lunes, octubre 18, 2021

La pandemia y el encuentro con uno mismo

En varios lugares del mundo se viene presentando una disminución paulatina del numero de muertes y contagios graves a causa del Covid-19, las medidas adoptadas, los confinamientos selectivos y las vacunas parecen comenzar a tener efecto en este devastador fenómeno mundial que ha terminado con la vida de millones de personas.

La muerte es uno de los aspectos más preocupantes ante cualquier epidemia o pandemia, sin embargo, la disminución de dichas muertes ha empezado a dar espacio para que investigadores de todas las áreas se dediquen a la profundización de otras, no menos graves, consecuencias a causa de la enfermedad y las medidas adoptadas.

La salud mental es una de esas áreas que ha tomado protagonismo en estas investigaciones y es que, no solo se han encontrado efectos adversos en el cerebro y el sistema nerviosos que desencadenan perdida de la memoria a corto plazo, temblores, parálisis y disminución de otras capacidades cognitivas, también se encontró un aumento más que destacable de cuadros graves de depresión, ansiedad y otros trastornos asociados.

Era evidente que el sometimiento al confinamiento, el distanciamiento social, la transmisión en medios de la catástrofe, la perdida de seres queridos y esa ineludible sensación de incertidumbre terminaría afectando emocionalmente a la población en general, pero eso es bastante claro, desde todos los gobiernos se han puesto en marcha todas las medidas pertinentes para disminuir dichos efectos en la salud mental de la población, que aunque seguro son insuficientes, tendrán un impacto positivo sobre estos efectos colaterales a causa del virus.

Pero hoy no hablaremos más de esto que es tan evidente y claro frente a este fenómeno mundial, miles de investigadores se están encargando de ello, hoy trataremos de darle un direccionamiento diferente y quizás un poco olvidado sobre la sociedad y los estilos de vida que se nos han impuesto y nos hemos autoimpuesto.

La sociedad hiperacelerada

La pandemia ha surgido en uno de los momentos de más crecimiento tecnológico y de globalización que ha enfrentado la especie humana, las líneas que delimitan las naciones se empiezan a desdibujar y cada vez hay más pensamiento colectivo que particular frente a muchos temas.

Como participes activos de dicha sociedad, nos vemos envueltos en un frenesí de información novedosa tan abismal que nuestra propia capacidad de pensamiento se ve totalmente desbordada, caminamos demasiado rápido y apenas damos breves sorbos de experiencia y realidad a cada uno de los días que con esa misma fugacidad vemos desaparecer.

Mensajes cortos, palabras rápidas, cada vez tenemos menos tiempo para poner una pausa y darnos cuenta de que hay alrededor, no vemos personas, vemos el dato que esa persona trae, lo llevamos de un lugar A a otro B y lo descartamos allí, sin poderle dar el espacio a nuestro sistema cognitivo de procesarlo, comprenderlo, de haber percibido siquiera que era otro igual el que nos los entregó.

Corremos frenéticamente, cada vez más automatizados y menos humanos, eso que llamamos conciencia, esa voz que antes proveía la capacidad reflexiva de pensar, rememorar, reconstruir y volvernos a emocionar hoy juega el papel de alarma, solo indicándonos que no podemos olvidar llegar a tiempo, entregar el informe, escribir el correo, estructurar el formulario, pasar el dato.

Nos desvanecemos a si mismos y nos agrupamos como hormigas anónimas que cargan incansablemente día y noche mientras llega el momento de desaparecer, fue este momento de velocidad, de desenfreno, de frenesí informático en el que una circunstancia natural y peligrosa bloqueó nuestras avenidas, cerro nuestras empresas, cercó nuestro mundo y nos dijo alto.

Nuestro temor a la soledad

Era esperable la ansiedad, la depresión y la desesperación de muchos, si, la muerte rondaba a nuestro alrededor mucho más desafiante que de costumbre ¿pero era en realidad está nuestra mayor preocupación?

Empleados y empleadores cayeron en una angustia indescriptible ¿Cómo continuaríamos produciendo?, ¿Cómo continuaríamos entregando el dato?, ¿Por dónde seguiríamos corriendo? Imposible, no había ruta, el frenesí se detuvo y el silencio cubrió a la población mundial, aquello que nos hace humanos, que nos compone como individuos pertenecientes a una especie con capacidad de pensamiento salió a flote y ante aquello que habíamos olvidado, bajo el cansancio de una sociedad depurada, enfermamos.

La tecnología misma nos dio los elementos suficientes para continuar creciendo, ya no íbamos a 1000 kilómetros por hora, íbamos a 100, y por más que se intentase, enfrentamos ese temor que la sociedad o nosotros mismos quizás, nos hemos infundido, el temor a la soledad, al silencio, a escucharnos a nosotros mismos, a estar un momento de nuestras vidas sin hacer algo más que respirar, a estar desocupados, improductivos, en calma.

Jamás se había pasado por la mente de una sociedad que tiene las horas contabilizadas para comer, dormir o visitar a nuestras madres, que llegaría el momento en el que, sin poder hacer mucho para remediarlo, no podrías hacer más que estar encerrado en casa.

Muchos recordaron a sus hijos, que, aunque los veían a diario nunca apreciaban, otros recordaron que amaban la música, la pintura, escribir o ver las aves pasar a través de una ventana, no es importante y puede sonar algo contradictorio, pero a muchos la pandemia los trajo a la vida.

El encuentro con uno mismo

Otros, con la ansiedad a cuestas o el comienzo de una profunda depresión, se dieron cuenta que existían, trabajar a distancia, a través de una pantalla donde estas con 200 personas más y al alcance de un botón quedarte en soledad, en silencio, sin el metro atestado de personas en hora pico, sin los bloqueos del tráfico, solo tu contigo mismo, escuchándote en una habitación, era esperable que la mente fuese uno de los aspectos más afectados durante esta pandemia, pero sin duda nos ha dejado mucho que pensar sobre nuestros estilos de vida.

Las consecuencias no se han hecho esperar, renuncias masivas en grandes empresas, cambios en los estilos de trabajo, escuelas a distancia con enfoque familiar, momentos de vida, esa vida a la que quizás le estábamos dando “forward” para corresponder al ritmo de la sociedad, un ritmo maquinario al que la naturaleza le puso pausa por un momento y que nos obligó a encontramos con nosotros mismos, en silencio, en una habitación, cambiando la perspectiva de existencia de muchos y sin lugar a dudas, poniéndole un foco a la salud mental que quizás de ninguna otra manera hubiese sido posible.

Filanderson Castro Bedoya
Psicólogo de la Universidad de Antioquia - Colombia con énfasis en el desarrollo personal y empresarial, relaciones de pareja y psicología en general, me desempeño como columnista aficionado de algunos medios de comunicación colombianos, soy un fiel amante de la música, la tecnología, los viajes y la fotografía.
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