Menos relaciones sexuales no siempre significa menos intimidad: qué cambia al convertirse en padres

La recuperación física del cuerpo femenino y la percepción de la imagen corporal influyen significativamente en la reanudación de la sexualidad en el posparto

Menos relaciones sexuales no siempre significa menos intimidad: qué cambia al convertirse en padres
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Imaginemos a dos parejas que acaban de tener un hijo. En una de ellas las relaciones sexuales son mucho menos frecuentes que antes, pero ambos entienden el momento que están viviendo, pueden hablar de lo que necesitan y siguen encontrando espacios para el afecto, el contacto físico y la intimidad. En la otra, la frecuencia sexual no ha disminuido tanto, pero uno de los miembros siente que las relaciones se han convertido en una obligación y el otro interpreta cualquier falta de iniciativa como rechazo.

¿Cuál de las dos tiene una vida sexual satisfactoria?

La pregunta no tiene una respuesta sencilla. Y precisamente ahí está uno de los problemas cuando hablamos de sexualidad durante el embarazo y, sobre todo, después del nacimiento de un hijo: tendemos a utilizar la frecuencia de las relaciones sexuales como si fuera un termómetro de la salud de la pareja. Pero la sexualidad es bastante más compleja.

Deseo, frecuencia sexual, satisfacción, dolor, intimidad, excitación, comunicación o malestar sexual están relacionados, pero no son lo mismo y no necesariamente evolucionan en paralelo (Schwenck et al., 2020). Una pareja puede tener menos relaciones sexuales y sentirse bien con su intimidad. También puede mantener una frecuencia aparentemente similar a la de antes y, sin embargo, vivir la sexualidad con tensión, dolor o sensación de obligación.

Entender estas diferencias ayuda a interpretar mejor uno de los cambios más frecuentes en la transición a la maternidad y la paternidad. Este artículo parte de la revisión sistemática sobre sexualidad de pareja durante el embarazo, el parto y el posparto realizada en mi trabajo de fin de máster.

 La sexualidad cambia cuando cambia la vida

La llegada de un hijo modifica profundamente la organización cotidiana de una pareja. Cambia el sueño, cambia el reparto del tiempo, aparecen nuevas responsabilidades y el cuerpo de la mujer atraviesa el embarazo, el parto y la recuperación posparto. Si hay lactancia, se añaden también cambios hormonales y físicos específicos. Por eso, pretender que la sexualidad permanezca exactamente igual mientras prácticamente todo lo demás está cambiando resulta poco realista.

La investigación realizada durante las últimas décadas muestra de manera consistente que la actividad sexual suele disminuir durante el embarazo y alcanza uno de sus puntos más bajos en los primeros meses después del parto. El deseo también puede reducirse, especialmente durante el posparto temprano, y algunas mujeres experimentan dolor en las relaciones sexuales durante varios meses (DeMaria et al., 2019; Spaich et al., 2020). Sin embargo, detrás de esos patrones generales existe mucha variabilidad.

No todas las parejas parten del mismo lugar ni atraviesan estos cambios del mismo modo. Influyen el tipo de parto, las posibles lesiones perineales, la lactancia, el cansancio, el sueño, la salud mental, la percepción del propio cuerpo, la calidad de la relación previa, la distribución de los cuidados y las expectativas que cada miembro de la pareja tiene sobre cómo debería ser su sexualidad después del nacimiento (DeMaria et al., 2019; Spaich et al., 2020).

Por eso, decir simplemente que «en el posparto baja el sexo» describe una parte del fenómeno, pero explica muy poco.

Frecuencia sexual no es lo mismo que satisfacción sexual

Una de las distinciones más útiles es la que existe entre frecuencia y satisfacción.

La frecuencia responde a una pregunta relativamente sencilla: ¿con qué frecuencia tiene relaciones sexuales una pareja? La satisfacción plantea otra bastante diferente: ¿cómo valora esa pareja su vida sexual? Las dos variables pueden estar relacionadas, pero no existe una equivalencia directa entre ellas (Schwenck et al., 2020).

Una pareja puede desear mantener relaciones una vez por semana y sentirse satisfecha haciéndolo una vez por semana. Otra puede tener exactamente la misma frecuencia y considerar que es insuficiente. Incluso dentro de una misma relación, los dos miembros pueden valorar de forma distinta una frecuencia idéntica.

Esto resulta especialmente importante después de tener un hijo. Si ambos entienden que durante unos meses habrá menos oportunidades, menos energía o menos deseo y viven ese cambio sin malestar significativo, una reducción de la frecuencia sexual no constituye necesariamente un problema.

La dificultad aparece cuando existe una diferencia relevante entre la sexualidad que se está viviendo y la que uno o ambos miembros desearían vivir.

Aquí entra en juego un concepto más útil clínicamente que contar relaciones sexuales: el distrés sexual, es decir, el malestar que una persona experimenta respecto a su sexualidad.

Podemos encontrar un deseo sexual relativamente bajo sin que exista apenas malestar. También podemos encontrar una frecuencia sexual que desde fuera parecería «normal» y que, sin embargo, esté acompañada de frustración, ansiedad o sensación de obligación. Por eso el número de relaciones sexuales, aislado de la experiencia subjetiva y relacional de la pareja, dice bastante menos de lo que solemos pensar (Vannier & Rosen, 2017).

Cuando el deseo no vuelve al mismo ritmo

Una de las situaciones que más conflicto puede generar durante el posparto es la discrepancia de deseo. Es raro que dos personas experimenten exactamente el mismo nivel de deseo sexual durante toda su relación. La discrepancia forma parte de la vida habitual de muchas parejas. Durante el posparto, sin embargo, esa diferencia puede hacerse más visible (Rosen et al., 2018).

Quizá uno de los miembros empieza a recuperar el deseo mientras el otro continúa cansado, siente molestias físicas, está saturado por los cuidados o simplemente todavía no tiene interés sexual.

El problema no es necesariamente que exista esa diferencia. Importa mucho cómo se interpreta.

Una persona puede pensar: «Ya no le atraigo».

La otra puede sentir: «Cada gesto de cariño termina convirtiéndose en una petición de sexo».

Cuando estas interpretaciones empiezan a acumularse, algo que inicialmente podía ser un cambio temporal en el deseo se convierte en una fuente de tensión para la pareja.

El miembro con mayor deseo puede sentirse rechazado, inseguro o poco querido. El de menor deseo puede empezar a experimentar presión y anticipar que cualquier aproximación física acabará exigiendo una respuesta sexual.

Entonces pueden aparecer dos movimientos que se retroalimentan: uno insiste porque necesita sentirse deseado y el otro evita el contacto porque teme que esa cercanía implique tener que mantener relaciones. La distancia aumenta precisamente cuando ambos están intentando proteger necesidades legítimas.

Expresar una necesidad no significa exigir que el otro la satisfaga inmediatamente. Del mismo modo, comprender que la pareja necesita más tiempo no obliga a ignorar indefinidamente las propias necesidades. La cuestión es poder hablar de esa diferencia sin convertir el deseo en una prueba de amor ni el rechazo puntual en un juicio sobre la relación.

El cuerpo también necesita tiempo

En el caso de la mujer, el posparto implica además una recuperación física real que no debería minimizarse. El cuerpo no vuelve automáticamente a su estado anterior después del parto. Puede existir dolor perineal, cicatrices, sequedad vaginal, alteraciones del suelo pélvico o molestias relacionadas con determinadas posiciones. También la lactancia puede asociarse a cambios hormonales que afectan a la lubricación y al deseo (DeMaria et al., 2019; Spaich et al., 2020).

Durante mucho tiempo se ha normalizado en exceso la idea de que las primeras relaciones después del parto «tienen que doler». Es posible que inicialmente aparezcan molestias, pero un dolor persistente, intenso o que lleva a evitar las relaciones sexuales no debería asumirse simplemente como una consecuencia inevitable de ser madre.

El temor al dolor puede formar parte de la experiencia de reanudar la actividad sexual después del parto (Ollivier et al., 2024). Por eso, además de valorar las molestias físicas, conviene explorar cómo se vive esa reanudación y si la persona se siente preparada.

La recuperación sexual necesita respetar el ritmo físico de la mujer y, cuando el dolor persiste, valorar sus causas. Dependiendo de cada caso puede ser necesario consultar con ginecología, fisioterapia de suelo pélvico, medicina o profesionales de la psicología y la sexología.

La imagen corporal no es un detalle menor

La relación con el propio cuerpo también suele cambiar. Durante el embarazo y el posparto el cuerpo se transforma con rapidez; el abdomen, el pecho, el peso, las cicatrices o las estrías pueden modificar la manera en la que una mujer se percibe a sí misma. A esto se suma que partes del cuerpo que anteriormente estaban asociadas principalmente a la sexualidad pasan a tener también funciones vinculadas al embarazo, al parto o a la alimentación del bebé.

No todas las mujeres viven estos cambios negativamente. Algunas desarrollan incluso una relación más positiva con su cuerpo. Otras sienten inseguridad, extrañeza o dificultad para reconocerse.

No basta con responder a esta situación diciendo «pero a tu pareja le sigues gustando». La percepción corporal no depende únicamente de la valoración externa. Una persona puede saber racionalmente que su pareja continúa sintiéndose atraída por ella y, al mismo tiempo, no sentirse cómoda al desnudarse, evitar determinadas posiciones o necesitar tiempo para volver a experimentar su cuerpo como sexual (DeMaria et al., 2019).

Cuando esta incomodidad aparece, conviene entenderla dentro del conjunto de cambios que está atravesando la persona, no como una simple falta de autoestima.

A veces el problema no está dentro del dormitorio

Una pareja con un bebé puede pasar buena parte del día resolviendo tareas: alimentar, cambiar pañales, trabajar, recoger, preparar comidas, dormir cuando se puede, organizar citas médicas o atender a otros hijos. Después llega la noche.

Uno quiere tener relaciones sexuales y el otro solo quiere dormir.

Interpretar esa situación exclusivamente como un problema de libido puede hacernos mirar en el lugar equivocado. El deseo no aparece aislado de las condiciones de vida. El cansancio, la falta de sueño y la sobrecarga influyen en la disponibilidad física y mental para la sexualidad (DeMaria et al., 2019; Ollivier et al., 2024).

La forma en que la pareja afronta conjuntamente el estrés de la crianza puede facilitar o dificultar la conexión. Aquí resulta especialmente útil el concepto de afrontamiento diádico.

El afrontamiento diádico describe cómo una persona comunica su malestar, cómo responde la otra, cómo se apoyan mutuamente y en qué medida determinadas dificultades se entienden como algo que ambos deben gestionar juntos.

No significa que cada problema tenga que resolverse al cincuenta por ciento ni que los dos miembros experimenten las mismas dificultades. El posparto afecta de una manera específica al cuerpo de la mujer y sería absurdo ignorarlo. Pero una pareja puede vivir esos cambios desde posiciones muy diferentes.

Ante el dolor en las relaciones, por ejemplo, uno puede interpretar: «Este es tu problema y tienes que solucionarlo». O puede pensar: «Esto nos está afectando y necesitamos encontrar juntos una manera de mantener la intimidad mientras te recuperas». La diferencia entre ambas respuestas es considerable.

Algo parecido ocurre con el cansancio, la falta de deseo o las inseguridades corporales. Cuando existe apoyo, validación y capacidad para negociar, los cambios sexuales pueden integrarse mejor dentro de la nueva etapa. Cuando predomina la crítica, el reproche o la presión, una dificultad inicialmente transitoria puede convertirse en un conflicto relacional (Schwenck et al., 2022; Tutelman et al., 2022).

Intimidad y sexualidad tampoco son sinónimos

Otro error frecuente consiste en considerar que la intimidad disminuye necesariamente cuando disminuyen las relaciones sexuales. Puede ocurrir. Pero no siempre.

La intimidad incluye sentirse visto, comprendido y cercano al otro. Puede expresarse a través del contacto físico, las conversaciones, las caricias, el humor compartido o determinados espacios que la pareja conserva dentro de una etapa en la que casi toda su atención parece dirigirse al bebé.

Para algunas parejas, después del nacimiento disminuye la frecuencia sexual pero aparecen otras formas de cercanía. Para otras sucede lo contrario: existe contacto sexual, pero han perdido la sensación de conexión (Ollivier et al., 2024; Stavdal et al., 2019).

Esto no significa que debamos quitar importancia a las relaciones sexuales o sustituirlas indefinidamente por otras formas de afecto. Para muchas personas la sexualidad constituye una parte importante de la relación de pareja. Significa simplemente que conviene no reducir toda la intimidad al coito.

De hecho, cuando la penetración resulta dolorosa, existe poco deseo o todavía no se desea retomar determinadas prácticas, ampliar temporalmente el repertorio de intimidad puede evitar que el contacto físico desaparezca por completo. Si cada beso o cada caricia tiene que terminar necesariamente en una relación sexual, el miembro con menor deseo puede empezar a evitar incluso esas muestras de afecto para no generar expectativas. Poder tocarse sin que exista siempre una obligación de continuar puede devolver seguridad al contacto.

¿Cuándo estamos ante un cambio esperable y cuándo ante un problema?

No existe una fecha universal en la que una pareja «debería» haber recuperado su vida sexual previa. Las recomendaciones médicas sobre cuándo es físicamente seguro reiniciar las relaciones tras el parto no indican cuándo una persona debe sentir deseo ni cuándo una pareja tiene que recuperar determinada frecuencia sexual. Son preguntas distintas.

Durante los primeros meses es habitual encontrar cansancio, menor frecuencia sexual, fluctuaciones del deseo y necesidad de adaptación. Por sí solos, estos cambios no constituyen una disfunción. La valoración cambia cuando aparece malestar significativo o persistente (Schwenck et al., 2020; Vannier & Rosen, 2017).

Conviene prestar atención cuando existe dolor que continúa o condiciona las relaciones, miedo intenso ante la actividad sexual, evitación mantenida que genera sufrimiento, discrepancias de deseo que provocan conflicto constante, sentimientos de rechazo o presión, relaciones mantenidas por obligación, deterioro importante de la comunicación o una insatisfacción sexual que uno o ambos miembros no saben cómo abordar.

También es necesario ampliar la mirada. La depresión durante el periodo perinatal se ha asociado con dificultades en la función sexual de la mujer (Galbally et al., 2019). Una sexualidad que se ha deteriorado de forma brusca puede estar relacionada con el estado emocional, con el agotamiento, con problemas de pareja previos o con dificultades físicas que todavía no se han evaluado. Una buena valoración clínica, por tanto, no debería empezar preguntando únicamente «¿cuántas veces mantenéis relaciones?».

Resulta más útil explorar qué ha cambiado, cuándo empezó a cambiar, cómo lo vive cada miembro, si existe dolor, qué ocurre con el deseo, qué expectativas tienen, qué significado atribuyen al rechazo, cómo es su relación fuera de la sexualidad, cómo se distribuyen los cuidados y cuánto malestar genera realmente la situación.

Ese enfoque evita dos errores opuestos: patologizar cambios normales del posparto y normalizar dificultades que sí necesitan atención.

La trampa de intentar volver a ser los de antes

Muchas parejas describen su objetivo diciendo: «Queremos volver a estar como antes».

Es comprensible. El nacimiento del bebé marca con claridad un antes y un después, y resulta natural utilizar la etapa previa como referencia. Pero quizá esa referencia no siempre sea útil.

Después de tener un hijo cambian los tiempos disponibles, el cuerpo, las responsabilidades y la identidad. Pretender reproducir exactamente la sexualidad anterior puede generar una sensación constante de fracaso.

La pregunta quizá no sea cuándo volverá todo a ser igual, sino cómo puede encontrar la pareja una sexualidad satisfactoria dentro de su realidad actual.

En algunos momentos eso implicará aceptar temporalmente una frecuencia menor. En otros, hablar de necesidades que llevan meses sin expresarse. Puede requerir recuperar espacios de pareja, abordar un dolor físico, aprender a comunicar mejor una discrepancia de deseo o dejar de considerar cada acercamiento como una negociación sobre si habrá sexo esa noche. La sexualidad también necesita adaptarse a las etapas de la vida.

Dejar de contar para empezar a comprender

Cuando la sexualidad cambia después del nacimiento de un hijo, merece la pena preguntarse: ¿estamos satisfechos?, ¿nos sentimos cerca?, ¿hay dolor o presión?, ¿podemos hablar de nuestras necesidades y límites?, ¿estamos atravesando este cambio juntos?

Tener menos relaciones sexuales no equivale necesariamente a tener una peor relación de pareja. Tampoco significa que cualquier cambio deba aceptarse sin más.

Entre patologizar el posparto y resignarse al malestar existe un espacio bastante más útil: comprender qué está ocurriendo y qué necesita esa pareja concreta.

Porque después de tener un hijo quizá no se trate necesariamente de volver a ser como antes, sino de aprender a encontrarse de nuevo.

Fuentes y recursos de información

  • DeMaria, A. L., Delay, C., Sundstrom, B., Wakefield, A. L., Avina, A., & Meier, S. (2019). Understanding women’s postpartum sexual experiences. Culture, Health & Sexuality, 21(10), 1162–1176. DOI: 1080/13691058.2018.1543802
  • Galbally, M., Watson, S. J., Permezel, M., & Lewis, A. J. (2019). Depression across pregnancy and the postpartum, antidepressant use and the association with female sexual function. Psychological Medicine, 49(9), 1490–1499. DOI: 1017/S0033291718002040
  • Ollivier, R., Aston, M., Price, S., Sheppard-LeMoine, D., & Steenbeek, A. (2024). “Feeling ready”: A feminist poststructural analysis of postpartum sexual health. Qualitative Health Research, 34(3), 252–262. DOI: 1177/10497323231209842
  • Rosen, N., Bailey, K., & Muise, A. (2018). Degree and direction of sexual desire discrepancy are linked to sexual and relationship satisfaction in couples transitioning to parenthood. The Journal of Sex Research, 55(2), 214–225. DOI: 1080/00224499.2017.1321732
  • Schwenck, G. C., Dawson, S. J., Muise, A., & Rosen, N. O. (2020). A comparison of the sexual well-being of new parents with community couples. The Journal of Sexual Medicine, 17(11), 2156–2167. DOI: 1016/j.jsxm.2020.08.011
  • Schwenck, G. C., Dawson, S. J., Allsop, D. B., & Rosen, N. O. (2022). Daily dyadic coping: Associations with postpartum sexual desire and sexual and relationship satisfaction. Journal of Social and Personal Relationships, 39(12), 3706–3727. DOI: 1177/02654075221107393
  • Spaich, S., Link, G., Alvarez, S. O., Weiss, C., Sütterlin, M., Tuschy, B., & Berlit, S. (2020). Influence of peripartum expectations, mode of delivery, and perineal injury on women’s postpartum sexuality. The Journal of Sexual Medicine, 17(7), 1312–1325. DOI: 1016/j.jsxm.2020.04.383
  • Stavdal, M. N., Skjævestad, M. L. L., & Dahl, B. (2019). First-time parents’ experiences of proximity and intimacy after childbirth – A qualitative study. Sexual & Reproductive Healthcare, 20, 66–71. DOI: 1016/j.srhc.2019.03.003
  • Tutelman, P. R., Dawson, S. J., Schwenck, G. C., & Rosen, N. O. (2022). A longitudinal examination of common dyadic coping and sexual distress in new parent couples during the transition to parenthood. Family Process, 61(1), 278–293. DOI: 1111/famp.12661
  • Vannier, S. A., & Rosen, N. O. (2017). Sexual distress and sexual problems during pregnancy: Associations with sexual and relationship satisfaction. The Journal of Sexual Medicine, 14(3), 387–395. DOI: 1016/j.jsxm.2016.12.239
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Cómo citar este Artículo

Díaz Tenza, J. (2026, octubre 14). Menos relaciones sexuales no siempre significa menos intimidad: qué cambia al convertirse en padres. Actualidad en Psicología. https://www.actualidadenpsicologia.com/cambio-relaciones-intimidad-padres/

Escrito por

Juan Díaz Tenza

Juan Díaz Tenza es psicólogo general sanitario, con formación en sexología y psicología perinatal. Su trabajo y su investigación se centran en la sexualidad y la intimidad de pareja durante el embarazo y después del nacimiento de un hijo. También realiza labores de divulgación y docencia.

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