La muerte es un hecho ineludible de la vida. Todos, aunque no queramos, vamos a tener que enfrentarnos a ella.

Por ello, es necesario, disponer de recursos que nos ayuden a afrontar esta realidad de la mejor forma posible.

Además, si de por si es complicado ponerle palabras a este suceso, aun más si se trata de comunicárselo a nuestros hijos.

A continuación, trataremos de dar respuesta a algunas de las siguientes preguntas: ¿Cómo puedo explicar a mi hijo lo que ha sucedido? ¿Es mejor que se lo diga o no? ¿Qué hago si me pregunta? ¿Es diferente la vivencia y la forma de transmitírselo según la edad del niño? ¿Es bueno que nos vea triste o es mejor ocultárselo? ¿Tengo que evitarle pasar por este trago?

En nuestra vida todos estamos inscritos en un espacio, un tiempo y una cultura determinada.

Por lo tanto todo lo que hacemos, pensamos y sentimos está enmarcado dentro de estos tres parámetros. Por este motivo, la manera de afrontar la muerte va a estar condicionada por el entorno y el tiempo en el que vivimos.

Hay que tener claro que de nada sirve dar herramientas a nuestro hijo para que elabore un duelo sino me pregunto antes cómo me enfrento yo a este hecho y cómo lo hace la cultura de la que provengo.

En la actualidad, siempre que podemos evitamos hablar de la muerte o usamos eufemismos como “descansa en paz”, “está durmiendo”, “ahora está en el cielo”… Y a los niños se les aleja lo más posible de todos los sucesos que enmarcan este hecho, se les lleva a cada de un vecino o de un amigo, no se habla de ello, en su presencia no se llora… Pensando que lo que mejor podemos hacer es evitarle el dolor y el sufrimiento que acarrea la pérdida de un ser querido.

Pero… ¿De verdad apartando a nuestros hijos, intentando que no sepan o no vean, dejan de sufrir? ¿De esta forma les protegemos?

Todos pensamos que lo mejor es apartarles y que no sepan nada porque creemos que, si no saben, no existirá para ellos. Pero lo que realmente sucede es que “cuando un niño no sabe, pero intuye que algo está pasando, lo que hace es inventar su propia teoría de lo que ha pasado”.

Los más pequeños lo que viven con mayor angustia es no tener explicaciones ante su curiosidad.

Las teorías que crean están condicionadas por su desarrollo evolutivo, su edad, su madurez emocional, su capacidad de conceptualizar, sus experiencias vitales o de sus iguales.

Todo lo cual hace que las explicaciones que se dan sean limitadas y  estén rodeadas de miedos, creándoles más angustia y confusión. La fantasía de nuestros hijos es más terrorífica, normalmente, que la realidad.

Lo primero para comunicarles el fallecimiento de un ser querido, tenemos que tener muy claros cuatro premisas básicas, que tenemos que transmitirles, de lo que significa la muerte:

1. La muerte es universal.

Todos los seres vivos mueren. Cuándo les explicamos este hecho suelen preguntar si cuándo decimos todos, también están incluidos los papas y él mismo. Esto nos pone en una situación muy comprometida, ya que nos crea angustia.

La respuesta a esta pregunta debe basarse en la verdad aunque se puede decir de forma gradual y según lo que el niño pueda o no asimilar en el momento evolutivo en el que se encuentre.

Lo que si debemos saber es que jamás debemos decir algo que sea falso, porque negar es alejar a los niños de su capacidad para desarrollar recursos y avanzar en su crecimiento.

2. La muerte es irreversible.

Cuando morimos no podemos volver a estar vivos nunca. Parece muy lógica pero normalmente usamos frases como “la abuela se ha ido al cielo, está en un lugar mejor o está durmiendo un sueño largo”.

Hay que saber que nuestros hijos interpretan lo que le decimos de forma literal por lo que entienden la muerte como temporal.

3. Todas las funciones vitales terminan cuando uno muere.

El cuerpo ya no funciona. Los pequeños sueñen verlo cómo que él ser querido está dormido.

Nosotros podemos decirle que papa le sigue queriendo y que todos los días le manda muchos besos, de manera adaptativa, sin embargo esté hecho, en vez de calmarle, puede  crearle mayor confusión y sufrimiento. ¡Son tremendamente literales!

Lo mejor es decirles que cuando las personas mueren empiezan a vivir en el recuerdo de las personas que les quieren.

4. El por qué.

Toda muerte tiene un por qué. Es necesario explicarle a nuestro hijo que existe una causa física ya que cuándo elaboré su teoría, dejándose llevar por un pensamiento mágico, puede crearle más angustia e, incluso, pensar que es por él, ya que estaba enfadado con el fallecido.

Comunicar un fallecimiento
cherylholt / Pixabay

Por último, vamos a ver ciertas claves para comunicar, a nuestro hijo, el fallecimiento de un ser querido:

  • Tras la muerte del ser querido, es importante, transmitírselo lo antes posible y siempre una persona, que nuestro hijo, sienta cercana y confíe en ella. Si es posible, deben ser los papas.
  • También, lo antes posible, hay que informar al colegio con el fin de que el equipo docente y psicopedagógico tome las medidas oportunas.
  • Podemos explicárselo de forma gradual, poco a poco, y completando la información con sus preguntas, dudas y observaciones. Lo mejor es preguntarles, que nos expliquen lo que ellos saben acerca de la muerte y, de esta forma, saber lo que aún necesitan aprender y asimilar a nivel emocional.
  • Nuestros hijos, sean pequeños o adolescentes, deben saber siempre la verdad sobre lo sucedido, pero esta verdad se abordará en función de su etapa evolutiva, este hecho lo abordaremos el viernes en un video.
  • Hay que explicárselo en términos reales, atendiendo a los cuatro conceptos vistos arriba. Podemos apoyarnos en ejemplos que nuestro hijo haya visto (un pájaro muerto, un ratón, etc.).
  • La muerte lleva implícita nuestras creencias religiosas y espirituales. Es importante transmitírselas, pero siempre dándoles una explicación física de la muerte. El uso de metáforas o explicaciones de tipo metafísico o espiritual puede confundirles. Ya hemos dicho que son tremendamente literales.
  • Hay que acoger todas sus dudas, que las exprese y aclarárselas. De esta forma, también se desahogara a nivel emocional. Necesitan aprender a expresar lo que sienten y, entre estos sentimientos, está su dolor por la muerte de una persona fallecida. Nosotros, los adultos, somos su modelo de aprendizaje en la expresión emocional de su dolor. Si negamos u ocultamos lo que sentimos, ellos harán lo mismo.
  • ¡Recomendado! A partir de los 6 años, más o menos, pueden participar en los ritos que se lleven a cabo por la muerte de un familiar (velatorio, entierro, funeral). Eso sí, siempre que ellos quieran. Para que ellos puedan tomar la decisión, se les tiene que explicar de forma muy clara que es, lo que van a ver y lo que pueden sentir. Siempre que participen deben hacerlo acompañados. Esto les sirve para sentirse unidos a la familia y poderse despedir de su familiar fallecido. También les ayuda a que la muerte pueda ser concretada en un tiempo y en un espacio. Los niños y adolescentes necesitan despedirse.

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