lunes, septiembre 21, 2020

Los 7 pecados o virtudes capitales

Parece como una cuestión indiscutible lo que concebimos como bueno o malo, cuando de emociones o actos se trata. Sin entrar a si eres creyente de una religión o no, pero por una moralidad universal creada durante siglos por diferentes influencias, entendemos las emociones y sentimientos como positivos o negativos.

Cuando sentimos por ejemplo ira hacia una persona o hacemos un acto de egoísmo, sin previa información del hecho en sí, lo catalogaríamos automáticamente como algo negativo. Pero que decirte que lo que hoy categorizamos como “malo”, un día nos salvó la vida, e incluso llegando a verse como virtudes.

Las 7 Virtudes del Hombre de las Cavernas

Hace tiempo me llamó mucho la atención uno de los videos del canal de divulgación científica CdeCiencia de Youtube. Este video titulado: ¿Qué pasaría si fuéramos libres?, trata sobre cómo se han visto nuestras acciones a lo largo de los siglos, dependiendo de la moralidad de la época.

Pues bien, en la parte que nos interesa aquí, hacia una exposición de como en la época del paleolítico, lo que hoy en día consideramos como nocivo para nosotros y para los demás, estos actos fueron los que nos salvaron la vida y nos hicieron perdurar como especie.

Para hacer una comparativa con la ética actual, toma de ejemplo los 7 pecados capitales y los extrapola a como servían en el pasado. No solo no se veían como algo negativo, sino que eran habilidades necesarias, en lo que podríamos denominarlas; Las 7 virtudes del hombre de las cavernas:

  • Lujuria: Necesaria para mantener las poblaciones frente a las altas tasas de mortalidad
  • Ira: Imprescindible para sobrevivir a las constantes amenazas y agresiones
  • Soberbia: Para mantenerte dentro del grupo y que no te considerasen como el débil
  • Envidia: Para entender a quién tenías que superar para acercarte al jefe de la tribu
  • Avaricia: Por la misma razón de que en un avión tienes que ponerte tú la mascarilla primero, antes que ayudar a los demás
  • Pereza: La comida era escasa y teníamos que ahorrar energía.
  • Gula: Nunca sabíamos cuando íbamos a volver a comer otra vez.

Para comprender como estas características podían verse como virtudes, hay que entender bien el entorno de ese tiempo. Tener en cuenta, que por aquel entonces, éramos nómadas y nos movíamos en grupos, por los que estos eran reducidos y era muy importante estar dentro de él, ya que nuestras probabilidades de sobrevivir dependían bastante de ello.

Por otro lado, las amenazas eran constantes, ya no solo de las fieras que convivían con nosotros, sino por otros grupos que estuviesen por la zona. Por último, puntualizar que con el tema de la comida no hacían como ahora (desayuno, comida y cena), sino que comían cuando habían cazado algo y podían pasar días sin cazar (ya que este era un acto arriesgado y no siempre se podía realizar por las circunstancias externas).

Había que comer todo lo posible antes de que la comida se pusiese mala y coger el máximo de calorías, por la incertidumbre de no saber cuándo volverían a echarse algo a la boca.

Con esta reflexión con el hombre de las cavernas, no quiero hacer alegación a que somos malos, o buenos de per se, sino hacer un llamamiento al viejo aforismo griego “Conócete a ti mismo”, para raspar dentro de nuestros orígenes y comprendernos mejor como seres humanos. Entender nuestras emociones y cuáles pueden ser sus causas, sobre todo comprendiéndolas en el mundo actual en el que vivimos.

Luchando con nuestro cerebro primitivo

Siguiendo con el viaje del autoconocimiento, he de decir, que aunque hayamos evolucionado como especie y nuestro entorno sea mucho más seguro para vivir, nuestro cerebro actual sigue contando con los mismos mecanismos de supervivencia que nuestros ancestros utilizaban para afrontar un peligro de vida o muerte. Esto como veremos a continuación, puede ser fatal para nuestro organismo si lo activamos innecesariamente.

De esta función se encarga la amígdala que proviene del griego que significa almendra, en la que es la parte más primitiva de nuestro cerebro y la responsable de activar los procedimientos de supervivencia en caso de amenaza para el individuo.

Por ejemplo, ante la amenaza de un tigre, nuestro sistema del neocórtex (la parte del cerebro pensante y racional) se queda sin utilizar ya que en ese momento no tiene utilidad ni sentido (no puedes negociar o hacer razonar al tigre) y la amígdala empieza a desarrollar mecanismos ancestrales de supervivencia que pueden desencadenar en tres respuestas: ataque, huida o bloqueo.

Evidentemente en un estado normal, una persona no tiene ninguna posibilidad ante un tigre, para tener alguna posibilidad y optimizar la supervivencia, la amígdala hace unos procedimientos asombrosos con el fin de sobrevivir.

Se lleva toda la sangre a los músculos dejando inutilizado sistemas que en el momento no tienen utilidad, como el sistema reproductor o el digestivo (no tiene sentido que te persiga un tigre y veas una manzana y te la quieras comer), además de la capacidad de razonar, creatividad, reflexión como ya habíamos hablado entre otros que no son necesarios para la vida en ese momento.

Este mecanismo lo tenemos todos los seres humanos y gracias a él hemos sobrevivido como especie cuando vivíamos en cuevas y los depredadores estaban al acecho.

Ahora bien, el problema de esto viene que en la sociedad moderna aunque no hay prácticamente peligros de vida o muerte reales (como el del tigre), la amígdala se ha comprobado que también se activa mediante el peligro mental que nosotros nos creamos.

Si una persona que está en una habitación sin ningún peligro real, pero está pensando constantemente pensamientos tóxicos y negativos auto machacándose por algún problema que le suceda, puede llegar activar los mismos mecanismos que cuando el depredador.

Estos pensamientos cuando son constantes y perseverantes en el tiempo, esas ideas que se crean en la parte prefrontal del cerebro (la parte del raciocinio) cuando son tan continuadas pasan a la amígdala, al creer el cerebro que debe de activar los mecanismos ante una amenaza que en realidad no existe.

Imaginaos lo nocivo que es esto para el organismo, que tu cuerpo ponga en marcha toda esa puesta de energía cuando tu cuerpo en realidad está en reposo y sin riesgo. Se ha comprobado que cuando se da este “secuestro amigdalino”, vienen derivados los problemas de la ansiedad, depresión y estrés en nuestra era, así como problemas de estómago o de impotencia por las funciones que la amígdala activa.

Por tanto, sabiendo como está diseñado nuestro cerebro, y cuáles eran las tendencias en comportamientos que nos hicieron avanzar como especie, podemos ver hoy en día como nos influye esto y cómo lidiar con ello.

Un cromañón en la ciudad

Después de este viaje al pasado de la humanidad, podemos ver como esas “virtudes” del hombre de las cavernas afectan en nuestro día a día. Una vez que conozcamos su origen, podremos entenderlas y poder controlarlas a nuestro favor.

Por ejemplo, con la comida y los problemas con la obesidad. Esta demostrado científicamente que seguimos teniendo una tendencia a los alimentos ricos en grasa. Según David Buss, profesor de Psicología en la Universidad de Austin, en Texas, Estados Unidos, especializado en la Psicología Evolutiva, considera que la razón principal es un resquicio de nuestros antepasados.

Nuestro cerebro sigue recompensándonos por comer todas las calorías que podamos tomar con el fin de sobrevivir, a diferencia que en la sociedad occidental actual nadie necesita cazar sus alimentos para comer. Ser presos de nuestros instintos primarios derivan a una obesidad o un estilo perjudicial para salud.

En exceso esta dependencia emocional al igual que con el amor de pareja, provocan grandes quebraderos de cabeza en nuestra sociedad.

Otro de los papeles que más juega con nuestros instintos más primarios son las redes sociales. Aunque la mayoría de las conexiones son superficiales, nuestro cerebro primitivo ansia seguir conectando cada vez con más gente, haciéndose sentir seguro, ya que en una época estar fuera del grupo podía costar la vida.

Por último, en esta comparativa para ver cómo se conectan nuestros instintos con la vida actual, seguimos siendo violentos por naturaleza. Esa violencia se ha transformado y canalizado en muchos de los deportes que hoy en día son exitosos y más generan dinero, como el boxeo o la UFC.

Por otro lado, un estudio revelaba que la mayoría de los videojuegos que más se han vendido en la historia, contenían contenido violento, como puede ser el famoso «Grand Theft Auto«. No olvidarnos que la mejor película catalogada de todos los tiempos es «El Padrino» y ya veis cuál es su temática.

Creo que toda esta reflexión, nos puede hacer entender mejor nuestras emociones y no pelearnos con ellas, sino entenderlas y como aprovecharlas. Permitírnoslas porque no hay malas o buenas, sino adecuadas para cada momento de la vida. Aristóteles decía: “Enojarse es fácil. Enfadarse con la persona adecuada en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto; eso sí que es difícil”

Siguiendo con la frase tan acertada de Aristóteles, creo que todas las emociones y sentimientos, son necesarios y como hemos visto forman parte de lo que hoy somos hoy en día.

Al igual que una receta, todos los ingredientes son necesarios, la clave está en qué medida ponerlos. Pensar que hasta la ralladura de limón (una cosa bastante acida), se le echa a los pasteles más dulces y deliciosos.

Referencias
Mariano Nieto Romero
Mariano Nieto Romerohttps://marianonr.wixsite.com/lacarabdelavida
Graduado en Relaciones Laborales y Desarrollo de Recursos Humanos por la Universidad de Castilla-La Mancha, con mención en gestión de personal. Master en Psicología del trabajo, de las Organizaciones y Gestión de Recursos Humanos por la Universidad Complutense de Madrid. Cuenta con experiencia en diferentes áreas de recursos humanos, siendo su principal interés el desarrollo de personas. Esta motivación le ha llevado a dar diferentes ponencias sobre capacitación laboral, así como crear el blog de crecimiento personal: “La Cara B de la Vida”.
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