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title: "«Es normal que duela»: el mito del dolor sexual después del parto"
description: "El dolor en las relaciones sexuales después del parto es frecuente, pero asumirlo como algo inevitable puede contribuir a que se cronifique."
url: https://www.actualidadenpsicologia.com/es-normal-que-duela/
date: 2026-10-29
modified: 2026-10-29
author: "Juan Díaz Tenza"
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categories: ["Artículos de colaboradores"]
tags: ["Relaciones de Pareja", "Sexualidad"]
type: post
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# «Es normal que duela»: el mito del dolor sexual después del parto

Tres meses después de dar a luz, una mujer retoma las relaciones sexuales con su pareja. Duele. No es un dolor insoportable, pero sí lo bastante intenso como para que tenga que pedir parar3. En la siguiente revisión lo comenta casi de pasada y recibe la respuesta que ya esperaba: «Es normal, acabas de tener un bebé. Ya se pasará».

Se va tranquila. Durante las semanas siguientes lo intenta de nuevo un par de veces. Sigue doliendo. Empieza a notar que, antes incluso de que su pareja la toque, su cuerpo ya se pone en guardia. Al cabo de unos meses ya no evita solo las relaciones con penetración: evita también los besos largos, las caricias en el sofá, cualquier gesto que pueda «llevar a más». Su pareja lo interpreta como falta de deseo. Ella empieza a pensar que algo en ella no funciona.

Nadie le mintió exactamente. **El dolor sexual después del parto es frecuente. Pero frecuente no significa normal, y desde luego no significa que haya que esperar sin hacer nada.**

## «Ya se pasará»: lo que dicen los datos

Llamamos dispareunia al dolor genital recurrente que aparece antes, durante o después de la penetración vaginal. Puede localizarse en la entrada de la vagina, lo que se conoce como dispareunia superficial y a menudo se relaciona con cicatrices perineales o con sequedad de la mucosa. También puede percibirse en profundidad, como una presión o un golpe en la zona pélvica.

En el DSM-5-TR, cuando este dolor se mantiene al menos seis meses y genera un malestar clínicamente significativo, forma parte del trastorno de dolor genito-pélvico/penetración (American Psychiatric Association, 2022). En los primeros meses del posparto, por tanto, solemos estar ante un síntoma que todavía no es un trastorno. Pero puede llegar a serlo.

¿Cuántas mujeres lo experimentan? Los estudios de cohorte prospectivos, que siguen a las mismas mujeres desde el embarazo, ofrecen una imagen bastante consistente.

En una cohorte australiana de 1.244 madres primerizas, el 85,7 % refirió dolor en la primera relación con penetración después del parto. La prevalencia de dispareunia fue del 44,7 % a los tres meses, del 43,4 % a los seis, del 28,1 % al año y del 23,4 % a los dieciocho meses (McDonald et al., 2015). Una de cada tres mujeres que tenía dolor a los seis meses seguía teniéndolo año y medio después del parto. Y alrededor de una de cada diez lo describía con palabras como «angustiante» u «horrible» (McDonald et al., 2016).

Un estudio canadiense posterior, con 582 primíparas seguidas desde el embarazo hasta los dos años posparto, encontró cifras algo más bajas: del 31,4 % a los tres meses al 11,9 % a los veinticuatro (Rosen et al., 2022). Pero lo más interesante de este trabajo no fueron los porcentajes, sino el hallazgo de **dos trayectorias claramente diferenciadas**.

La mayoría de las mujeres, el 79 %, presentó un dolor mínimo que fue disminuyendo durante el primer año. Una de cada cinco, en cambio, siguió una trayectoria de dolor moderado y persistente. En ambos grupos el dolor mejoraba sobre todo durante los primeros doce meses y apenas cambiaba a partir de ese momento.

Estos datos permiten afirmar dos cosas a la vez. Es cierto que, en la mayoría de los casos, el dolor tiende a disminuir con el tiempo. Pero también lo es que una proporción considerable de mujeres no mejora espontáneamente. Para ellas, el «ya se pasará» no es una predicción acertada, y esperar sin intervenir tiene un coste.

## Más allá del periné

Durante años, la explicación dominante de la dispareunia posparto ha sido estrictamente biomédica: desgarros, episiotomía, cambios hormonales. Estos factores existen y conviene conocerlos.

En la cohorte australiana, las mujeres que tuvieron un parto con ventosa o una cesárea, urgente o programada, presentaban aproximadamente el doble de probabilidad de referir dispareunia a los dieciocho meses que las que tuvieron un parto vaginal espontáneo con el periné íntegro (McDonald et al., 2015). El dato de la cesárea resulta especialmente llamativo, porque desmiente una creencia muy extendida: que esta vía de parto «protege» la vida sexual.

La lactancia es otro factor bien documentado. Mientras se amamanta, la prolactina se mantiene elevada y los estrógenos descienden, lo que reduce la lubricación y adelgaza la mucosa vaginal, de forma parecida a lo que ocurre en la menopausia. En el estudio irlandés MAMMI, la lactancia y la dispareunia previa al embarazo fueron los dos factores asociados de manera más consistente al dolor, la falta de lubricación y la pérdida de interés sexual a los seis meses posparto (O'Malley et al., 2018). Conviene subrayarlo: se trata de una condición transitoria y tratable, que no justifica en ningún caso recomendar el abandono de la lactancia.

Hasta aquí, nada sorprendente. Lo sorprendente llega cuando nos preguntamos no por qué aparece el dolor, sino **por qué en algunas mujeres se queda**.

Cuando Rosen et al. (2022) analizaron qué distinguía a las mujeres con dolor moderado y persistente de aquellas cuyo dolor remitía, ninguno de los factores biomédicos evaluados resultó predictivo. Ni la episiotomía, ni los desgarros, ni el tipo de parto, ni la epidural, ni la lactancia permitían anticipar a qué grupo pertenecería cada mujer.

Lo que sí lo predecía era otra cosa: la fatiga y los síntomas depresivos durante el embarazo, y la fatiga y el catastrofismo ante el dolor a los tres meses del parto.

No se trata de oponer cuerpo y mente. Los factores obstétricos y hormonales pueden explicar buena parte del dolor inicial. Pero los datos sugieren que, cuando hablamos de cronificación, **los factores psicológicos pesan bastante más de lo que solemos pensar**.

A esa lista habría que añadir otros elementos que la literatura señala de forma recurrente, como una vivencia traumática del parto, la insatisfacción con la imagen corporal o el contexto relacional. Sobre este último, hay un dato que no conviene pasar por alto. En la cohorte australiana, el 32,4 % de las mujeres que habían sufrido maltrato por parte de su pareja durante el primer año posparto referían dispareunia a los dieciocho meses, frente al 20,7 % de las que no lo habían sufrido (McDonald et al., 2015). Ante un dolor sexual persistente, la evaluación debería incluir siempre la seguridad de la relación.

## Lo que ocurre cuando decimos «es normal»

La frase suele pronunciarse con buena intención. Busca tranquilizar, quitar dramatismo, transmitir que no hay nada grave. El problema es que confunde dos cosas distintas: lo frecuente y lo normal.

Que un síntoma afecte a muchas personas no lo convierte en inevitable ni en aceptable. El dolor de espalda es muy frecuente, y a nadie se le ocurriría decir que hay que aguantarlo durante un año sin consultar.

Esta confusión tiene consecuencias clínicas. En un estudio con primíparas británicas, solo el 15 % de las mujeres que presentaban algún problema sexual después del parto lo había comentado con un profesional sanitario (Barrett et al., 2000). Los autores hablaban de un volumen importante de necesidades no atendidas. Más de dos décadas después, la impresión en consulta sigue siendo parecida: la sexualidad rara vez se explora de forma sistemática en la revisión posparto, y cuando la mujer la menciona, la respuesta más habitual es una tranquilización genérica.

El «es normal» produce, en la práctica, tres efectos.

- El primero es la **demora en consultar**. Si es normal, no hay nada que hacer salvo esperar. Y la mujer espera.
- El segundo es la **autoatribución**. Si es normal y a otras se les pasa, pero a ella no, la conclusión parece evidente: el problema es suyo. «Estoy demasiado tensa», «no consigo relajarme», «algo en mí no funciona».
- El tercero, quizá el más dañino, es que muchas mujeres **siguen manteniendo relaciones con dolor**. Para no defraudar a la pareja, por culpa, o con la idea de que así «se acostumbrarán» y el miedo desaparecerá. Como veremos, esa estrategia tiende a reforzar precisamente el mecanismo que mantiene el problema.

Lo esperable en el posparto es cierta incomodidad en los primeros encuentros, que mejora de forma progresiva. Lo que no deberíamos normalizar es el dolor que no mejora de una vez a otra, el que va a más o el que ha convertido la sexualidad en algo que se teme.

## El círculo que mantiene el dolor

Para entender por qué el dolor se mantiene en unas mujeres y no en otras, resulta muy útil el modelo de miedo-evitación. Se formuló inicialmente para explicar la cronificación del dolor musculoesquelético (Vlaeyen & Linton, 2000) y posteriormente se ha aplicado al dolor sexual femenino (Thomtén & Linton, 2013), también durante el embarazo y el posparto (Glowacka et al., 2014).

La idea central del modelo es sencilla: **el dolor por sí solo no explica la cronificación; lo que importa es cómo se interpreta**. Cuando una experiencia dolorosa se vive como una amenaza, aparecen el catastrofismo, la hipervigilancia y el miedo, que a su vez empujan hacia la evitación.

En el posparto, este proceso suele desarrollarse de una forma bastante reconocible. Después de una o varias relaciones dolorosas, la mujer empieza a anticipar el dolor. Esa anticipación no es solo un pensamiento: activa una respuesta defensiva del cuerpo. El suelo pélvico se contrae, la excitación disminuye y la lubricación se reduce. En esas condiciones fisiológicas, la penetración resulta efectivamente más dolorosa. El dolor confirma la expectativa, y el miedo se refuerza para la siguiente ocasión.

El catastrofismo funciona aquí como un amplificador. Pensamientos como «esto no se va a curar nunca», «algo se ha roto ahí dentro» o «no puedo soportarlo» aumentan la alerta y la tensión. No es casualidad que, en el estudio de Rosen et al. (2022), el catastrofismo a los tres meses del parto fuera el predictor más robusto de la trayectoria de dolor moderado y persistente.

[![Ciclo dolor miedo evitación](https://www.actualidadenpsicologia.com/wp-content/uploads/Ciclo-dolor–miedo–evitacion.png)](https://www.actualidadenpsicologia.com/wp-content/uploads/Ciclo-dolor–miedo–evitacion.png)*Ciclo dolor miedo evitación*

## Evitar o aguantar: dos salidas que no funcionan

Cuando el círculo ya está en marcha, las mujeres suelen recurrir a una de dos estrategias. Ambas son comprensibles. Ninguna resuelve el problema. La investigación sobre dolor vulvovaginal las ha estudiado precisamente como dos patrones de afrontamiento distintos, el de evitación y el de persistencia o resistencia (Flink et al., 2017).

La primera es **evitar**. Al principio se evitan las relaciones con penetración. Después, todo lo que pueda conducir a ellas: los besos largos, las caricias, quedarse en la cama un rato más. La lógica es protectora: si no hay situación sexual, no hay dolor. Pero la evitación tiene un precio doble. Por un lado, impide que la mujer tenga experiencias nuevas que desmientan la expectativa de dolor, de modo que el miedo se mantiene intacto o incluso crece. Por otro, va vaciando la relación de contacto físico y de intimidad.

La pareja, que no siempre entiende lo que está ocurriendo, puede empezar a interpretar esa distancia en clave personal. «Ya no le atraigo». «Me rechaza». Y ella, que percibe esa lectura, siente cada vez más presión y más culpa, lo que alimenta todavía más la ansiedad ante cualquier acercamiento.

La segunda estrategia es la contraria: **aguantar**. Seguir manteniendo relaciones a pesar del dolor, apretando los dientes, esperando que termine. A veces por no decepcionar a la pareja, a veces por miedo a que la relación se resienta, a veces por la idea de que hay que «insistir para que se pase».

Esta salida puede parecer más saludable que la evitación, porque al menos mantiene la actividad sexual. Sin embargo, desde el punto de vista del aprendizaje, consolida la asociación entre sexualidad y daño. El cuerpo aprende, encuentro tras encuentro, que la penetración duele. Y el deseo, comprensiblemente, se apaga.

Por eso, cuando una mujer pregunta si debería «forzarse un poco» para perder el miedo, la respuesta es no. Enfrentarse al miedo es necesario, pero no de cualquier manera. La exposición que ayuda es gradual, sin dolor intenso y con la sensación de control en todo momento. Aguantar el dolor es otra cosa.

## La pareja también cuenta

El dolor sexual no ocurre en el vacío. Ocurre dentro de una relación, y la forma en que la pareja responde a ese dolor influye en cómo evoluciona.

La mayor parte de la investigación sobre este punto procede de la vestibulodinia provocada, la causa más frecuente de dolor en la penetración en mujeres jóvenes fuera del posparto. En estos estudios se han distinguido tres tipos de respuesta de la pareja.

Las respuestas **hostiles** expresan frustración, impaciencia o enfado ante el dolor. Las respuestas **solícitas** se centran en la preocupación y la atención al síntoma: interrumpir de inmediato cualquier contacto, preguntar continuamente si duele, tratar a la mujer como si fuera frágil. Las respuestas **facilitadoras**, por último, animan a afrontar la situación de forma activa y adaptativa: mantener el afecto, buscar juntos alternativas placenteras, hablar abiertamente de lo que ocurre.

Los resultados son bastante consistentes. Tanto las respuestas hostiles como las solícitas se asocian a una mayor intensidad del dolor durante el coito (Desrosiers et al., 2008). Las facilitadoras, en cambio, se asocian a menos dolor y a mayor satisfacción sexual (Rosen et al., 2012).

Lo contraintuitivo es lo que ocurre con las respuestas solícitas. Parecen cuidadosas, y casi siempre nacen de una preocupación genuina. Pero, al poner el foco en el síntoma y facilitar la evitación, pueden contribuir a mantener el problema.

Aunque estos estudios no se realizaron específicamente con mujeres en el posparto, sus conclusiones encajan bien con lo que comentaba en el artículo anterior sobre el afrontamiento diádico. No es lo mismo que la pareja viva el dolor como «tu problema» que como algo que «nos está afectando y tenemos que afrontar juntos».

Para la pareja, el mensaje no es «no hagas nada» ni «insiste». Es algo más fino: **validar el dolor sin dramatizarlo, retirar la presión por la penetración sin retirar la intimidad y participar activamente en la búsqueda de soluciones**, incluida la decisión de pedir ayuda.

## ¿Cuándo pedir ayuda y a quién?

No hay una fecha exacta a partir de la cual el dolor deje de ser esperable. Pero sí hay señales que indican que conviene consultar. Como criterio general, merece la pena pedir ayuda cuando el dolor no mejora de un encuentro a otro, cuando se mantiene más allá de unas semanas desde que se reanudan las relaciones o cuando ya ha empezado a generar miedo o evitación.

No hace falta esperar al año. De hecho, si la mayor parte de la mejoría espontánea se produce durante los primeros doce meses (Rosen et al., 2022), **las mujeres que no evolucionan bien en los primeros meses son precisamente las que más pueden beneficiarse de una intervención temprana**.

La pregunta siguiente es a quién acudir. La respuesta depende de las características del dolor y, con frecuencia, implica a más de un profesional.

**Ginecología o matrona.** Es la primera valoración cuando el dolor es intenso o aparece también fuera de las relaciones sexuales, cuando hay sangrado, flujo anormal, fiebre o picor, o cuando la cicatriz de un desgarro o de una episiotomía tiene un aspecto anómalo o es muy sensible al tacto. También cuando existen síntomas de disfunción del suelo pélvico, como incontinencia urinaria o anal o sensación de bulto en la vagina. Los antecedentes de desgarro de tercer o cuarto grado justifican en sí mismos un seguimiento específico. Esta valoración permite descartar infecciones, alteraciones de la cicatrización u otras causas que requieren tratamiento médico, y considerar un tratamiento local cuando la sequedad asociada a la lactancia es importante.

**Fisioterapia de suelo pélvico.** Está especialmente indicada cuando el dolor aparece con la presión o al inicio de la penetración, cuando la mujer percibe la musculatura tensa o le cuesta relajarla voluntariamente, o cuando la cicatriz perineal tira o parece adherida. El fisioterapeuta trabaja el tono muscular, la movilidad de las cicatrices y la sensibilidad de la zona. Un metaanálisis reciente concluyó que las intervenciones de fisioterapia reducen el dolor y mejoran la calidad de vida de las mujeres con dispareunia, aunque la certeza de la evidencia sobre su efecto en la función sexual global todavía es baja (Fernández-Pérez et al., 2023).

**Psicología y sexología.** La derivación está indicada cuando aparecen miedo anticipatorio, ansiedad o rechazo ante la actividad sexual, cuando se ha instalado un patrón de evitación o de relaciones mantenidas con dolor, cuando hay síntomas depresivos o una vivencia traumática del parto, o cuando el problema está afectando a la relación de pareja.

En la práctica, lo más eficaz no suele ser elegir entre estas tres vías, sino **coordinarlas**: una valoración médica que descarte causas orgánicas tratables, un trabajo fisioterapéutico sobre el suelo pélvico y un abordaje psicológico del miedo, de las interpretaciones y de la dinámica de pareja. Cada uno actúa sobre un eslabón distinto del mismo círculo.

## Qué puede hacer la terapia sexual

Desde la psicología clínica y la sexología, el objetivo no es «convencer» a la mujer de que no le duele, sino interrumpir los procesos que mantienen el círculo.

El trabajo suele empezar con una **psicoeducación cuidadosa**. Explicar a la mujer y a su pareja qué está ocurriendo en su cuerpo, por qué el miedo aumenta el dolor y por qué no se trata de un fallo personal. Solo esta comprensión ya reduce buena parte de la culpa y de la autoatribución. Muchas mujeres describen un alivio considerable al descubrir que lo que les pasa tiene nombre, explicación y tratamiento.

A continuación, se abordan las **interpretaciones catastrofistas** del dolor y se suele plantear un acuerdo temporal de no penetración. Este acuerdo no significa renunciar a la intimidad. Al contrario: busca retirar la presión que alimenta la anticipación, para que el contacto físico pueda volver a ser seguro. Cuando cada caricia ya no es el preámbulo obligado de una penetración temida, el cuerpo puede empezar a relajarse.

Sobre esa base se plantea una **reaproximación gradual**, con técnicas derivadas de la focalización sensorial. La mujer marca el ritmo y ambos saben que se puede parar en cualquier momento. Cuando se avanza hacia la penetración, el trabajo se coordina con la fisioterapia, de modo que la exposición progresiva se apoye en un suelo pélvico capaz de relajarse. Si el parto se vivió como traumático, o si hay sintomatología depresiva o ansiosa relevante, es necesario abordarla también de forma específica.

La evidencia sobre el **formato de pareja** es especialmente prometedora. En un ensayo clínico aleatorizado con 108 mujeres con vestibulodinia provocada y sus parejas, la terapia cognitivo-conductual de pareja obtuvo resultados superiores a la lidocaína tópica, uno de los tratamientos médicos de primera línea, en un mayor número de dimensiones del problema, incluida la satisfacción con el tratamiento y la mejora de la sexualidad tras la intervención (Bergeron et al., 2021).

El ensayo no se realizó en el posparto, pero su lógica encaja bien con lo que sabemos del dolor sexual en esta etapa. **Un problema que se mantiene entre dos personas se trata mejor con las dos.**

## Cambiar la frase

Volvamos a la mujer del principio. Lo que necesitaba en aquella revisión no era alarma, pero tampoco un «ya se pasará». Necesitaba una respuesta que reconociera lo que le estaba ocurriendo, que le explicara que el dolor era frecuente pero no inevitable, y que le dejara claro a quién acudir si no mejoraba.

La dispareunia posparto es frecuente, pero no es un peaje obligatorio de la maternidad. La mayoría de las mujeres mejora durante el primer año. Alrededor de una de cada cinco, sin embargo, desarrolla un dolor moderado y persistente, y en ese grupo los factores psicológicos parecen pesar más que las circunstancias del parto.

Para los profesionales, esto implica dos cosas. La primera, preguntar de forma activa por la sexualidad en las revisiones posparto, en lugar de esperar a que la mujer se atreva a mencionarlo. La segunda, sustituir el «es normal, ya se pasará» por algo más útil: «Es frecuente, tiene tratamiento y, si no mejora en las próximas semanas, conviene que lo valoremos».

Detectar a tiempo el círculo dolor–miedo–evitación puede evitar que un problema transitorio se convierta en un trastorno crónico. **No se trata de alarmar, sino de no dejar sola a una mujer con un dolor que tiene solución.**

## Fuentes y recursos de información

- **American Psychiatric Association. (2022).** *Diagnostic and statistical manual of mental disorders* (5th ed., text rev.). DOI: [1176/appi.books.9780890425787](https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787)
- **Barrett, G., Pendry, E., Peacock, J., Victor, C., Thakar, R., & Manyonda, I. (2000).** Women's sexual health after childbirth. *BJOG: An International Journal of Obstetrics and Gynaecology, 107*(2), 186–195. DOI: [1111/j.1471-0528.2000.tb11689.x](https://doi.org/10.1111/j.1471-0528.2000.tb11689.x)
- **Bergeron, S., Vaillancourt-Morel, M.-P., Corsini-Munt, S., Steben, M., Delisle, I., Mayrand, M.-H., & Rosen, N. O. (2021).** Cognitive-behavioral couple therapy versus lidocaine for provoked vestibulodynia: A randomized clinical trial. *Journal of Consulting and Clinical Psychology, 89*(4), 316–326. DOI: [1037/ccp0000631](https://doi.org/10.1037/ccp0000631)
- **Desrosiers, M., Bergeron, S., Meana, M., Leclerc, B., Binik, Y. M., & Khalifé, S. (2008).** Psychosexual characteristics of vestibulodynia couples: Partner solicitousness and hostility are associated with pain. *The Journal of Sexual Medicine, 5*(2), 418–427.
- **Fernández-Pérez, P., Leirós-Rodríguez, R., Marqués-Sánchez, M. P., Martínez-Fernández, M. C., de Carvalho, F. O., & Maciel, L. Y. S. (2023).** Effectiveness of physical therapy interventions in women with dyspareunia: A systematic review and meta-analysis. *BMC Women's Health, 23*, 387. DOI: [1186/s12905-023-02532-8](https://doi.org/10.1186/s12905-023-02532-8)
- **Flink, I. K., Engman, L., Ter Kuile, M. M., Thomtén, J., & Linton, S. J. (2017).** Coping with pain in intimate situations: Applying the avoidance-endurance model to women with vulvovaginal pain. *Scandinavian Journal of Pain, 17*(1), 302–308. DOI: [1016/j.sjpain.2017.08.007](https://doi.org/10.1016/j.sjpain.2017.08.007)
- **Glowacka, M., Rosen, N. O., Chorney, J., Snelgrove-Clarke, E., & George, R. B. (2014).** Prevalence and predictors of genito-pelvic pain in pregnancy and postpartum: The prospective impact of fear avoidance. *The Journal of Sexual Medicine, 11*(12), 3021–3034. DOI: [1111/jsm.12675](https://doi.org/10.1111/jsm.12675)
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