Mudarse a otra ciudad, cambiar de empleo, iniciar una nueva relación amorosa son cosas que muchas veces generan una serie de emociones y sentimientos tanto como positivas como negativas.

El tener que volver a empezar genera incertidumbre, con pensamientos como: ¿Me gustara esta ciudad? ¿Podré hacer un buen trabajo? ¿He encontrado a la persona adecuada? y una serie de preguntas que desatan una tormenta de pensamientos en nuestra mente.

Cuando sentimos que estamos en el lugar correcto, en la casa correcta, en el trabajo correcto y con la persona correcta, sentimos que todo es perfecto, que nada podría ir mejor y que la vida nos ha premiado.

Pero, llega un momento en donde algunas de estas cosas cambian o empiezan a cambiar una por una, sentimos que el mundo se nos ha venido encima, que es el principio de un desastre nuclear y que es algo que nunca podremos superar.

En este punto podemos analizar, ¿Por qué nos asustan tanto los cambios? ¿Qué tiene de malo o peligroso dar un giro de 360 grados a nuestra vida?

Los seres humanos desde nuestros inicios hemos estado expuestos a los cambios, las sociedades cambian, las formas de comunicación y relacionarnos cambian, nuevas formas de realizar nuestras actividades diarias y hasta las formas de aprender cambian.

En el momento en que estos cambios aparecen, nosotros como sociedad manifestamos miedo, preocupación y muchas veces enojo ya que no conocemos lo que viene, pero una vez que llegan los enfrentamos de la mejor manera posible y seguimos adelante.

Entonces, ¿No sería mejor enfrentar de la misma manera cuando un día llegamos a la oficina y nos encontramos con que hemos sido despedidos? ¿No sería mejor aceptar que aquella relación que tanto añoramos ya no le queda más nada y lo mejor es decir adiós?

Si, es cierto, estar sujetos a procesos de cambios no es algo cómodo, muchas veces no estamos preparados para ello, pero, para lo que siempre debemos de estar preparados es que los cambios, tarde o temprano, van a llegar nos guste o no.

Habrá momentos de desesperación, momentos de depresión, situaciones que estarán fuera de nuestras manos en donde lo único que podemos hacer es estar en reposo y esperar, en donde no comprenderemos por qué suceden estas cosas.

Pero también, habrá momentos en donde, aun sin ser conscientes de ello, anhelamos ese cambio, esperaremos con ansias poder hacer algo totalmente opuesto a lo que hacíamos, tomar esa taza de café con quien nunca te atreviste porque sentiste que no era de tu tipo o la chica que no cumplía con tus estándares de belleza, vender todas tus pertenencias, renunciar a tu trabajo y realizar ese viaje tan anhelado para descubrirte a ti mismo y pensar, que a pesar de todo, cambiar no es tan malo.

Los cambios, en sus formas y tamaños nos hacen bien; muchas veces nuestra capacidad para lidiar con ellos es la que hace que se nos dificulta asimilar y aceptar que lo que viene no será igual como lo que alguna vez fue.

Somos seres humanos, somos diferentes, cada uno desde su capacidad y comprensión posee las herramientas necesarias para lidiar con las nuevas experiencias, personas y acontecimientos que la vida nos traerá.

Lo importante en todo estos es que, al momento de experimentar cualquier tipo de cambio, estemos receptivos a lo que viene, con la esperanza y el optimismo de que al final siempre será mucho mejor.

Cuando llegue ese momento habremos madurado, alcanzado otros niveles y tendremos un mayor significado de lo que representó el llegar al lugar en donde nos encontramos hoy en día.

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