AdinaVoicu / Pixabay

¿Quién no conoce a alguien que, después de haber seguido una dieta y haber perdido unos kilos, tenga miedo a recuperarlos? Un cambio en su peso le ha dado “la felicidad” pues se ve atractivo, ha recuperado relaciones sociales, etc. Es comprensible que quiera “proteger” al cuerpo que ha conseguido.

Las personas que practican deporte muy a menudo también presentan una actitud similar: tienden a consumir únicamente aquellos alimentos que consideran adecuados para fortalecer sus músculos, mejorar su rendimiento físico, o mantener ciertas características físicas.

Ambos colectivos son influenciados por el frecuente bombardeo publicitario de la mano de nuevas modelos con cuerpos “fit”, utilizadas para vender cualquier producto. El rechazo a desarrollar cuerpos demacrados como los de las supermodelos de antaño ha creado una generación que centra su preocupación en llevar una dieta estrictamente sana que, paradójicamente, resulta ser  tóxica.

Generación ortoréxica

Todos somos conscientes de la importancia de llevar un estilo de vida saludable para mantener nuestro cuerpo y mente sanos. Pero cuando pensamos más en los beneficios que nos aportan determinados alimentos que en disfrutar de su sabor podemos desarrollar ortorexia. 

Este término, existente desde 1977, proviene del griego “ortho” que significa “correcto” y “orexis” que equivale a “deseo”. Se utiliza para describir la obsesión por una nutrición adecuada en la que hay una extrema fijación por la comida saludable.

Hasta el momento, la ortorexia ha recibido poca atención clínica y aún no ha sido reconocida formalmente como trastorno psiquiátrico, a pesar de tener consecuencias tan graves como la anorexia. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la ortorexia afecta al 28% de la población mundial.

En España, cada vez es más frecuente ver la adopción de pseudodietas como la del sirope de arce, o la peligrosa tendencia de sustituir grupos de alimentos por sobres proteinados, todo un clásico para estar “fit”.

Consecuencias

Mientras que la anorexia se centra en regular la cantidad de comida para obtener el cuerpo deseado, el cuadro clínico que presentan las personas con ortorexia se caracteriza por una extrema preocupación sobre la cualidad de la comida que ingieren.

El miedo, preocupación, y estrés que acompañan las comidas en un sujeto ortoréxico pueden tener consecuencias más negativas que los alimentos que precisamente evitan consumir. Es importante comer en un estado relajado en el que la digestión pueda seguir su curso.

De no ser así, hay una mala absorción de nutrientes y, consiguientemente, deficiencias nutricionales. Es común la falta de DHA o ácido docosahexaenoico (un ácido graso Omega 3), de vitamina B12, de hierro, o zinc. Y la carencia de alguno de estos nutrientes contribuye a desarrollar estados de ánimo inestables y baja función cognitiva.

Además, la gravedad del asunto no se restringe a consecuencias físicas sino que se extiende a problemas psicológicos. De hecho, los individuos experimentan frustración cuando no pueden llevar a cabo la preparación de su comida o cuando los alimentos que ingieren no son puros. Por otro lado, sienten culpa cuando no consumen alimentos “saludables” y preocupación crónica por consumirlos.

Las violaciones en su dieta pueden significar un castigo pues adoptan conductas “détox” para limpiar y/o compensar lo que han comido. Además de las consecuencias psicológicas que supone vivir con esta ansiedad – y las consecuencias físicas – los sujetos ortoréxicos tienen un elevado riesgo al aislamiento social, pues creen que sólo pueden mantener una alimentación sana cuando están solos.

¿Dónde está el límite entre comer sano y desarrollar ortorexia?

El acto de comer “puro” implica castigarse cuando esto no se cumple. Así, cuando un individuo come pizza experimenta una reducción de su tranquilidad y restringe el resto de alimentos que consumirá el mismo día y/o el día siguiente. Estos métodos compensatorios son típicos en los pacientes anoréxicos y/o bulímicos, y el mecanismo mental es el mismo.

Sin darse cuenta, el ortoréxico destinará más tiempo planificando qué come, que comiendo. Y dedicará su vida a resistir tentaciones, y a autocastigarse cuando consuma alimentos “insanos”.

La ortorexia debe sospecharse cuando el acto de sentarse y comer no es una oportunidad para nutrir el cuerpo sino cuando representa una tensión y/o puede desencadenar sentimientos de culpa.

Lo mismo ocurre con la “dismorfia muscular” o vigorexia – deseo extremo de estar musculoso -. En ambos casos existe una autoestima reducida y un deseo de tener la aprobación y éxito social.

El mecanismo mental es parecido también al de la “drunkorexia” o tendencia a restringir la ingesta de comida antes de beber alcohol, o al de la “pregorexia”, patrón conductual – reducción de ingesta de calorías y/o intensificación de ejercicio físico – que practican las mujeres durante o después del embarazo.

Sin embargo, dado que la sintomatología de la ortorexia se enmarca dentro de una cultura dirigida a “un estilo de vida saludable” es difícil discernir cuándo la preocupación sobre la salud y la integridad de la dieta alcanzan proporciones patológicas.

Confusión entre lo “healthy” y lo “sexy”

Hace años, llevar una vida “sana” significaba ir a dar un paseo, en el que se incrementaba la capacidad aeróbica y la resistencia. Actualmente, el término “sano” se representa físicamente a través de un cuerpo esbelto y musculado. Esta externalización del concepto “fitness” no es más que una fusión entre lo “healthy” y lo “sexy”.

Para los individuos vulnerables al deseo de ser “sexy”, difundido a través de los medios de comunicación, y para los recién salidos de una dieta que quieren mantener el peso conseguido, internet es la puerta de entrada más peligrosa para la desinformación acerca de lo “healthy”.

Herramientas como Instagram facilitan que la gente incluya la comida sana en su alimentación con la finalidad de mejorar su físico, pero no realmente su salud.

Hay muchos aspectos psicológicos que subyacen la aparición de la ortorexia y que hacen a la persona vulnerable a ella. La mente puede normalizar la ansiedad o preocupación a la hora de preparar una comida o hacer su día a día, pero no debería existir ansiedad pues ésta es una respuesta adaptativa que se activa frente a una amenaza. Y comer, bajo ninguna circunstancia es una amenaza, sino una conducta básica de supervivencia, además de placentera.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.