Después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, los psicólogos se enfrentaron a una de las preguntas más oscuras y urgentes de nuestra historia reciente: ¿por qué tantas personas apoyan con entusiasmo a dictadores y regímenes opresivos?
Hoy, con crisis globales como la migración masiva y las pandemias exacerbando la tensión social, entender qué nos empuja hacia el autoritarismo es tan vital como entonces.
Durante décadas, la ciencia ha notado un patrón intrigante e innegable. A mayor nivel educativo, menor es la tendencia a apoyar políticas rígidas y punitivas. Pero, ¿realmente estudiar más te hace intrínsecamente más tolerante?
Para resolver este enigma histórico, el investigador Nikolai Haahjem Eftedal y su equipo (2026) diseñaron un ingenioso proyecto estadístico con gemelos para intentar separar el efecto real de la educación de las invisibles influencias genéticas y familiares que todos arrastramos.
El dilema del huevo y la gallina en la psicología política
Antes de sumergirnos en los datos, es crucial entender qué miden exactamente los psicólogos cuando hablan de estos temas. El "Autoritarismo de Derechas" (RWA, por sus siglas en inglés) no es un simple insulto político ni significa únicamente votar por un partido conservador.
Es un constructo o perfil psicológico profundo caracterizado por una fuerte obediencia a las autoridades establecidas, un deseo palpable de castigar a quienes se desvían de las normas y una defensa férrea de los valores tradicionales.
Históricamente, los universitarios suelen rechazar estas jerarquías rígidas mucho más que quienes solo terminan la escuela secundaria. Sin embargo, en psicología, correlación no implica causalidad. ¿Es verdaderamente la exposición a ideas diversas en la universidad lo que disuelve los prejuicios? ¿O será que las personas que nacen con una mentalidad naturalmente abierta tienden tanto a devorar libros en una biblioteca como a rechazar el dogma autoritario?
Aquí es donde brilla el diseño metodológico de esta investigación. Al analizar a gemelos genéticamente idénticos (que comparten el 100% de su ADN) y a gemelos fraternos (que comparten cerca del 50%), quienes además crecieron en el mismo hogar, los científicos pudieron "borrar" las variables familiares de la ecuación.
La premisa: si la universidad realmente cambia tu visión del mundo de forma directa, el hermano que obtuvo un título universitario debería ser notablemente menos autoritario que su gemelo que se detuvo en la educación secundaria, a pesar de compartir los mismos genes y la misma mesa de comedor.
Desentrañando la anatomía de la tolerancia
Tras procesar las respuestas sobre ideología y trayectoria académica, el equipo de Eftedal (2026) confirmó primero el patrón clásico: la educación y el autoritarismo están fuertemente enfrentados. Sin embargo, al desglosar el peso exacto de cada factor gracias a los gemelos, emergieron matices reveladores.
El peso invisible de la cuna
El modelo estadístico demostró que el 47% de la relación entre estudiar más y ser menos autoritario obedece a factores ambientales compartidos. Es decir, el entorno en el que creces hace la mayor parte del trabajo pesado.
Alrededor de un tercio de este efecto familiar proviene directamente de la clase social durante la infancia. Crecer en un hogar con recursos materiales y alto estatus orgánicamente empuja a los jóvenes hacia la educación superior, al mismo tiempo que los blinda contra posturas sociales punitivas.
La sutil influencia del ADN
Un 25% adicional de esta conexión se atribuyó a la genética compartida. Aunque los investigadores notaron que este número no era estadísticamente rotundo por sí solo, sugiere que rasgos fuertemente heredados predisponen a ciertas personas a buscar la estimulación intelectual de la academia y, simultáneamente, a rechazar a los líderes autoritarios.
El verdadero impacto de las aulas
Aquí radica el hallazgo más trascendental. Después de descontar exhaustivamente tanto la genética como la crianza compartida, quedó un 28% de la correlación original flotando sin explicación genética o familiar.
Esta porción es la evidencia más robusta de que asistir a la universidad tiene un impacto directo, causal e independiente en la visión del mundo. La educación por sí sola tiene la capacidad intrínseca de suavizar los impulsos autoritarios.
¿Y qué hay del dinero? Curiosamente, el estudio desmontó una hipótesis muy popular. Algunos argumentaban que ir a la universidad te hace ganar más dinero en la adultez, y que es esa "seguridad económica" la que reduce la ansiedad social y apacigua el autoritarismo.
Pero los datos mostraron que alcanzar un alto estatus económico en la adultez no mediaba esta tolerancia política. Es el proceso educativo, el choque de ideas y el ejercicio del pensamiento crítico lo que moldea la mente, no el cheque a fin de mes.
Una mirada bajo el capó metodológico
Para desenredar esta compleja red, los científicos aprovecharon los formidables datos de 1.264 individuos del Registro Noruego de Gemelos. Utilizaron cuestionarios estandarizados muy validados sobre el respeto ciego a las tradiciones y la necesidad de castigar a los disidentes.
Para medir la clase social, emplearon una herramienta visual impecable: una "escalera" donde los peldaños más altos representan mayor riqueza, pidiendo a los participantes que ubicaran a sus familias en ella tanto en el pasado como en el presente.
Como toda ciencia seria, este trabajo abraza sus limitaciones sin sonar derrotista. Al enfocarse exclusivamente en ciudadanos noruegos de entre 55 y 70 años, estamos observando el impacto de un sistema educativo de hace varias décadas en uno de los países más igualitarios del planeta.
Las aulas y la cultura han cambiado drásticamente. Además, la investigación midió los años totales de estudio, pero no la carrera específica elegida. Sabemos por campos relacionados que estudiar humanidades o sociología suele estar más fuertemente ligado a la apertura mental que estudiar ciertas ingenierías técnicas, un matiz que este modelo no logró capturar y que promete ser la próxima gran frontera de investigación.
Reflexión final en tiempos de polarización
Tradicionalmente, ha existido un discurso un tanto cínico que sugiere que las universidades no "abren la mente" de forma activa, sino que simplemente actúan como filtros pasivos donde se matriculan jóvenes que ya venían con ideas progresistas de fábrica.
Esta investigación nos obliga a rectificar esa visión. Aunque debemos aceptar con humildad que la cuna y los genes importan enormemente y dirigen gran parte de nuestro destino ideológico, la educación formal conserva un poder transformador real e independiente.
Si este 28% de efecto directo se mantiene en sistemas educativos modernos, las implicaciones serían esperanzadoras. Significaría que invertir en el acceso a la educación superior pública no es solo una estrategia indispensable de desarrollo económico para un país; es también una de las vacunas cognitivas más efectivas que tenemos contra el extremismo.
Quizás las aulas no solo formen trabajadores competentes para la industria, sino que esculpan directamente los cimientos psicológicos indispensables para sostener democracias saludables.
Fuentes y recursos de información
Eftedal, N., Kleppestø, T., Czajkowski, N., Eilertsen, E., Røysamb, E., Vassend, O., Sheehy-Skeffington, J., & Thomsen, L. (2026). The Relationship Between Educational Attainment and Right-Wing Authoritarianism: A Discordant Twin Study. Personality and Social Psychology Bulletin. DOI: 10.1177/01461672251407779