Es una idea ampliamente aceptada que crecer en un entorno de pobreza es un factor de riesgo para la salud mental de un niño. Durante décadas, hemos asumido que las dificultades económicas no solo crean estrés por sí mismas, sino que también actúan como un amplificador, intensificando el impacto de otros problemas familiares. Pero, ¿y si esta suposición no fuera del todo precisa?
El problema esencial que muchos investigadores han intentado resolver es cómo la dinámica de una familia —específicamente, la delicada relación entre la salud mental de los padres y el bienestar emocional y conductual de sus hijos— se ve alterada por la falta de recursos. La pregunta clave es: ¿la conexión entre la ansiedad de un padre y los problemas de conducta de su hijo es fundamentalmente diferente si una familia lucha para llegar a fin de mes?
Un estudio publicado en la prestigiosa revista Current Psychology por los investigadores Zeliha Ezgi Saribaz, Lydia Gabriela Speyer, Paul Norman, Agata Debowska y Richard Rowe, aborda directamente esta cuestión, y sus hallazgos podrían cambiar nuestra forma de entender la interacción entre la pobreza y el bienestar familiar.
La teoría del "amplificador" y el vínculo Parental-Infantil
Cuando un padre o una madre atraviesa períodos de estrés, depresión o ansiedad, su capacidad para ofrecer un cuidado sensible y emocionalmente disponible puede disminuir. Esta tensión puede, a su vez, influir en sus hijos, manifestándose en problemas de conducta (externalizantes) como la agresividad, o en problemas emocionales (internalizantes) como la tristeza y la ansiedad.
Para explicar cómo la pobreza encaja en esta ecuación, muchos expertos se han basado en el Modelo del Contexto de Estrés. De forma sencilla, este modelo postula que la pobreza agota los recursos de una familia para hacer frente a las dificultades. Es como tener un "tanque de resiliencia" casi vacío. Cuando surge un nuevo problema —sea el estrés laboral de un padre o una rabieta de un hijo—, su impacto es mucho mayor porque no hay reservas para amortiguar el golpe. Según esta teoría, la relación entre el malestar parental y los problemas infantiles debería ser mucho más fuerte y dañina en familias que viven en la pobreza.
Una mirada profunda a las familias
Para poner a prueba esta teoría, Saribaz y su equipo adoptaron un enfoque metodológico muy avanzado. Utilizaron los datos del Estudio de Cohorte del Milenio del Reino Unido, una fuente de información increíblemente rica que ha seguido la vida de miles de niños desde su nacimiento a principios de la década de 2000 hasta la adolescencia.
La clave de su análisis fue la capacidad de diferenciar dos tipos de efectos:
- Efectos entre-familias: Consiste en comparar a las familias pobres con las no pobres en un momento dado. Es como tomar una fotografía de ambos grupos y buscar diferencias.
- Efectos intra-familia: Este es el enfoque más innovador. Permite observar los cambios dentro de una misma familia a lo largo del tiempo. Por ejemplo, si el nivel de estrés de una madre aumentaba cuando su hijo tenía 5 años, ¿aumentaban también los problemas emocionales de ese niño a los 7 años? Es como ver una película de la dinámica familiar en lugar de una simple foto.
El objetivo era ver si la pobreza actuaba como un moderador. Pensemos en un moderador como un ecualizador de sonido. La pregunta era: ¿la pobreza "sube el volumen" del impacto que el estrés de los padres tiene en sus hijos?
Tras analizar los datos de miles de familias a lo largo de casi dos décadas, los investigadores llegaron a una conclusión sorprendente: la pobreza no moderaba la relación entre la salud mental de los padres y la de los hijos.
En otras palabras, la fuerza del vínculo entre el malestar parental y los problemas infantiles era prácticamente la misma tanto en las familias que vivían por debajo del umbral de la pobreza como en las que no. Esto se cumplió tanto al comparar los grupos (entre-familias) como al observar los cambios a lo largo del tiempo dentro de cada familia (intra-familia).
Estos resultados contradicen directamente las predicciones del Modelo del Contexto de Estrés. Sugieren que la forma en que el bienestar emocional de los padres y los hijos se influye mutuamente es un proceso humano universal, una dinámica que permanece sorprendentemente estable sin importar el nivel socioeconómico.
Los propios autores señalan que su estudio, aunque robusto, tiene limitaciones. Por ejemplo, la pobreza es un fenómeno que puede cambiar con el tiempo, y el estudio se centró principalmente en la situación económica de la familia en la primera infancia. Además, definir la pobreza basándose en un único umbral de ingresos es una simplificación de una realidad mucho más compleja.
Aun así, las implicaciones de este trabajo son profundas. Si bien es innegable que los problemas de salud mental son más frecuentes en familias con bajos ingresos, la dinámica interna de cómo estos problemas se transmiten y se refuerzan entre padres e hijos parece ser la misma para todos.
La conclusión del trabajo de Saribaz, Speyer, Norman, Debowska y Rowe es un llamado a reorientar los esfuerzos. En lugar de diseñar intervenciones radicalmente diferentes para familias de distintos estratos socioeconómicos, el hallazgo respalda la necesidad de crear e implementar programas universales de alta calidad.
Las estrategias que enseñan a los padres a manejar el estrés, que fomentan la comunicación emocional y que ofrecen apoyo a los niños con dificultades tienen el potencial de ser eficaces para todas las familias, porque abordan una dinámica fundamental de la experiencia humana. La prioridad, por tanto, debería ser garantizar que estas intervenciones sean accesibles para todos, eliminando las barreras que impiden a las familias, especialmente a las más vulnerables, recibir la ayuda que necesitan.
Fuentes y recursos de información
Saribaz, Z., Speyer, L., Norman, P., Debowska, A., & Rowe, R. (2025). Does poverty moderate within-family relations between children’s and parents’ mental health?. Current Psychology. DOI: 10.1007/s12144-025-07881-1