La herramienta del círculo de influencia y el círculo de preocupación para la resolución de problemas

Optimiza tu toma de decisiones con la técnica del círculo de influencia y preocupación.

La herramienta del círculo de influencia y el círculo de preocupación para la resolución de problemas
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La herramienta del círculo de influencia y el círculo de preocupación

En la vida cotidiana, tanto en el ámbito personal como profesional, las personas se enfrentan a múltiples problemas, incertidumbres y fuentes de estrés. Muchas de estas preocupaciones parecen escapar a nuestro control directo, lo que puede generar frustración, ansiedad y una sensación de impotencia. En este contexto, Covey (2021) propone una herramienta conceptual sencilla pero funcionalmente útil: el rculo de preocupación y el rculo de influencia, desarrollada en el marco de su primer hábito, Ser proactivo, en el libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva.

Esta herramienta permite identificar en qué aspectos de una situación tenemos capacidad real de acción y en cuáles no, ayudando a redirigir la energía mental y conductual hacia aquello que sí podemos modificar. De este modo, se convierte en un recurso clave para la resolución de problemas, la toma de decisiones y la gestión del estrés.

¿En qué consiste la herramienta del círculo de influencia y el círculo de preocupación?

Según Covey (2011), el rculo de preocupación engloba todas aquellas situaciones, eventos o condiciones que generan inquietud en una persona, pero que no dependen directamente de su conducta. Ejemplos de ello son la situación económica global, las decisiones políticas, el clima, el comportamiento pasado de otras personas o determinados acontecimientos del futuro. Aunque estos factores influyen en nuestra vida, no están bajo nuestro control directo.

Por otro lado, el rculo de influencia está compuesto por aquellos aspectos sobre los que sí podemos actuar de forma directa o indirecta: nuestras decisiones, actitudes, hábitos, respuestas emocionales, habilidades comunicativas y conductas cotidianas. Este círculo es, por definición, más reducido que el de preocupación, pero representa el espacio real desde el cual se puede generar cambio.

Covey (2011) sostiene que las personas reactivas tienden a centrar su atención en el círculo de preocupación, dedicando tiempo y energía a quejarse, culpar o anticipar escenarios negativos. En cambio, las personas proactivas enfocan su atención en el círculo de influencia, asumiendo responsabilidad sobre lo que pueden cambiar y aceptando con mayor serenidad aquello que escapa a su control.

Desde el análisis funcional de conducta, esta distinción puede entenderse como una discriminación entre variables sobre las que la conducta puede producir cambios y aquellas sobre las que no existe control directo. Es decir, a lo largo de su historia, la persona aprende en qué situaciones sus acciones tienen consecuencias efectivas y en cuáles no.

En este sentido, centrarse en el círculo de influencia implica identificar qué aspectos de la situación son realmente modificables —como la propia conducta, el contexto inmediato o las consecuencias— y actuar sobre ellos, mientras que el círculo de preocupación incluiría variables más amplias que, aunque relevantes, no pueden alterarse directamente mediante la acción individual (Froxán, 2020).

Además, la experiencia de control puede entenderse como el resultado de un historial en el que la conducta ha sido seguida de consecuencias consistentes. Cuando una persona experimenta que su comportamiento produce cambios en el entorno, aumenta la probabilidad de respuestas activas y orientadas a la solución, lo que se asocia con menores niveles de estrés y mayor ajuste en contextos como el laboral (Padmanabhan, 2021). Del mismo modo, el contacto con contingencias controlables facilita una mejor regulación emocional, especialmente en situaciones de incertidumbre o amenaza (Large et al., 2016).

En este sentido, la utilidad del modelo de los círculos no reside en cambiar ideas abstractas, sino en facilitar la identificación de aspectos modificables de la situación y promover acciones que aumenten el contacto con consecuencias relevantes, favoreciendo así una adaptación más eficaz al entorno.

¿Cómo podemos aumentar nuestro círculo de influencia?

De acuerdo con Covey (2011), el tamaño del círculo de influencia no es fijo, sino dinámico. Puede expandirse o contraerse en función de las conductas que la persona emite y de las contingencias con las que entra en contacto. Cuando el comportamiento se dirige principalmente hacia variables no modificables, disminuye la probabilidad de obtener consecuencias efectivas, lo que favorece patrones de pasividad, evitación o queja. Por el contrario, cuando la conducta se orienta de forma consistente hacia aspectos modificables, aumenta el contacto con consecuencias relevantes y, con ello, la probabilidad de seguir actuando en esa dirección (Froxán, 2020; Martin & Pear, 2008).

Una de las formas principales de ampliar el círculo de influencia consiste en reorganizar la conducta verbal en términos más funcionales. Expresiones como “no puedo”, “no depende de mí” o “es culpa de otros” suelen estar asociadas a una menor emisión de conductas activas, mientras que preguntas como “¿qué puedo hacer ahora?” o “¿cuál es el siguiente paso?” facilitan la identificación de acciones posibles y aumentan la probabilidad de respuesta orientada a la solución (Froxán, 2020).

Otra vía relevante consiste en ampliar el repertorio conductual. El desarrollo de habilidades como la planificación, la comunicación o la regulación de la respuesta emocional incrementa las alternativas disponibles ante una misma situación, aumentando la probabilidad de emitir conductas eficaces. Cuanto mayor es el repertorio disponible, mayor es la capacidad de influir en el entorno. En este sentido, un mayor contacto con situaciones en las que la conducta produce efectos claros se asocia con menor estrés y mayor bienestar (Padmanabhan, 2021), en línea con el papel de las consecuencias en el mantenimiento de la conducta (Martin & Pear, 2008).

Asimismo, dejar de responder de forma reiterada ante variables no controlables —por ejemplo, mediante la rumiación o la queja— permite reducir conductas que no generan consecuencias útiles y redirigir el comportamiento hacia aspectos modificables, favoreciendo un uso más eficiente del tiempo y del esfuerzo (Froxán, 2020).

Cómo se consolida el cambio conductual

La práctica sostenida de conductas dirigidas al círculo de influencia produce un cambio progresivo en las contingencias. A medida que la persona actúa sobre variables modificables y obtiene resultados, aumenta el contacto con consecuencias reforzantes, lo que incrementa la probabilidad de repetir estas conductas (Martin & Pear, 2008).

Este proceso implica que la conducta empieza a estar controlada por sus efectos en el entorno, lo que favorece respuestas más activas y reduce los patrones de evitación o pasividad. Como resultado, se observa un mejor ajuste psicológico, menores niveles de estrés (Padmanabhan, 2021) y una mayor capacidad de regulación emocional en situaciones de incertidumbre (Large et al., 2016).

En este sentido, el valor del círculo de influencia no reside en modificar ideas abstractas, sino en facilitar la identificación de variables modificables y promover acciones que aumenten el contacto con consecuencias relevantes, permitiendo un cambio progresivo y sostenido en la conducta.

Ejemplo de aplicación del círculo de influencia desde el análisis funcional de la conducta

Desde la psicología cognitivo-conductual, y en particular desde el análisis funcional de la conducta, la herramienta del círculo de influencia y el círculo de preocupación puede utilizarse como un marco para discriminar variables controlables e incontrolables dentro de una situación problema. Este enfoque permite identificar qué elementos del contexto mantienen una conducta desadaptativa y sobre cuáles es posible intervenir de forma directa.

Situación problema

Una persona experimenta estrés sostenido en su trabajo y manifiesta conductas de evitación, como posponer tareas, revisar constantemente el correo o quejarse de la situación laboral sin realizar cambios conductuales.

Paso 1: Definición operativa del problema

Desde el análisis funcional, el primer paso consiste en describir la conducta problema de forma observable y medible, evitando interpretaciones internas.

  • Conducta problema: Procrastinar tareas laborales (retrasar entregas, distraerse con actividades irrelevantes).
  • Frecuencia: Diaria.
  • Contexto: Inicio de tareas con alto nivel de exigencia.
  • Consecuencia subjetiva inmediata: Alivio momentáneo del malestar.

Este paso permite diferenciar el problema conductual del malestar emocional que lo acompaña.

Paso 2: Análisis funcional (A-B-C)

Se realiza un análisis funcional básico:

A (Antecedentes):

  • Recepción de una tarea exigente.
  • Plazos ajustados.
  • Presencia de supervisión o evaluación externa.

B (Conducta):

  • Posponer la tarea.
  • Revisar redes sociales o correos irrelevantes.
  • Verbalizaciones de queja (“esto es injusto”, “no debería ser así”).

C (Consecuencias):

  • Reducción inmediata de la activación emocional.
  • Evitación del esfuerzo.
  • A largo plazo: aumento del estrés y acumulación de tareas.

Este análisis muestra que la conducta se mantiene por refuerzo negativo (reducción del malestar a corto plazo).

Paso 3: Aplicación del círculo de preocupación y el círculo de influencia

Una vez identificado el patrón conductual, se introduce la herramienta de Covey para clarificar las variables del contexto.

Círculo de preocupación (variables no modificables directamente):

  • Exigencias estructurales del puesto.
  • Estilo de supervisión.
  • Políticas de la organización.
  • Carga global de trabajo.

Círculo de influencia (variables conductuales modificables):

  • Tiempo dedicado a la tarea.
  • Organización del entorno de trabajo.
  • Respuesta conductual ante el malestar.
  • Estrategias de afrontamiento activo.
  • Uso del tiempo y pausas.

Desde el análisis funcional, la intervención se dirige exclusivamente al círculo de influencia, donde es posible modificar antecedentes y consecuencias.

Paso 4: Intervención sobre antecedentes (A)

Se diseñan cambios conductuales sobre los antecedentes controlables:

  • Dividir las tareas grandes en unidades más pequeñas.
  • Establecer tiempos breves y concretos de trabajo (por ejemplo, 25 minutos).
  • Reducir estímulos distractores del entorno.
  • Planificar el inicio de la tarea en momentos de menor fatiga.

Estas modificaciones reducen la probabilidad de aparición de la conducta de evitación.

Paso 5: Modificación de la conducta (B)

  • Se entrenan conductas alternativas funcionales dentro del círculo de influencia:
  • Iniciar la tarea aunque no se complete.
  • Permanecer en la actividad durante un tiempo previamente definido.
  • Sustituir la queja verbal por acciones específicas.
  • Registrar el tiempo efectivo de trabajo.

El objetivo no es eliminar el malestar, sino cambiar la respuesta conductual ante él.

Paso 6: Ajuste de consecuencias (C)

Se introducen consecuencias que refuercen las conductas proactivas:

  • Autorrefuerzo tras completar bloques de trabajo.
  • Registro visual del progreso.
  • Reducción progresiva de la evitación.
  • Incremento de la sensación de control sobre la tarea.

Con el tiempo, el refuerzo pasa de ser externo a interno, ampliando el círculo de influencia percibido.

Paso 7: Evaluación del cambio conductual

Finalmente, se evalúan los cambios observables:

  • Disminución de la frecuencia de procrastinación.
  • Mayor tiempo efectivo dedicado a la tarea.
  • Reducción del estrés asociado al trabajo.
  • Incremento de conductas orientadas a la solución.

Desde esta perspectiva, el círculo de influencia no se amplía mediante el control del entorno externo, sino a través del aprendizaje de nuevas contingencias conductuales, coherente con el enfoque cognitivo-conductual y con la noción de control percibido descrita en la literatura psicológica (Padmanabhan, 2021).

Integración conceptual

La herramienta del círculo de influencia puede entenderse como un recurso práctico para organizar la intervención sobre una situación problema, permitiendo discriminar dónde tiene sentido actuar y evitando centrar los esfuerzos en variables que no pueden modificarse directamente.

Al dirigir la acción hacia aspectos concretos de la situación —como la conducta propia, el contexto inmediato o las consecuencias— se facilita el cambio en las relaciones entre lo que la persona hace y lo que ocurre después. Esto reduce la probabilidad de respuestas evitativas o de queja, y favorece la emisión de conductas orientadas a la solución.

A medida que la persona actúa sobre variables modificables y entra en contacto con consecuencias relevantes, aumenta la probabilidad de seguir emitiendo este tipo de conductas, lo que contribuye a una mejor regulación emocional en contextos de incertidumbre o demanda (Large et al., 2016). En este sentido, el valor de esta herramienta reside en su capacidad para traducir situaciones complejas en acciones concretas, facilitando una forma de actuación más eficaz y ajustada al entorno (Covey, 2011).

Ejemplo de aplicación del círculo de influencia desde la psicología cognitivo-conductual

La herramienta del círculo de influencia puede utilizarse como una forma práctica de organizar la intervención sobre una situación problema, ayudando a diferenciar qué variables pueden modificarse directamente y cuáles no. Esto permite centrar la acción en aquellos elementos que realmente influyen en la conducta y sus consecuencias.

Situación problema

Una persona experimenta estrés sostenido en su trabajo y presenta conductas de evitación, como posponer tareas, revisar constantemente el correo o quejarse de la situación sin realizar cambios conductuales.

Paso 1: Definir la conducta de forma operativa

El primer paso consiste en describir el problema en términos observables y medibles, evitando explicaciones generales o etiquetas.

  • Conducta problema: posponer tareas laborales
  • Frecuencia: diaria
  • Contexto: inicio de tareas exigentes
  • Consecuencia inmediata: alivio momentáneo del malestar

Esta forma de definir el problema permite identificar con precisión qué está ocurriendo y facilita intervenir sobre ello (Froxán, 2020).

Paso 2: Identificar las relaciones entre antecedentes, conducta y consecuencias

A continuación, se analizan las variables que están manteniendo la conducta:

  • Antecedentes:
  • Recepción de tareas exigentes
  • Plazos ajustados
  • Evaluación externa
  • Conducta:
  • Posponer la tarea
  • Revisar contenidos irrelevantes
  • Quejarse verbalmente
  • Consecuencias:
  • Reducción inmediata del malestar
  • Evitación del esfuerzo
  • A largo plazo: acumulación de tareas y aumento del estrés

Este patrón indica que la conducta se mantiene porque reduce el malestar a corto plazo, lo que incrementa la probabilidad de que se repita en situaciones similares (Martin & Pear, 2008).

Paso 3: Aplicar el círculo de influencia para organizar la intervención

Una vez identificadas las variables relevantes, el modelo de los círculos permite ordenar la intervención de forma clara.

Círculo de preocupación (no modificable directamente):

  • Exigencias del puesto
  • Estilo de supervisión
  • Políticas organizativas
  • Volumen de trabajo

Círculo de influencia (modificable):

  • Inicio de la tarea
  • Organización del tiempo
  • Respuesta ante el malestar
  • Conductas durante el trabajo

Este paso es clave porque permite dejar de invertir esfuerzo en variables no controlables y centrar la intervención en aquellas que sí pueden modificarse (Froxán, 2020).

Paso 4: Modificar los antecedentes para facilitar la conducta

Se introducen cambios en el contexto que aumenten la probabilidad de acción:

  • Dividir tareas en unidades pequeñas
  • Establecer bloques de tiempo concretos (por ejemplo, 20–25 minutos)
  • Reducir distractores
  • Definir claramente el inicio de la tarea

Estos ajustes facilitan la emisión de la conducta al reducir barreras iniciales.

Paso 5: Introducir conductas alternativas más funcionales

En lugar de eliminar la evitación directamente, se sustituyen las conductas problemáticas por otras más útiles:

  • Empezar la tarea aunque sea durante poco tiempo
  • Mantenerse en la actividad un periodo definido
  • Sustituir la queja por acciones concretas
  • Registrar el tiempo de trabajo efectivo

El objetivo no es eliminar el malestar, sino modificar la conducta que ocurre en su presencia.

Paso 6: Ajustar las consecuencias para consolidar el cambio

Para que las nuevas conductas se mantengan, es necesario que estén seguidas de consecuencias relevantes:

  • Registrar el progreso
  • Introducir pequeños refuerzos tras completar bloques
  • Visualizar avances
  • Reducir progresivamente la evitación

De este modo, la conducta empieza a estar controlada por consecuencias diferentes, lo que aumenta su probabilidad de repetición (Martin & Pear, 2008).

Paso 7: Evaluar los cambios observables

Se revisan los efectos de la intervención en términos conductuales:

  • Disminución de la procrastinación
  • Aumento del tiempo de trabajo efectivo
  • Reducción del estrés asociado
  • Mayor número de conductas orientadas a la solución

Este cambio se produce porque la persona comienza a entrar en contacto de forma más frecuente con consecuencias derivadas de su propia conducta, lo que se asocia con un mejor ajuste y menor malestar (Padmanabhan, 2021).

Clave final: cómo se amplía el círculo de influencia

El círculo de influencia no se amplía intentando modificar variables globales o incontrolables, sino interviniendo sobre las relaciones entre la conducta y sus consecuencias en el contexto inmediato. Cuando la persona actúa sobre aspectos modificables —como su propia conducta, el entorno cercano o las contingencias que siguen a sus acciones— aumenta el contacto con consecuencias relevantes, lo que incrementa la probabilidad de seguir emitiendo respuestas eficaces (Martin & Pear, 2008; Froxán, 2020).

Este proceso no depende de un cambio previo en la motivación o en el estado emocional, sino que, en muchos casos, es la propia acción la que genera cambios posteriores en cómo la persona se siente y piensa, tal como se observa en los modelos de activación conductual (Martell et al., 2013). De este modo, pequeñas acciones sostenidas en el tiempo pueden producir cambios significativos en la dinámica del problema, especialmente cuando se diseñan de forma concreta, accesible y repetible, en línea con los principios de formación de hábitos (Fogg, 2021).

De la comprensión a la acción: por qué funciona esta herramienta

Además, la introducción de tareas específicas orientadas a la acción facilita que estos cambios se produzcan en el contexto real de la persona, favoreciendo la generalización y el contacto directo con nuevas contingencias (Beyebach & Herrero de Vega, 2010). A medida que la conducta comienza a producir efectos observables, se fortalece la probabilidad de respuestas activas y orientadas a la solución, lo que se asocia con un mejor ajuste psicológico y menores niveles de estrés (Padmanabhan, 2021), así como con una mejor regulación emocional en situaciones de incertidumbre (Large et al., 2016).

En este sentido, el valor del círculo de influencia no reside únicamente en ayudar a comprender los problemas, sino en organizar la acción de forma eficaz, facilitando la discriminación de variables modificables y promoviendo patrones de conducta que aumenten el contacto con consecuencias relevantes. De este modo, se establece un proceso progresivo en el que la acción eficaz genera resultados, y estos resultados, a su vez, fortalecen nuevas formas de comportamiento, consolidando cambios sostenibles en el tiempo.

Referencias bibliográficas

  • Beyebach, M., & Herrero de Vega, M. (2010). 200 tareas en terapia breve: individual, familiar y de pareja. Herder.
  • Covey, S. R. (2011). Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva. Paidós.
  • Fogg, B. J. (2021). Hábitos mínimos: pequeños cambios que lo transforman todo. Urano.
  • Froxán Parga, M. X. (Coord.). (2019). Análisis funcional de la conducta humana: concepto, metodología y aplicaciones. Pirámide.
  • Large, B., MacLeod, C., Clarke, P. J. F., & Notebaert, L. (2016). It’s all about control: Memory bias in anxiety is restricted to threat cues that signal controllable danger. Journal of Experimental Psychopathology, 7(2), 190–204. DOI: 10.5127/jep.048515
  • Martin, G., & Pear, J. (2008). Modificación de conducta: qué es y cómo aplicarla (8ª ed.). Pearson.
  • Martell, C. R., Dimidjian, S., & Herman-Dunn, R. (2013). Activación conductual para la depresión: una guía clínica. Desclée de Brouwer.
  • Padmanabhan, S. (2021). The impact of locus of control on workplace stress and job satisfaction: A pilot study on private-sector employees. Current Research in Behavioral Sciences, 2, 100026. DOI: 10.1016/j.crbeha.2021.100026
  • Ruiz, M. Á., Díaz, M. I., & Villalobos, A. (2012). Manual de técnicas de intervención cognitivo-conductuales. Desclée de Brouwer.

Cómo citar este Artículo

Arrimada Fernández, M. (2026, marzo 30). La herramienta del círculo de influencia y el círculo de preocupación para la resolución de problemas. Actualidad en Psicología. https://www.actualidadenpsicologia.com/herramientas-circulo-influencia-preocupacion/

Graduado en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) y con un Máster en Psicología General Sanitaria por la Universidad Alfonso X El Sabio (UAX). También cuenta con formación especializada en diversas áreas de la salud mental, cabiendo destacar el Máster en Actualización en Intervención Psicológica y Salud Mental (UDIMA), y varios cursos como el de Experto Universitario en Trastornos de la Conducta Alimentaria (UEMC), Experto en Mindfulness para profesionales de la salud (UDIMA), Experto en CIE-11 y DSM-5 (UDIMA) o Experto en Trastornos de la Personalidad (AEFDP), entre otros.

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