplemente se transforma?
La investigadora Paula Bange (2026) decidió adentrarse en esta paradoja para entender qué buscan realmente las mujeres en el espectro de la asexualidad al imaginar una vida compartida. Junto con las coautoras Laura Botzet, Amanda Shea, Virginia Vitzthum y Tanja Gerlach, el equipo demostró que cuando la atracción sexual pasa a un segundo plano, las expectativas sobre el compromiso y el amor toman caminos profundamente reveladores.
La intimidad sin deseo
Antes de sumergirnos en los datos empíricos, es fundamental aclarar un malentendido común. La asexualidad no es sinónimo de aislamiento emocional ni de frialdad; se define clínicamente como la experiencia de sentir poca o nula atracción sexual hacia otras personas. Sin embargo, este es un espectro amplio.
Dentro del mismo paraguas encontramos a personas demisexuales (que solo sienten deseo sexual tras formar un vínculo emocional profundo), personas gris-asexuales e individuos arrománticos (que tampoco experimentan atracción romántica). La Orientación Romántica opera muchas veces de forma independiente a la sexual.
El equipo partió de una hipótesis fascinante de corte narrativo: si la atracción sexual guía la selección de pareja en la población general —dictando desde a quién miramos hasta con quién nos proyectamos a futuro—, entonces las personas asexuales deberían estructurar sus metas relacionales a partir de prioridades completamente distintas.
Para comprobar esto sin que los resultados se vieran contaminados por diferencias de edad o cultura, los investigadores utilizaron un diseño de "emparejamiento por puntaje de propensión" (propensity score matching).
Imagina este método como un algoritmo de citas que, en lugar de buscar amantes, busca "gemelas estadísticas". Por cada mujer asexual en la muestra, se seleccionó a una mujer heterosexual con su misma edad, país de residencia, idioma y estado civil. Esto garantizó que cualquier diferencia encontrada en la forma de amar se debiera casi exclusivamente a la orientación sexual de las participantes, ofreciendo una ventana prístina a sus mentes.
Los caminos alternativos hacia la conexión humana
Al analizar las respuestas pareadas, la investigación reveló que las mujeres asexuales no carecen de metas interpersonales, sino que son arquitectas de nuevos modelos relacionales.
La redefinición del compromiso a largo plazo
Las participantes asexuales mostraron un desinterés marcado por las relaciones puramente sexuales y por la monogamia tradicional, mostrando una mayor apertura hacia la soltería o la no monogamia consensuada.
Sobre este punto, Bange (2026) destaca que las compañerías platónicas —vínculos profundos de compromiso sin la presión del sexo— resultaron ser una alternativa vital. ¿Por qué importa esto? Porque nos demuestra que evadir el sexo no equivale a evadir el compromiso emocional; simplemente prefieren ecosistemas relacionales donde la intimidad no se negocie a costa de su propia comodidad física.
La paternidad pasa a un segundo plano
Uno de los contrastes más fuertes frente a las mujeres heterosexuales fue la drástica caída en el deseo de tener hijos. Evitar la maternidad en este contexto no es solo una elección sobre criar niños, sino una estrategia adaptativa.
Tener descendencia a menudo ancla a las personas a estructuras familiares tradicionales y a la expectativa del coito. Al renunciar a la paternidad, las mujeres asexuales ganan libertad para diseñar trayectorias de vida alternativas y menos restrictivas.
Lo universal frente a lo prescindible en la pareja
A la hora de calificar a su compañero ideal a largo plazo, todas las mujeres (asexuales y heterosexuales) coronaron la amabilidad, el apoyo mutuo, la educación y la inteligencia como rasgos no negociables. Sin embargo, el grupo asexual le restó drástica importancia al atractivo físico, la experiencia sexual, la confianza dominante y la seguridad financiera.
En psicología evolutiva, el físico y las finanzas suelen leerse como indicadores de "aptitud reproductiva". La lección aquí es clara: cuando despojamos al vínculo de su carga reproductiva, el currículum biológico de la pareja pierde peso frente a su pura y simple calidad humana.
El reflejo de la autopercepción
Curiosamente, las mujeres asexuales se calificaron a sí mismas más bajo en confianza, atractivo físico y experiencia sexual que sus contrapartes heterosexuales. ¿Cómo interpretamos este dato? Las personas tendemos a buscar parejas que posean un nivel de "deseabilidad" similar al que creemos poseer.
Esta concordancia entre cómo se ven a sí mismas y lo que exigen del otro subraya que la selección amorosa es siempre un espejo de nuestro autoconcepto, y que los retos de autoimagen que enfrentan las minorías sexuales moldean activamente su vida romántica.
El deseo y sus fronteras
Para llegar a estas conclusiones, se extrajeron datos de la inmensa Encuesta de Pareja Ideal, partiendo de más de 51,000 respuestas, aislando finalmente entre 646 y 780 mujeres mediante el meticuloso emparejamiento estadístico. El resultado fue un conjunto de datos robusto que ilumina un rincón oscuro de la literatura científica.
No obstante, la ciencia siempre avanza reconociendo sus propios límites. Como la encuesta original empleó una sola pregunta para que las participantes se autodefinieran, es imposible saber qué proporción de la muestra asexual era además arromántica o demisexual.
Agrupar identidades tan diversas puede enmascarar variaciones sutiles pero críticas en el deseo. Además, como la muestra final consistió casi exclusivamente en mujeres de países occidentales como Estados Unidos y Alemania, no podemos decir con certeza cómo se viven estas dinámicas desde identidades masculinas, de género diverso, o en culturas con distintas presiones familiares.
Repensando el mapa de las relaciones humanas
¿Cómo cambia esto lo que creíamos saber sobre el amor humano? Históricamente, tanto la medicina como la cultura pop han diagnosticado la falta de sexo como un síntoma de relaciones fallidas o de disfunción individual. Sin embargo, asumir que el deseo erótico es universalmente indispensable termina patologizando a quienes construyen su felicidad sobre otros cimientos.
Si el éxito y la profundidad de un vínculo no dependen de la frecuencia sexual o del atractivo físico, se nos abren las puertas a nuevas y ricas formas de convivencia. Si futuros estudios logran diseccionar mejor el impacto cruzado entre el arromanticismo y la asexualidad, seguramente descubriremos una tipología del apego mucho más compleja. Al final, quizás la compasión y la intimidad genuina no requieran de los moldes tradicionales de la monogamia, sino apenas del coraje para construir relaciones a nuestra propia medida.
Fuentes y recursos de información
Bange, P., Botzet, L., Shea, A., Vitzthum, V., & Gerlach, T. (2026). What Do Asexual Women Want? A Propensity Score Matching Study of Preferred Relationship Options and Ideal Partner Preferences. Archives of Sexual Behavior, 55, (1), 345-368. DOI: 10.1007/s10508-025-03365-2